Destaca en las notas económicas de la semana que la inversión acumuló 19 meses en contracción; el mayor retroceso de las últimas cuatro décadas y que no apunta a mejorar. Es previsible que la tendencia continúe en 2026.
La interpretación habitual acentúa que las bajas expectativas de crecimiento de la economía desalientan la inversión. Cierto que la revisión del T-MEC y la reforma judicial también generan incertidumbres pero lo esencial es un contexto económico en deterioro sin que parezcan existir alternativas de escape al círculo vicioso. Si no se crece porque no hay inversión y no la hay porque no hay expectativa de crecimiento, el diagnóstico es circular; se explica a si mismo mordiéndose la cola. Para escapar de esta trampa conceptual hay que profundizar el diagnóstico.
Junto a la caída de la inversión se señala que el consumo privado creció 3.1 por ciento en el último año y que este es un desempeño opuesto al de la inversión. Lo que da a entender que es un desempeño positivo; algo que a primera vista es casi un elemento salvador de la economía. No hay inversión pero creció el consumo.
Solo que visto en detalle tal crecimiento del consumo no es el salvador de la economía sino precisamente lo que hunde la inversión y el potencial de crecimiento. Cosa de hacerle, con ayuda del INEGI, un mínimo ultrasonido para ver sus componentes. De marzo de 2025 a marzo de 2026 el consumo privado creció, como ya se dijo, en 3.1 por ciento. Pero el dato del consumo de bienes nacionales se redujo en 0.2 por ciento.
Hace varias semanas señalé que el consumo de bienes nacionales crecía por debajo del incremento de la población; es decir que, en promedio cada mexicano consumía cada vez menos productos nacionales. Ahora los últimos datos anuncian algo peor. El consumo de bienes nacionales cayó en términos absolutos.
Tal caída del consumo tiene dos componentes principales, el consumo de bienes nacionales duraderos cayó en 4.8 por ciento y el de bienes nacionales no duraderos en 2.4 por ciento. La segunda cifra desciende menos porque incluye alimentos que aunque también marchan en sentido negativos son un poco menos propicios ser importados.
Así que la mayor caída en el consumo de bienes nacionales ocurre en los de mayor valor agregado. En la porción más sofisticada de la producción nacional orientada al mercado interno; desde luego no comparable con el nivel tecnológico que requiere el ensamble de insumos importados que caracteriza la producción globalizada de exportación.
Por otra parte la caída absoluta del consumo de bienes nacionales es solo una cara de la moneda. La otra es que el consumo de bienes importados creció en 16.9 por ciento; y se desglosa en que los bienes importados duraderos crecieron en 16.6 por ciento y los no duraderos en 24.6 por ciento.
Si se considera la reducción del consumo de bienes nacionales y el aumento de los importados, podemos concluir que la economía nacional muestra una acelerada substitución de productos hechos en México por bienes importados.
La industria de la madera perdió 24.6 por ciento de su producción en apenas cuatro años. Los insumos textiles retrocedieron 23.4 por ciento; cuero y calzado 22.2 por ciento; muebles y colchones otro 22.2 por ciento; prendas de vestir 21.7 por ciento. No se trata de mera desaceleración sino de una contracción prolongada de ramas enteras de la economía nacional.
El fenómeno no se limita a industrias tradicionales. También se observan retrocesos en ramas más complejas, como la fabricación de productos metálicos, industrias metálicas básicas, plásticos, maquinaria y equipo, e incluso equipo de transporte.
No solo es un asunto de menor uso de capacidad instalada, o de franco cierre de algunas, o muchas, empresas. Importa señalar que las que aun resisten lo hacen con una rentabilidad decreciente.
Y cómo sin rentabilidad generalizada no hay una fuente de inversión relevante, el país no tiene un motor de crecimiento interno. A lo que se suma un gobierno en austeridad y minimización. La falta de lo esencial es substituida en la narrativa dominante por la persistente insistencia en que llegarán capitales externos que harán crecer al país; tal vez hasta generar empleo y dispersar bienestar.
Con menor entusiasmo podríamos pensar que si llegan tales capitales, crecerá el sector exportador globalizado. Un sector que, caracterizado por el ensamble de insumos importados, tiene poca capacidad de arrastre productivo y generación de empleos formales más allá de si mismo, en el resto de la economía. Sin esa capacidad lo que crece es la inequidad y el riesgo social.
Hay que repensar el diagnóstico… y la solución. El problema de fondo no es la ausencia de inversión sino la inutilización en marcha, que apunta a ser masiva, de las capacidades de producción existentes, Se deteriora lo que debería ser la base sana, aprovechada en toda su capacidad y rentable, de la economía nacional: la producción manufacturera y agrícola orientada a satisfacer las necesidades de consumo internas.
Yendo un poco más a fondo la evolución reciente puede describirse de la siguiente manera: cierto que el consumo ha crecido y sigue creciendo; cierto que millones salieron de la pobreza extrema gracias a incrementos salariales, transferencias sociales y remesas. No tanto a la generación de empleo formal y digno. Sin embargo, una proporción creciente de ese poder de compra adicional estimula la producción de otros países y no la de México. La demanda crece y lo celebramos, pero el beneficio productivo, la rentabilidad y las posibilidades de inversión se fugan al exterior.
Tal vez la prioridad inmediata no sea tanto construir nuevas capacidades productivas sino rescatar las que ya existen. México cuenta con miles de pequeñas y medianas empresas que sobreviven con dificultades. Cuenta con talleres, industrias regionales, productores agropecuarios, fabricantes de bienes de consumo y proveedores industriales que operan por debajo de sus posibilidades.
El problema de México, de su estrategia económica, o de su ausencia, por dejarla en manos del mercado, es mucho mayor a la mera falta de inversión, esta es solo la punta del iceberg. El problema de fondo es la creciente desconexión entre demanda y producción nacional. Atraer capitales externos, si acaso se consigue, solo maquillaría la superficie mientras que en el México profundo se iría creando una masa de lava que terminaría en erupción social.
Lo esencial no es construir nuevas capacidades productivas para la exportación o para simplemente substituir las que ya existen. La prioridad es rescatar y reactivar los recursos, instalaciones y recursos que se han inutilizado en años recientes. Para ello lo importante es otra estrategia basada en una alianza entre estado y organizaciones sociales en torno a la reconfiguración del mercado y la reorientación de la demanda. Crear un mercado definido por el interés social mayoritario.
No se trataría de un mercado alternativo al existente, sino paralelo y complementario, adecuado al sector social y productivo para el que el mercado globalizado no ofrece oportunidades adecuadas de producción, empleo, consumo y bienestar.
La pregunta relevante no es cuánto capital nuevo puede atraer México. Lo esencial es cómo aprovechar los recursos productivos que ya existen. Porque una economía que abandona sus propias capacidades productivas, no puede crecer. Lo estamos viendo.




