Cruzar la calle debe ser un acto casi reflejo, digamos que sencillo pero con cuidado. Usted se detiene antes de dar un primer paso hacia la calle que suele estar abarrotada de carros hasta que pasan o detienen frente a un semáforo que abre ante usted la posibilidad de cruzar y cruza.
Debió dejar algo de usted en la banqueta de donde ahora procede, pues la voltea a ver con inquietud como quien olvidó algo, acaso un poco de pasado. En qué momento dejó el mundo atrás en el cual vivía. Si regresara a cruzar en el sitio donde partió, ya no encontraría el mundo que dejó.
Cuando entere de la realidad cambiante no cabrá en el asombro y tendría que llamarlo de otra manera. Es usted un ingenuo. A veces cruzar la calle y ver hacia atrás más que otro nivel u otra dimensión es como la mujer de Lot, volverse estatua de sal. Y resulta fácil.
Cruza usted la calle y bien lo sabe no es una simple rutina, todavía yendo a donde va todos los días. De pronto al estar del otro lado ya pasaron los años y se y ubica usted en el futuro inesperado, de la calle cruzada, la verdad absoluta, la otra acera de la cancha.
Recuerda haber pasado corriendo acaso niño, pero es lejana y borrosa la imagen ahora que lo piensa. Cruzó con mucho cuidado llevando de la mano a un niño al jardín de niños muy cercano. Hoy cruza solo y despacio, nadie le alcanza, usted va muy adelante con muchos años.
Entre las mil historias que cuentan los amigos del neurocientifico Jacobo Grinberg relatan aquella de Nueva York cuando dijo a su amigo que cruzaría la calle- atestada de carros – sin ver a los lados y sin detenerse-. El amigo asombrado explica cómo Jacobo se adelantó y cruzó la rua y el tráfico se detuvo, algo ocurrió pues como que el tráfico se detuvo. También se cuenta que siendo pequeña Claudia Sheinbaum, la Presidenta de este país, fue llevada por su madre a un curso que el propio Jacobo impartía, consistente en leer textos con los ojos vendados. Mas nunca se le ha preguntado a la Presidenta si esto es o no cierto.
Los coches cambiaron el modelo y usted el look y el vestido, el estilo es más holgado y apaciguador. Con mucho luego de los años usted puede percibir más de esta realidad, logra ver la metáfora, la ilusión, el oden establecido y el caos. Consigue notar las ausencias y el ruido ensordecedor cubriendo otro a cada minuto.
Es claro, en ese tramo de cruzar de un lado a otro usted no debe detenerse, resulta arriesgado, no podría quedar ahí varado platicando con un compita por más que tenga cien años de no haberse visto el uno al otro a los ojos. Acaso tendrá que correr antes de ser devorado por el dragón de los coches que emiten terribles gemidos, ruidos de dinosaurio que emulan los niños.
La manera única de volver en busca del tiempo perdido es el olvido. O porque dejó atrás el celular donde trae lo incorregible, trae una lista con el mandado que le encargaron y la fila de amigos agregados en las redes sociales. O porque haya dejado la cartera sobre la mesa y ya sabe, uno sin varo es más o menos un cero a la izquierda.
Pero abra bien los ojos, usted no es el señor Grinberg ni mucho menos, sino todo lo contrario. No espere que se detengan los carros ni las motos. Por más buena que esté la muchacha no se le quede viendo, podría ser acoso y en el peor de los casos tres doritos después el karma le llegue rápido y tenga, obligado por las circunstancias, que despertar de este dulce sueño.
Usted recordará que en los años 70s. Esto era monte. Cierto día llegó una brigada de hombres armados con machete y se abrieron paso en lo que después fue este bulevar al norte de la ciudad. Pero usted era un chavo que pasaba corriendo aún sin carros, siempre andaba corriendo. Hoy tiene que pensar un poco- mientras pasan los carros- en la inmortalidad de los cangrejos. Y aquí ya no hay regreso.
HASTA PRONTO




