La hegemonía del PRI en Coahuila es un enigma que los analistas políticos no han podido descifrar del todo. Ni siquiera en sus peores momentos, cuando el escándalo sacudió al partido desde adentro, los coahuilenses se animaron a buscar la alternancia en las urnas.
A finales de los setenta, Óscar Flores Tapia gobernaba el estado con carácter áspero y lengua sin freno. Lo defenestraron desde la Ciudad de México, acusado de corrupción, y fue obligado a renunciar diez meses antes de terminar su mandato por diferencias con el presidente José López Portillo y con el secretario de gobernación Jesús Reyes Heroles.
Cayó el gobernador pero el partido retuvo el poder. La maquinaria priista continuó operando como si nada hubiera ocurrido, y en el fondo hay una lectura de este peculiar caso: en Coahuila la lealtad al tricolor nunca ha dependido de las personas sino de algo más profundo que los analistas siguen sin poder explicar con claridad.
Esa es la diferencia fundamental entre Coahuila y el resto del país. En otros estados el PRI construyó su poder sobre liderazgos personales y cacicazgos locales, y cuando esas figuras caían, el partido caía con ellas. En Coahuila la estructura sobrevivió siempre a sus figuras.
Cuarenta y cinco años después de la salida de Flores Tapia, el domingo 7 de junio, Coahuila volvió a las urnas. El PRI ganó los 16 distritos de mayoría relativa y arrasó con el 51 por ciento de la votación. El mapa político del estado quedó exactamente como estaba.
Es el único estado del país donde el tricolor gobierna sin interrupción desde 1929, noventa y siete años contando sus tres encarnaciones como PNR, PRM y PRI, sin una sola derrota en la gubernatura, sin una sola excepción al dominio que no tiene fecha de vencimiento visible.
Pero la elección dejó otra historia paralela, más reveladora que el triunfo priista. El PAN, que en 2017 estuvo a dos puntos de arrebatar la gubernatura con 36 por ciento de los votos, cayó el domingo al 2.1 por ciento y perdió el registro estatal por primera vez en cuatro décadas.
Jorge Romero, dirigente nacional del blanquiazul, rompió la alianza con el PRI y mandó al partido a competir solo. El resultado fue un desplome al quinto lugar, detrás incluso de Nuevas Ideas, un partido local que nadie conocía hace dos años y que superó el 5 por ciento.
Movimiento Ciudadano cayó también sin registro, con menos de 2 por ciento. Tres partidos nacionales eliminados en una sola noche. El sistema de partidos que construyó la transición democrática se deshace en Coahuila mientras el PRI observa desde la cima, sin inmutarse.
Lo que ocurrió el domingo no es un accidente local sino la expresión más visible de un proceso que lleva años. En el resto del país el tricolor apenas sostiene dos gubernaturas y en las elecciones federales de 2024 perdió votos en 31 de las 32 entidades. La curva no miente.
El PRD ya recorrió ese camino hasta el final y perdió su registro nacional mientras el PAN acumula derrotas estatales que la dirigencia atribuye a estrategias equivocadas, pero que en realidad revelan una crisis de identidad que ningún dirigente ha podido resolver desde 2018.
Morena gobierna 23 estados. La oposición tradicional retrocede sin estrategia visible, sin liderazgo capaz de revertir la tendencia, sin una narrativa nueva que convenza a los electores de que existe una alternativa real al proyecto que reconfiguró el mapa político nacional.
En ese contexto, Coahuila es la paradoja mayor del sistema político mexicano. El único estado donde el PRI no solo sobrevive sino que aplasta, donde la oposición llega con recursos y tradición y sale sin registro. Simplemente las reglas que aplican al resto del país, en la tierra de Flores Tapia no funcionan.
El gobernador Manolo Jiménez Salinas encabeza el ranking nacional de aprobación con 63 por ciento, el mejor evaluado del país en lo que va del año. No llegó en coalición ni apoyado en alianzas ajenas. Ganó solo, con un priismo longevo que se ha eternizado en Coahuila.
La pregunta no es cuándo cae el PRI en México, eso ya ocurrió. La pregunta es por qué sigue vigente en Coahuila, qué tiene ese estado que ningún análisis termina de explicar, qué convierte a su electorado en el más leal del país hacia un partido que en el resto del territorio agoniza.




