Una de las aseveraciones más perniciosas de la ultraderecha mundial desde el final de la Guerra Fría es que, con la caída del bloque comunista y el fracaso del socialismo como modelo económico, político y social, la historia concluyó y que el triunfo del capitalismo consolidó su hegemonía global.
El Mercado triunfó sobre los Estados…
Pero la historia continuó, y tras una década de los 90 de asentamiento del poder global estadounidense, comenzaron las fisuras, y la historia de la humanidad continuó y continúa como un trayecto sin fin.
En Latinoamérica, la caída del bloque comunista se dio entre crisis económicas y el nacimiento de la democracia, por presión ciudadana, por la degradación de los regímenes y por la implementación del modelo neoliberal, que en algunos casos fue por golpes autoritarios o por las mismas crisis; en ambos casos, impuesto.
La izquierda combatiente previa y póstuma a la represión del 68 prácticamente desapareció. Como herencia quedó el EZLN como la máxima expresión de una reyerta posmoderna, y el EPR, más utilizado como un instrumento del Estado que considerado como un grupo rebelde de verdad.
Además, el potencial bélico de la delincuencia organizada, tanto en México como en otros países como Colombia, redujo a las insurgencias socialistas, las cooptó o, literalmente, las desapareció.
En México, las izquierdas, mayoritariamente concentradas en la CDMX, concentraron su organización en la misma ciudad, en el constante cabildeo y presión con las autoridades federales, mientras lograban (y lograron) obtener el control político de la capital del país.
Todo, producto de una lucha democrática que inició en 1988, con la caída del sistema que terminó por otorgarle el triunfo a Carlos Salinas de Gortari. La resistencia, por cierto, iniciada por expriistas que aseguraban que el partido necesitaba una mayor apertura democrática.
Y las causas de la izquierda, en suma, eran producto de la eterna protesta por el combate a la pobreza, la defensa de los derechos civiles, la equidad de género, el combate a la desigualdad, el alto a los desplazamientos como un fenómeno propiciado tras el final del desarrollo estabilizador y aumentado durante el neoliberalismo.
Y con la crisis de inseguridad por el combate a la delincuencia organizada, se trazaron en el mapa otros más que persistieron durante las pasadas dos décadas, y que aún persisten.
La lucha por regresar al ejército a los cuarteles, las desapariciones forzadas, los “daños colaterales”, la amnistía, además de todas las causas que propiciaron la llegada de la delincuencia organizada a ese nivel de penetración social, prácticamente de la mano con las desigualdades sociales.
Además del eterno afán de difuminar el espectro del fraude electoral del sistema político mexicano.
La alternancia política del país se dio entre constantes señalamientos de fraudes electorales en las presidenciales posteriores, en 2006 y 2012.
Además de la desacreditación de la clase política nacional por los constantes señalamientos de corrupción. Una bandera que, hasta su llegada al poder en 2018, enarbolaba AMLO como una causa legítima.
Y fue, por cierto, en ese mismo periodo de tiempo que borró por completo del mapa a esa izquierda ciudadanizada y democrática, la mayoría militantes del PRD, por su alianza con el “prian”, por su sometimiento al poder en turno y la superación de las fuerzas por el obradorismo capitalino, el más radical y el de mayores claroscuros.
En el inicio de la 4T, cuando la lucha ideológica triunfó, las izquierdas brotaron desde todos los sectores de la población, muchos incluidos desde el inicio del proyecto, aunque la gran mayoría depurados en los primeros años del sexenio.
La lucha ideológica inicial ayudó además a centralizar el discurso de impulsar el proyecto de la 4T en torno a la figura de AMLO, y una vez logrado y consolidado en el discurso de la mañanera, y concentrar la agenda nacional en las primeras horas del día, ya no era necesario atajar todas las causas de la izquierda mexicana.
La primera “afrenta” se dio con la permanencia del ejército en los trabajos de seguridad pública, además del aumento en sus atribuciones.
La segunda, con el manejo del combate a la corrupción para desestabilizar a los grupos políticos adversarios; con las conquistas de los estados y de sus congresos, ya no era tan necesario enarbolar una causa de la que ahora se les podría señalar, en algunos casos con creces.
Los contingentes de familiares de desaparecidos a lo largo de todo el país tuvieron puntos de fricción con AMLO, un problema heredado también a la presidenta Claudia Sheinbaum y que en los recientes días revivió tras una controversia.
Y probablemente el verdadero triunfo, pilar fundamental y probablemente único sustento de legitimidad actual en Morena, se dio con la implementación del aparato de Bienestar en cada rincón del país.
El combate sistemático a la pobreza, de impacto masivo, fue la medalla de oro que consolidó la legitimidad de su proyecto político, de su gobierno, y lo catapultó como uno de los presidentes más populares de la historia.
La pandemia de Covid-19, además, sirvió como una prueba para captar la atención de la población con los reportes diarios de casos, que constantemente eran aprovechados desde Presidencia para dispersar el discurso cuatroteísta.
Con el protagonismo concentrado, eran constantes las descalificaciones a opositores, a la izquierda que lo señalaba e incluso a periodistas que durante años lo acompañaron en la lucha ideológica.
Y con los descalificativos desde Palacio Nacional, esa misma izquierda recién descalificada era olvidada por el gobierno de la 4T.
Andrés Manuel ostentaba su combate a la pobreza con resultados positivos, y el resto del discurso de izquierda se desvaneció junto a la misma izquierda mexicana.
Y aunque, en teoría, todo el aterrizaje ideológico de la izquierda mexicana tendría que aterrizar en Morena como el partido político en el poder, el origen y composición de su militancia en muchas partes del país es carente en su totalidad de una verdadera formación de izquierda.
AMLO, al final de su administración, ostentaba el fin de la corrupción, el triunfo de las izquierdas con su movimiento transformador y el fin de la lucha democrática que él mismo enarboló.
Y en la parte final de su gobierno, y póstumamente como asalto al de la presidenta Claudia Sheinbaum, aumentó el afán desde Morena y su círculo cercano por imponer un nuevo sistema político desde todos los reveses democráticos que orquestaron desde el poder legislativo. Y después, el judicial.
Y esa tal vez sería, y es, su principal trampa. Revertir todos los avances políticos que en el trayecto de la lucha democrática propusieron desde la sociedad civil, por cierto también disminuida por AMLO.
El país parecía encaminado a padecer una vez más un régimen hegemónico proveniente de una causa, al igual que el priista, y con la posibilidad de durar durante varias administraciones.
Y probablemente en un trayecto lo hubiesen logrado, pero la no inclusión de la izquierda y el aseguramiento de las alianzas con periferias políticas ajenas a los movimientos de izquierda degradaron poco a poco el sustento, sumado a la inoperancia de Morena a nivel nacional y, evidentemente, en los estados.
Y la verdadera operatividad se concentró en el círculo cercano al expresidente. Principalmente en su amigo Adán Augusto López y en sus hijos. Y propiciar el nepotismo, como una de las prácticas más condenadas en cualquier sistema democrático.
Y aún si AMLO terminó por no respetar a la izquierda, al menos la impulsó en las formas con su apoyo a la presidenta Claudia Sheinbaum desde la etapa de “las corcholatas”.
Y probablemente la presidenta sea el último reducto de una izquierda que intenta sobrevivir a la mescolanza de personajes políticos que integran Morena, provenientes de “todos los credos”.
Desde su gabinete existen personajes simpatizantes, al menos en materia de políticas públicas, en una agenda de izquierda, aunque en un sentido menos politizado y, más bien, ciudadanizado.
La presidenta ha conservado la parafernalia del discurso obradorista, al menos en concepciones como las del “sabio pueblo”, la defensa de la soberanía nacional y, sobre todo, la eterna lucha en contra de la pobreza y la desigualdad social.
Conserva en la ejecución un modelo sistemático de renta básica universal, hasta el momento funcional como el motor del proyecto político y principal fortaleza de su Gobierno (aún en tiempos atípicos como los actuales).
Pero el poco control de Morena como partido —inicialmente secuestrado por un grupo de poder que ahora se encuentra en la total desgracia— ha dejado al partido en un nivel de vulnerabilidad que lo ha hecho sucumbir ante su misma periferia, como el PT y el Verde.
Sobre todo por el Verde, que lo ha retado abiertamente en estados como San Luis Potosí y desde el poder legislativo, y con quien no termina la relación por las presiones que aún mantiene el obradorismo.
Y por los respiros que surgen en la opinión pública por las reacciones de AMLO, que alimenta una narrativa por la defensa de la soberanía. Aún si las embestidas políticas provenientes desde Estados Unidos se legitiman por los evidentes cuestionamientos a los políticos morenistas requeridos.
De manera acelerada y persistente desde la llegada a la dirigencia de Ariadna Montiel, la urgencia de Morena consiste en depurar a los indeseables y posiblemente señalados, y en depurar el control político de un reducido grupo.
Además de sumar el poco liderazgo real que arrendaron a grupos de poder regionales en distintas partes del país, incluido Tamaulipas.
La izquierda, nuevamente, tras su pulverización como una verdadera fuerza política por el mismo obradorismo, ahora se mantiene reducida como una causa desde el mismo gobierno de continuidad morenista.
El proyecto de abrir los espacios políticos a las mujeres, como una causa legítima de la izquierda, hasta el momento se mantiene congelado por la inestabilidad política al interior de Morena y del mismo gobierno de la presidenta.
Aún si su convicción, como lo ha demostrado recientemente en su manejo mediático sobre el Mundial, es de apego a la izquierda, más que un mecanismo en el mismo ejercicio del poder queda reducida a una causa, y vuelve a su camino histórico.
Y al menos en los meses que restan del año, y con la antesala de la elección de 2027, la verdadera tarea desde su gobierno y partido consiste en depurar al partido, en revertir por completo el afán de los obradoristas de perpetuarse en el poder, como sucede con los hijos del expresidente.
Y en ajustar una trama política de encaminar al país a un profundo retroceso democrático, en una delgada línea hacia el autoritarismo.
El descrédito al obradorismo y a los morenistas representa, al final, un revés a la izquierda mexicana y le resta legitimidad. El discurso obradorista por la defensa de la soberanía puede propiciar un nuevo discurso político, pero aún sin suficiente sustento.
Y queda, al final, un aparato de Bienestar que puede enfrentar su degradación por la corrupción que dejaron de combatir, así como lo hicieron con morenistas y opositores con cargos públicos en todos los niveles de gobierno.
Con la mayoría de las causas apagadas desde el mismo gobierno, y sus figuras en un proceso de profundo desgaste por las revelaciones de sus redes de intereses, le restan legitimidad, con el riesgo de romper con las relaciones de poder que hasta el momento mantenían con otros grupos políticos.
Y esa tal vez es la mayor disyuntiva del poder en turno. Si buscar una agenda apegada a la izquierda desde un partido que defiende una causa que pocos pregonan, un modelo de Bienestar que ha cambiado la vida a millones de mexicanos, además de revertir todos los obstáculos que entorpecen la vida democrática nacional.
Y si los aliados y amigos del pasado representan en la actualidad un lastre, y sus intentos por mantener una “unidad” forzosa le suman más pasivos que activos.
@pedroalfonso88




