José revisaba acuciosamente las perforaciones que le había hecho a la madera con aquel viejo berbiquí que lo había ayudado a realizar tantos trabajos durante su vida.
Tomó una soga y se disponía a pasarla por uno de los orificios cuando oyó una vocecita:
—Abuelito, abuelito. ¿Quieres que te ayude?
Era el pequeño Antonio, su primer nieto, de apenas cuatro años, con quien disfrutaba agradables ratos jugando, contando historias o simplemente platicando mientras hacía cualquier cosa para la casa.
—Sí, hijo —contestó José—. Mira, con la escoba y el recogedor levanta la viruta que cayó ahorita.
Antonio obedeció enseguida. Recogió la viruta y la llevó al tanque donde regularmente la depositaba su abuelo, que más tarde la utilizaba para quién sabe qué cosas.
Regresó para observar el trabajo. José pasaba la soga por la pequeña tabla que serviría de asiento para el columpio. El niño intentaba seguir cada movimiento de su abuelo, pero la luz del sol le daba directamente en la cara. José le pidió que se moviera, aunque Antonio quería observar la faena desde aquel lugar. Entonces fue el abuelo quien cambió de posición para que su cuerpo protegiera al niño de los rayos del sol.
Cuando la soga quedó bien amarrada a la tabla, José dijo:
—Bueno, Toñito, vamos a buscar un buen árbol para colgar el columpio.
—¡Siiii! —respondió el niño entusiasmado.
José sacó de un pequeño armario del taller un sombrero de paja y un paliacate, y se los puso a su nieto.
—Oye, ¿el sombrero y el pañuelo de Manuel? —preguntó el niño.
Manuel era un amigo imaginario con quien Antonio se hacía compañía cuando nadie más estaba disponible para hacerlo.
El abuelo abrió nuevamente el armario, sacó otro sombrero y otro paliacate y dijo, disculpándose:
—Ay, es cierto. Se me había olvidado.
Y se los entregó al pequeño.
José tomó una escalera de madera que él mismo había fabricado y, junto con Antonio, se dirigió al huerto que había en la parte posterior de la propiedad. El niño había estado pocas veces allí. Para él era un lugar enorme y siempre alguien lo acompañaba.
De pronto se agachó y recogió algo del suelo.
—¿Es una pera, abuelito?
—Sí, hijo. Es el fruto de ese árbol, un peral —respondió José señalándolo—. Pero esa ya está en mal estado; déjala en el suelo.
—¿No me la llevo a la basura?
—No. Déjasela a la tierra. Ella la transformará en alimento para los otros árboles. Más tarde buscamos una que esté buena para que te la comas.
El pequeño guardó silencio.
Un poco después encontró una pequeña guayaba todavía verde. Más adelante descubrió una higuera cargada de frutos. José cortó algunos.
—Para la merienda, hijo.
Al fondo, unos altos nogales parecían custodiar el huerto desde ambos lados del portón trasero.
—¿Y aquellos cuáles son, abuelito?
—Nogales. Son los árboles que dan las nueces, hijo.
José encontró el encino que estaba buscando y comenzó a colgar el columpio. Cuando terminó, dijo:
—¿Quieres estrenarlo, Toñito?
Pero el niño se había distraído observando un añoso manzano cuyas ramas secas contrastaban con algunos brotes verdes.
—¿Por qué está así este árbol, abuelito? —preguntó.
José se acercó lentamente. Sonrió con cierta melancolía mientras tomaba una de las ramas secas entre sus manos.
—Este manzano ya estaba aquí cuando mis papás, tus bisabuelos, compraron este lugar. Cómo disfrutamos mis hermanos y yo de las dulces manzanas que daba. Durante años nos alimentó y nos regaló su sombra. Pobre… míralo. Ya no da frutos. A lo mejor voy a tener que tumbarlo.
Antonio examinó la corteza con atención. Entre las grietas encontró algunos pequeños retoños.
—No, abuelito. Hay que cuidarlo.
José observó los pequeños brotes que asomaban entre la corteza reseca.
—Los árboles también dan sombra —dijo el niño.




