Por. Nora M. García Rodríguez
México presume precios bajo control y un peso firme, mientras la economía se contrae y el empleo pierde calidad, en Tamaulipas el contraste se observa con claridad, hay más empleo, aunque de menor calidad, una estabilidad que no alcanza a la mesa de quien la sostiene.
Hay un país en los discursos oficiales y otro en los datos del INEGI, en el primero la inflación cede, el peso aguanta y el banco central recorta tasas con prudencia, en el segundo la actividad económica se contrajo 0.6% en el primer trimestre de 2026, la primera caída trimestral desde finales de 2024, y aun así la estabilidad que se presume como logro convive con un estancamiento que casi nadie se atreve a nombrar.
En 2025 la economía mexicana creció apenas 0.8% según el INEGI, el ritmo más bajo desde el desplome pandémico de 2020, mientras el ingreso por habitante regresó a niveles de 2017, en los hechos siete años de avance se evaporaron, el país descendió del lugar 12 al 13 entre las mayores economías del mundo, y para 2026 ni el pronóstico oficial de 1.6%, ni el más cauto de 1.3% del Banco Mundial, ni el modesto empujón del Mundial de Futbol alcanzan para hablar de despegue.
La estabilidad de precios existe y conviene reconocerla, la inflación se ubicó en 3.94% en mayo, su segundo descenso consecutivo, lo que permitió a Banxico cerrar su ciclo de recortes en 6.50%, sin embargo esa calma no nace de una economía vigorosa, nace de una demanda apagada.
Vista de cerca, en la microeconomía del hogar, cada familia descubre que su salario alcanza para menos, pospone la compra grande, recorta lo prescindible, y esa prudencia individual, multiplicada por millones, se convierte en la demanda débil que mantiene quietos los precios, la inflación baja, entonces, no porque sobre bienestar, sino porque falta dinero en la calle, un precio estable sobre un bolsillo vacío no es alivio, es un foco rojo.
El empleo cuenta la misma historia, la desocupación es de apenas 2.6%, equivalente a 1.6 millones de personas, sólo que ese número engaña, porque en México casi nadie puede darse el lujo de no trabajar, lo que existe es otra cosa, 32.6 millones de personas en la informalidad, 54.8% de los ocupados, 583 mil más que el año pasado.
Aquí el cálculo del empleador explica lo que la cifra esconde, para una empresa formalizar a un trabajador implica pagar seguridad social, impuestos y prestaciones, cuando la mano de obra es abundante y su poder de negociación es bajo, al patrón le conviene contratar barato e informal, por ello el mercado ocupa sin proteger, da trabajo, pero no certeza.
Tamaulipas refleja esa misma situación, en el primer trimestre de 2026 el estado sumó 36 mil ocupados hasta llegar a 1.7 millones, la desocupación bajó a 2.7% y la subocupación cedió, indicadores de un mercado laboral activo.
La otra cara está en la calidad del empleo, la entidad registra 46.1% de su población ocupada en condiciones críticas, una de las proporciones más altas del país, junto con Chiapas y Puebla, la informalidad ronda 44.3%, unas 739 mil personas sin seguridad social, de cada diez ocupados siete son asalariados y dos trabajan por cuenta propia, en pequeños negocios sin prestaciones, y el grupo más numeroso gana hasta un salario mínimo.
El origen está en el propio mercado de trabajo, la planta maquiladora de la frontera, expuesta a la automatización y al enfriamiento de la demanda estadounidense, demanda mano de obra abundante y poco especializada, en ese contexto la empresa fija el salario y el trabajador tiene escaso margen para negociar, porque su alternativa, la informalidad, paga todavía menos, el resultado es una economía de salarios bajos, que abaratan la producción, pero limitan la productividad y el consumo local.
A ese cuadro se añade un matiz sobre la inversión, Tamaulipas captó 1,155 millones de dólares de inversión extranjera directa hacia el tercer trimestre de 2025, una cifra elevada que conviene leer por su composición, en el agregado nacional cerca de 70% de la inversión extranjera corresponde a reinversión de utilidades y apenas 18% es inversión nueva, la que amplía la planta productiva y genera empleo formal, por ello el monto reportado y los empleos formales bien pagados no avanzan siempre al mismo ritmo.
Detrás de la calma hay un problema fiscal que ya encendió alarmas afuera, el 20 de mayo Moody’s recortó la calificación soberana a Baa3, a un escalón de perder el grado de inversión, Hacienda respondió que el país lo conserva con las ocho calificadoras que evalúan su deuda, sin embargo el fondo permanece, la deuda pública bruta pasó de 39.8% del PIB en 2023 a 49.3% en 2025, el déficit ronda 5% del producto y el respaldo a Pemex rozó los 35 mil millones de dólares en 2025.
El ajuste ya golpea donde más cuesta, en el primer trimestre de 2026 el gobierno gastó 252 mil millones de pesos menos de lo programado y recortó obra pública, justo cuando la economía necesita inversión para crecer, así se ordena la cuenta del presente a costa de hipotecar la del mañana.
Conviene reparar en el lenguaje, porque el poder también gobierna con palabras, llama estabilidad a lo que igual podría llamarse parálisis, presume fundamentos macroeconómicos sólidos mientras evita pronunciar la palabra contracción, celebra que la inflación ceda sin admitir que cede porque la gente ya no tiene con qué gastar, con ese giro convierte la quietud en virtud y trata de pesimista a quien sólo lee las cifras que el propio Estado publica.
Estabilidad y crecimiento no son lo mismo, ni la primera garantiza el segundo, un país puede tener precios quietos, finanzas en orden y un peso firme, y aun así condenar a una generación a empleos sin futuro, se ve en el conjunto del país y se confirma en Tamaulipas, donde el empleo crece más rápido que su calidad, la estabilidad sin crecimiento no es prosperidad, es apenas un estancamiento bien administrado, una calma que tranquiliza a los mercados, pero no llega a la mesa de quien trabaja.
Y esta calma cobra un costo que no se cancela, se aplaza, a mediano plazo el círculo se cierra solo, una economía que crece poco recauda menos, se endeuda más y recorta la inversión que necesitaría para crecer, a largo plazo una generación anclada a la informalidad y al salario mínimo no acumula productividad ni ahorro, y adelgaza la base que el país requerirá cuando el bono demográfico se agote, gobernar no es administrar la calma, es elegir hacia dónde crecer, y esa decisión sigue pendiente.




