El secretario de Economía, Marcelo Ebrard, encargado de la renegociación del T-MEC, hizo un diagnóstico que clarifica la nueva situación en que se encuentra la relación con Estados Unidos y al que debe prestarse la mayor atención.
Señaló que el libre comercio internacional se encuentra en agonía, está llegando a su fin y en adelante lo fundamental será la geopolítica. La mayor economía del mundo, la que promovió la hiperglobalización en los pasados 40 años, dio un viraje radical y drástico de todo el manejo comercial, que ahora es dominado por un enfoque de seguridad económica y diseño geopolítico.
Añadió que esto significa que habrá una relocalización de actividades a gran escala. Una transición comercial y del orden económico global determinada por muchos factores que no son predecibles del todo. El fin del libre comercio se asocia a un nuevo sistema de aranceles diferenciados; es un regreso a la política industrial como instrumento de Estado —algo que hasta hace poco era considerado «una mala palabra» entre los organismos multilaterales y que hoy ocupa el centro de la agenda de la OCDE.
La revisión del Tratado, dijo, debe entenderse ahora como una negociación sistémica en la que el resultado final para México dependerá de cómo queden los aranceles que Washington impondrá al resto del mundo. Lo relevante será si Vietnam o Corea del Sur quedan exentos de tarifas que sí se le aplican a México, en cuyo caso el Tratado pierde su valor como instrumento para atraer inversión.
Ebrard considera que la incertidumbre que está deteniendo las inversiones difícilmente se despejará pronto porque depende de un proceso de revisión no solo con México sino con los países con los que Estados Unidos tiene otros 13 tratados comerciales, a los que describió como marchando «en procesión funeraria», mientras el T-MEC está «en el hospital, pero con conciencia». El sistema de aranceles que construye Washington no está completo y entretanto México no puede calcular su posición para competir. Esto está afectando negativamente a la economía nacional. Se ve, dijo, en la cifra de crecimiento.
Ciertamente la economía nacional se encuentra en mala situación. Datos del INEGI señalan que en 2025 el crecimiento del Producto Interno Bruto fue de apenas 0.8 por ciento y la última variación trimestral ingresó a terreno negativo, menos 0.6 por ciento.
El problema rebasa lo coyuntural. La tendencia dominante en los últimos años ha sido la pérdida de dinamismo económico. En 2022 el crecimiento fue de 3.7 por ciento; en 2023 de 3.1; en 2024 de 1.4 y en 2025 de 0.8, con el último trimestre en franja negativa. Si ampliamos el periodo observado encontramos que de 2018 al fin de 2025, en siete años, el Producto creció apenas poco más de un 6 por ciento en total. Un incremento inferior al de la población; lo que implica una reducción del producto per cápita.
El diagnóstico que hace el secretario de economía es una contundente y valiosa llamada de atención. No obstante es conveniente dimensionarlo: se refiere en particular a la coyuntura recientemente generada por la nueva administración del presidente Trump en los Estados Unidos y sobre todo a la manufactura de exportación. Los datos de bajo crecimiento económico son de más larga data y los sectores que han mostrado un franco deterioro productivo en particular en los últimos años son los de la producción orientada al mercado interno.
Según el Indicador Mensual de la Actividad Industrial del INEGI de marzo de 2018 a marzo de 2026 las industrias manufactureras crecieron en tan solo 4.8 por ciento. A su interior existe un fuerte quiebre. Algunas crecieron de manera relativamente acelerada, aunque nada extraordinario en comparaciones internacionales. La industria alimentaria creció un 10.4 por ciento, al ritmo de la población. Sin embargo la fabricación de prendas de vestir decayó en 31 por ciento; la de productos de cuero y sucedáneos, tales como zapatos, se redujo en 24 por ciento; la fabricación de muebles y colchones se redujo en más de 20 por ciento; la industria química cayó 6 por ciento. Otros sectores relevantes se encuentran estancados; crecen por abajo del incremento demográfico.
La situación podría calificarse de desastre al nivel del término empleado por Ebrard para el libre comercio. Solo que en este caso es agonía de la producción industrial orientada al consumo de la población mexicana.
INEGI nos indica que entre marzo de 2025 y marzo de 2026 el consumo interno de bienes de origen nacional se redujo en 0.2 por ciento mientras que el de bienes importados creció en 13 por ciento. Este resultado no es coyuntural. El último informe trimestral del Banco de México indica que de 2019 a febrero de 2026 el consumo privado de bienes nacionales creció un 1.5 por ciento; lo que muestra una fuerte reducción del consumo per cápita de bienes producidos en México. En agudo contraste el consumo de bienes importados creció en 55.8 por ciento. Un desequilibrio demoledor.
El diagnóstico del secretario de economía describe el fuerte problema y la amenaza que existe sobre la industria que hasta la fecha ha sido la joya de la corona de la economía nacional. Un sector globalizado que para crecer requiere desesperadamente del oxígeno de una inversión externa que depende de decisiones ubicadas en Washington. Decisiones que han demostrado ser poco institucionales, erráticas y dependientes del humor cotidiano de una persona.
Al diagnóstico de la manufactura de exportación hay que añadir la visión a largo plazo del resto de la economía nacional, industria y campo, donde el desastre de larga duración ha sido disimulado por el relativo éxito de la atracción de capitales externos y la manufactura de ensamble de insumos orientales para la exportación a Estados Unidos. Ahora que este modelo se encuentra en crisis evidente, es indispensable voltear la mirada a lo descuidado y dar un giro tan radical y drástico como el que ocurre en el mercado internacional.
Hay que reconfigurar la estrategia para rescatar y reactivar lo mucho que se ha destruido. Un camino que no depende de la entrada de inversión externa. Hay recursos, estructuras, equipos, materiales y conocimientos hechos a un lado pero en gran parte rescatables mediante una estrategia centrada en una nueva política industrial, comercial y de administración del consumo interno. Para ello necesitamos un gobierno decidido a ser fuerte, a promover sin recelos las organizaciones de productores y consumidores, a aliarse con el pueblo no como consumidor pobre de importaciones, sino como sujeto productivo.
Seguir en la inercia, esperanzados en la buena voluntad de la Casa Blanca, en ser menos castigados que otros países, en atraer capitales externos cuantiosos, en conservar el superávit comercial con un solo país, en modernizarnos incrementando la inequidad interna, parece cada vez menos sostenible.
Se requiere contar con una estrategia dual, en la que la manufactura de exportación y la producción no globalizada puedan salir adelante.




