2 julio, 2026

2 julio, 2026

¿Qué hace uno de la Obrera en Nueva York? 

Crónicas de la calle / Rigoberto Hernández Guevara 

Todo empieza cuando comienza. En cualquier instante comienza una historia y culmina otra. Somos grandes comenzadores autodidactas. Aunque igual pudiese haber escuelas para tratar de mejorar un inicio, un final feliz que fuese cierto, acaso. 

A un costado del viejo autobús descubrí el mundo de mis posibilidades. Yo escogí otras. El mundo dual ocupa una respuesta a cada rato en cada espacio de una cáscara de plátano. A un costado del autobús vi por la ventanilla que también otros comenzaban a emprender y no sabían si esta era la primera o última vez que hacían lo que hacían. 

Es verdad, con Borges podemos acompañar que la vida es un sendero de caminos que se bifurcan. Ahí está supongo la mujer ideal y la del perfil restringido, está la mujer que más amé y la que no. En el mismo camino bifurcado una y otra vez dejamos de ver lo que no nos interesa y que después, admitamos, los y las volvemos a encontrar para sorpresa nuestra y del respetable público. Andas en el metro de Nueva York y te encuentras a otro de Victoria, y de la colonia Obrera.

Pienso que ahí estuviera yo en otra circunstancia por ejemplo lustrando calzado en la ciudad cuyo nombre confundo con Antofagasta o Dreuchten, Alemania, quien sabe si así se diga. Da exactamente igual escribir desde Victoria, tengo a dos metros un cesto de basura que me ayuda a emprender nuevos retos de encestamiento de fichas, entre otros deportes que yo inventé antes de que se vuelvan populares. Hay que echarle fe. 

Mientras yo mismo me preguntaba qué hacía en Nueva York frente a aquel vato al parecer de la colonia Mainero. «Vine a emprender un nuevo negocio» , me dijo y fue lo único de lo que tuvo tiempo y tuvo razón, poco tiempo no dio chance de mentirle como él lo hizo impunemente. 

La mente en cambio reinicia operaciones cuando es necesario. Iniciar una nueva vida cambiando el peinado no completa la cosa. Una decisión que trasciende recorre el largo camino previo de la indescifrable angustia. Irse por cuadras donde no hay perro da tranquilidad a determinadas personas pero esas calles son visitadas por grandes velocistas de la patria chica. 

Ir a sitios donde ya estuvimos nos quita minutos ya vividos, nos devuelve olvidos, es un viaje al pasado que peligrosamente pisamos cada que nos aburre el presente, o creemos restaurar el viejo mueble. 

Los cambios llenan de incertidumbre la estación de la vida. Tenias asegurado el refugio secreto pero todo mundo conocía tu guarida. Llegas a otro barrio y eres el nuevo y la biografía que los vecinos más viejos comienzan- como todo lo que comienza- a inventar lo que nunca fuiste. 

Cambias de ropa y ya eres otro siendo el mismo, te crees muy chingón el vato. Por dentro sabes cuál muela te duele y no muestras ganas de llorar, te aguantas de sacártela de un trancazo, por fuera sonríes al respetable que firma la continuidad de la novela que reinicia cada día luego del checador. Y por supuesto el chisme más gordo del fin de semana que no falle. 

El mundo desconocido está tras de la puerta, en cuanto te asomas se vuelve un tanto cierto, sospechosamente verdadero, habría que observar de nuevo si quiero asegurar que en el poste de la esquina se hacía un perro. Pero no tiene la menor importancia, diría Arturo de Córdoba en «La mujer del puerto», mientras fumaba un cigarrillo de hoja. 

«La entrada al mundo desconocido es en el próximo minuto, favor de abordar la unidad que ya lo espera en el último anden. Cualquier dificultad que tenga llámenos por WhatsApp». No tengo celular, me lo hackearon, «pues cómprese otro para que pueda existir en los próximos minutos de esta cuenta regresiva del tiempo». 

HASTA PRONTO 

Facebook
Twitter
WhatsApp