4 julio, 2026

4 julio, 2026

La trumpificación de América Latina

Nueve gobiernos orbitan hoy la Casa Blanca. El ciclo no es nuevo: cada vez que Washington alineó el continente, los resultados combinaron crecimiento concentrado, instituciones debilitadas y recursos naturales transferidos al norte.
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Por Leo Andrade Kapellman

Colombia cerró el 21 de junio un mapa que Washington construyó en año y medio: el bloque pro-MAGA pasó de cuatro gobiernos afines al inicio del segundo mandato de Trump, en enero de 2025, a nueve, velocidad sin registro comparable desde la Guerra Fría.
El mecanismo opera con precisión: Trump respalda al candidato, Rubio lo llama presidente electo antes del escrutinio oficial, los mercados interpretan el resultado como señal de estabilidad, y el nuevo gobierno llega al poder con la agenda ya negociada con Washington.
En Colombia, Abelardo de la Espriella ganó la segunda vuelta con 49.66 por ciento contra 48.70 de Iván Cepeda, una diferencia de 250 mil votos en un país de 52 millones de habitantes, margen que Trump resumió esa noche en cuatro palabras: él ganó, grande.
Al bloque de Argentina, Ecuador, Panamá y El Salvador se sumaron Chile con Kast en diciembre de 2025, Honduras con Asfura en noviembre, Costa Rica con Fernández en febrero de 2026, y Colombia en junio, mientras Perú procesaba el escrutinio de Keiko Fujimori.
El modelo de campaña es uniforme: seguridad con mano dura, libre mercado y alineación con Washington, tres ejes que Bukele instaló en El Salvador y que candidatos de Honduras, Chile, Colombia y Perú adoptaron como plataforma sin modificaciones sustanciales.
Washington formalizó la arquitectura regional en marzo de 2026 con el Escudo de las Américas, foro de doce representantes latinoamericanos cuyo objetivo declarado es excluir del hemisferio a China, Irán y Cuba, el mismo argumento de la política exterior del siglo XX.
Ese argumento tiene registro histórico: Guatemala 1954, Brasil 1964, Chile 1973, Argentina 1976, Nicaragua en los ochenta, Washington invocó en cada caso la amenaza comunista para sostener regímenes que suprimieron derechos y produjeron miles de desaparecidos.
Los gobiernos de ese ciclo prometieron orden y crecimiento, los índices de pobreza en esos países alcanzaron sus peores niveles en las décadas siguientes, la concentración de la riqueza llegó a máximos históricos y la deuda externa de cada nación se multiplicó.
Detrás de cada intervención operaba una geografía de recursos no declarada: el petróleo venezolano y ecuatoriano, el cobre chileno, el banano centroamericano y el canal panameño funcionaron como variables de fondo en la arquitectura de la alineación.
Esa geografía se actualiza: Argentina, Chile y Bolivia concentran el triángulo del litio que Washington requiere para su transición energética, Colombia negocia un segundo Plan Colombia, y Ecuador abre sus bases a operaciones militares conjuntas con Estados Unidos.
Venezuela ilustra la lógica: tras la captura de Maduro, el gobierno de Delcy Rodríguez no confrontó con Washington, las sanciones se volvieron negociables y el petróleo reapareció como variable de fondo en una relación que la ideología declarada no explica.
Cuba y Nicaragua mantienen confrontación abierta, Washington aplicó un bloqueo petrolero contra La Habana en 2026, presentó cargos contra Raúl Castro y eleva la presión a niveles que analistas comparan con los de la Guerra Fría, sin posición colectiva de la OEA.
El dato que los analistas registran como riesgo estructural es la ausencia de agenda social en los gobiernos del ciclo: ninguno presenta programas que atiendan rezagos históricos en pobreza, salud y educación, los mismos rezagos que alimentaron el voto de castigo.
La inseguridad que catapultó estas candidaturas no reconoce frontera entre crimen organizado y Estado, el narcotráfico financia campañas, penetra instituciones y controla territorios donde la presencia gubernamental es marginal, límite que el modelo Bukele no resuelve.
México y Brasil son los únicos contrapesos que restan, Sheinbaum sostiene la tensión comercial con Trump sin confrontación abierta, mientras Lula da Silva enfrenta en octubre la elección más disputada de su carrera frente a Flavio Bolsonaro, avalado por Washington.
Si Brasil vira en octubre, el mapa del trumpismo latinoamericano alcanzaría una extensión que no se registraba desde los años en que Washington administraba el hemisferio como zona de influencia propia, con los costos que ese ciclo dejó documentados en cada país.

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