Mucho antes de los estadios repletos, las transmisiones de televisión o los millones de dólares que hoy mueve el fútbol, distintas civilizaciones ya perseguían una pelota. En la China del siglo III antes de Cristo existía el Cuju, un entrenamiento militar que consistía en introducir un balón de cuero en una pequeña red con los pies. En Mesoamérica, las culturas prehispánicas practicaban el juego de pelota, un ritual donde una pesada esfera de caucho se impulsaba con las caderas y las piernas. Griegos y romanos también tuvieron sus propias variantes. Cambiaban las reglas, los materiales y los objetivos, pero permanecía intacta una misma necesidad: reunirse alrededor de un balón.
El fútbol, como hoy lo conocemos, nació mucho después. Inglaterra no inventó el juego con pelota; inventó el fútbol organizado. En 1863, la Football Association unificó las reglas, separó definitivamente al fútbol del rugby y dio origen al deporte moderno.
A partir de entonces comenzó una expansión silenciosa. No fueron ejércitos quienes llevaron el fútbol al mundo. Fueron marineros, comerciantes, ingenieros, trabajadores ferroviarios y mineros británicos. En cada puerto descargaban mercancías y, casi sin proponérselo, también dejaban un balón, unas reglas y una nueva pasión.
Así llegó a México a finales del siglo XIX. Mineros ingleses establecidos en Real del Monte y Pachuca, junto con trabajadores británicos de las fábricas textiles de Orizaba, comenzaron a organizar partidos entre ellos. De aquellos encuentros surgirían clubes como el Pachuca Athletic Club y el Orizaba Athletic Club, pioneros del fútbol mexicano.
Hoy el fútbol mueve multitudes, paraliza ciudades, modifica estados de ánimo. Por eso: filósofos, sociólogos y escritores traten de responder una pregunta que parece sencilla, pero no lo es: ¿qué tiene este juego que despierta semejantes pasiones?
El filósofo Salvador Echeagaray propone una explicación distinta para entender ese fenómeno. Retomando a Aristóteles, sostiene que en el fútbol convergen cuatro causas: la materia —el balón, la cancha y los jugadores—; la forma —las reglas que ordenan el juego—; la causa eficiente —quienes lo hacen posible, desde futbolistas hasta árbitros y entrenadores—; y la finalidad, que va mucho más allá de ganar un partido: emocionar, reunir y crear identidad. Quizá sea precisamente esa convergencia la que explique por qué el fútbol dejó hace mucho de ser solamente un deporte para convertirse en un fenómeno cultural. Cada elemento encuentra su razón de ser dentro de un todo coherente. Y en ese equilibrio —tan frágil como un gol en el último minuto— reside buena parte de su magia.
Carlos Monsiváis dirigió la mirada hacia las tribunas. Para él, el protagonista nunca fue únicamente el delantero, sino la multitud que lo observaba. No exageraba cuando afirmaba que «el fútbol es la única religión laica del Estado mexicano». Los estadios sustituyen templos; los jugadores se convierten en héroes momentáneos; las victorias se celebran como pequeñas redenciones nacionales y las derrotas se viven con una intensidad difícil de encontrar en cualquier otro ámbito de la vida pública.
Juan Villoro observó el mismo fenómeno desde otro lugar. No quiso explicar qué decía el fútbol sobre la sociedad, sino qué decía sobre cada uno de nosotros. Descubrió que un partido puede contener la infancia, la memoria, la amistad, la esperanza y el miedo a perder. El marcador importa, pero importa todavía más aquello que somos capaces de sentir mientras esperamos un gol.
Mañana, cuando la Selección Mexicana enfrente a Inglaterra, millones de personas volverán a participar de un ritual que comenzó hace más de dos mil años. Unos saldrán felices; otros, decepcionados. Habrá abrazos, discusiones, bocinazos, banderas ondeando desde las ventanillas de los automóviles y cualquier pretexto para prolongar la noche.
El marcador decidirá quién ganó el partido.
Lo verdaderamente importante ocurrirá después. Millones de mexicanos volverán a encontrarse en las calles. Si la Selección gana, habrá abrazos, banderas y bocinazos. Si pierde, seguramente habrá bromas, resignación y, por qué no: ¡muchas cervezas! Pero difícilmente una derrota alcanzará para echar a perder una celebración que México lleva cuatro décadas esperando. Esta Selección ya llegó más lejos que cualquier otra en la historia de los mundiales. Eso ciertamente merece celebrarse.
Quizás por ello el balón sigue su marcha incansable tras más de dos milenios. No porque altere el destino, sino porque logra el milagro cotidiano de silenciar nuestras diferencias, invitando a multitudes a olvidar sus pesares y coincidir, por un instante, en el arte de celebrar juntos.




