7 julio, 2026

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Entre rieles y guisos: la historia de los taquitos que alimentan a Victoria

Entre el movimiento de viajeros, ferrocarrileros, comerciantes y familias nacieron los puestos de comida que dieron identidad a la zona de la vieja estación del tren
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Por Raúl López García

Fotos: Jorge Castillo

CIUDAD VICTORIA, TAMAULIPAS.- Antes de que el olor de la carne guisada, las tortillas calientes y las patitas de puerco se instalara cada mañana en los alrededores de la antigua estación del ferrocarril, por ese mismo punto cruzaban locomotoras que transformaron para siempre a Ciudad Victoria.

La historia comenzó a finales del siglo XIX, cuando el ferrocarril abrió una nueva etapa de conexión, comercio y movilidad para la capital tamaulipeca. El 4 de octubre de 1890, la locomotora “Don Patricio” cruzó por primera vez la ciudad, dentro de la ruta que enlazaba Tampico con Monterrey.

La estación principal fue inaugurada el 6 de marzo de 1893. Tras un incendio ocurrido en 1900, el ingeniero William Price encabezó su reconstrucción y le dio el estilo neoclásico que aún la distingue como uno de los monumentos históricos más representativos de Victoria.

Con el movimiento de viajeros, ferrocarrileros, comerciantes y familias, también nacieron los puestos de comida que dieron identidad a la zona. Así surgieron los taquitos de la estación, una tradición que durante décadas ha acompañado a quienes llegan a este rincón de la ciudad.

Entre esas historias está la de Dora Alicia, quien desde hace cerca de 30 años atiende un puesto que antes perteneció a su madre, una de las primeras vendedoras de taquitos en la estación.

“Mi mamá ya tiene más de unos 40, 50 años que ella inició aquí. Fue de los primeros vendedores de los taquitos aquí en la estación”, recuerda mientras atiende una orden de carne para uno de sus clientes.

Su madre vivía en la colonia Las Palmas y caminaba sola por a lado de las vías, cargando ollas, hasta la estación para vender comida. Con el tiempo, Dora Alicia comenzó a ayudarle y aprendió el oficio entre cazuelas, tortillas y largas jornadas de venta.

“Ella empezó sola. Ella vivía en Las Palmas, ella se venía toda la vía caminando sola”, relata.

Años después, cuando ya tenía a sus dos hijos, decidió acompañarla de manera permanente y tomar parte de un negocio que ya conocía desde niña.

“Mi mamá me dijo: ‘No estés de huevona en la casa, vente a ayudarme’, y ya me vine con ella”, cuenta entre risas. Desde entonces, el puesto se convirtió en una fuente de sustento y en una herencia familiar.

La jornada de Dora inicia a las 3 de la mañana. A esa hora prepara los guisos que venderá durante el día, pues todo se cocina fresco esa misma mañana antes de llegar a la estación, donde comienza a atender después de las 8 y concluye cerca de las 3 de la tarde.

En el menú hay taquitos de huevo con chile, frijoles, picadillo, órdenes de pollo, carne, chiles rellenos de queso o picadillo y manitas de puerco. La carne y las manitas son los platillos más solicitados, acompañados de tortillas, taquitos dorados, verdura, salsa y agua fresca de limón o jamaica.

Los viernes y sábados son los días de mayor movimiento. Las familias llegan a comer, convivir y, algunas veces, escuchar música de fara fara mientras disfrutan de una tradición que ha resistido el paso de generaciones.

La estación ya no tiene el bullicio ferroviario de otros tiempos, pero se mantiene viva entre los puestos, las conversaciones y el llamado de los clientes que piden una orden de carne. En ese espacio, Dora y su familia mantienen encendida una historia que comenzó entre rieles y que hoy se sirve en un plato con taquitos, salsa y memoria.

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