Por. Alberto Rivera
Vivimos inmersos en una de las mayores ilusiones intelectuales del siglo XXI: la creencia de que una sociedad mejor informada es, en esencia, una sociedad mejor comunicada. La revolución digital ha robustecido dicha convicción, elevándola a la categoría de dogma. En la actualidad, consideramos que el acceso inmediato a millones de datos, opiniones e imágenes correlaciona automáticamente con una ciudadanía más consciente, una democracia fortalecida y gobiernos más cercanos.Sin embargo, esa premisa merece ser cuestionada.
Dominique Wolton sostiene que el mayor error contemporáneo consiste en confundir dos procesos radicalmente distintos: informar y comunicar. Mientras que la información se refiere a la transmisión de contenidos, la comunicación implica un proceso de reconocimiento mutuo entre sujetos. Informar puede ser un acto unilateral; comunicar exige la existencia del otro.
La diferencia parece ser semántica, pero en realidad es política.
Toda democracia se sustenta en la capacidad de construir significados comunes. Las instituciones generan información; la sociedad, interpretación. Entre estos dos momentos existe un espacio complejo, influido por la cultura, la experiencia, la identidad, la confianza y el conflicto. Es en dicho espacio donde se produce —o no— la comunicación.La paradoja de nuestro tiempo consiste en que nunca habíamos producido tanta información y, al mismo tiempo, nunca había resultado tan difícil construir consensos.
No es casualidad que las sociedades contemporáneas experimenten una polarización creciente. Tampoco lo es que los gobiernos inviertan cantidades cada vez mayores en comunicación institucional sin lograr reducir la distancia emocional con los ciudadanos. El problema no radica en la insuficiencia de mensajes, sino en la incapacidad para generar reconocimiento.
En términos políticos, esto significa que la legitimidad ya no depende únicamente de la eficacia administrativa ni de la transparencia informativa. Depende, cada vez más, de la capacidad para construir sentido colectivo.
Aquí se presenta una de las contribuciones más relevantes de Wolton. La información corresponde al ámbito técnico; mientras que la comunicación se relaciona con el campo político. La primera puede optimizarse mediante algoritmos, inteligencia artificial o plataformas digitales. La segunda exige deliberación, negociación y la aceptación de la diferencia. Ninguna innovación tecnológica puede sustituir esas condiciones porque la comunicación no consiste en eliminar el conflicto, sino en hacerlo socialmente gobernable.
Esta distinción adquiere especial relevancia en México. Durante las últimas décadas, prácticamente todos los gobiernos han fortalecido sus estructuras de comunicación social. Nunca antes habían existido tantos canales oficiales, transmisiones en vivo, plataformas digitales, campañas institucionales y mecanismos de difusión gubernamental.
Sin embargo, los indicadores de confianza institucional muestran una realidad distinta. La abundancia de información no ha producido necesariamente mayor legitimidad. Ello revela una contradicción fundamental: los gobiernos siguen entendiendo la comunicación como un problema de emisión de mensajes, cuando en realidad constituye un problema de construcción de confianza.
La confianza no puede decretarse mediante campañas publicitarias ni producirse por la saturación informativa. Es una relación política que sólo surge cuando el ciudadano percibe que su experiencia también forma parte del proceso comunicativo.
En otras palabras, comunicar implica aceptar que el receptor no es un destinatario pasivo, sino un sujeto autónomo que interpreta, cuestiona, resignifica e incluso rechaza el mensaje recibido. Ésta es, quizá, la principal enseñanza de Wolton para las democracias contemporáneas.
La comunicación no es el triunfo de la tecnología. Es el triunfo del reconocimiento.
Mientras continuemos confundiendo información con comunicación, seguiremos perfeccionando nuestros instrumentos de difusión sin resolver el verdadero problema de la democracia: la creciente dificultad para comprender al otro.
La historia demuestra que el exceso de información no garantiza sociedades mejor comunicadas. Lo verdaderamente decisivo es la capacidad de construir entendimientos compartidos; cuando esa capacidad se debilita, también comienza a debilitarse la legitimidad de las instituciones.




