Por. Francisco de Asís
El hombre nunca había visto el sol.
Desde niño había contemplado las sombras que desfilaban frente a él. Aprendió a llamarlas realidad. Reía con ellas, discutía por ellas y estaba dispuesto a defenderlas. ¿Cómo iba a sospechar que aquello que consideraba verdadero no era más que una apariencia?
Un día alguien rompió sus cadenas y lo condujo hacia la salida.
La luz le hirió los ojos. Apenas distinguía las formas. Le dijeron que hasta entonces sólo había visto sombras y que ahora contemplaba el mundo real. No entendía. No creía. Quiso regresar. La oscuridad resultaba mucho más cómoda que una verdad que desmoronaba todo aquello en lo que había creído.
Hace casi dos mil quinientos años Platón escribió esa historia.
Y quizá nunca había sido tan actual.
Toda forma de poder ha comprendido el enorme valor de controlar las sombras. No necesita ocultar la verdad; le basta mostrar una parte de ella. Seleccionar los datos, manipular el lenguaje, exagerar los logros, minimizar los fracasos y repetir un relato hasta convertirlo en certeza. El sofisma hace el resto: no destruye la verdad, simplemente la deforma.
Pero el poder necesita algo más que convencer.
Necesita despertar emociones.
Porque una idea defendida con pasión deja de ser una idea para convertirse en identidad. Y cuando eso ocurre, aceptar que uno estaba equivocado deja de ser un ejercicio intelectual para convertirse en una herida.
Mientras las sombras ocupan nuestra atención, la realidad permanece afuera.
Está en hospitales donde millones de mexicanos compran sus propios medicamentos. En madres buscadoras que realizan el trabajo que el Estado abandonó. En regiones donde el miedo sustituyó a la tranquilidad y la seguridad dejó de ser un derecho para convertirse en una esperanza.
También está en la economía. Mientras el discurso promete prosperidad, el sector privado identifica como principales obstáculos para crecer la inseguridad, el deterioro del Estado de derecho, la corrupción, la impunidad, la incertidumbre política y una gobernanza cada vez más frágil. Es difícil construir desarrollo cuando los cimientos se debilitan.
Lo mismo ocurre con la energía. Ningún país puede aspirar al desarrollo si no produce la electricidad suficiente para mover sus industrias, sus hospitales y sus universidades. Sin energía no sólo se detienen las fábricas; también se detienen las oportunidades.
Pero quizá la sombra más peligrosa sea otra.
Una sociedad comienza a salir de la caverna cuando aprende a pensar por sí misma. Ésa es la verdadera función de la educación: enseñar a distinguir entre la apariencia y la realidad. Sin embargo, casi la mitad de nuestros jóvenes de quince años no alcanza los niveles mínimos de comprensión lectora y matemáticas, y de cada cien niños que ingresan a la primaria apenas cincuenta y seis concluyen oportunamente la educación media superior.
Un ciudadano educado pregunta.
Compara.
Contrasta.
Desconfía de las respuestas demasiado sencillas.
Y por eso resulta mucho más difícil mantenerlo dentro de cualquier caverna.
Las sombras, en cambio, siempre ofrecen respuestas simples.
Siempre encuentran un culpable.
Siempre prometen que el futuro resolverá aquello que el presente no corrige.
Entonces ocurre lo más importante de la historia.
Aquel hombre continúa su ascenso. El camino es áspero. La luz deja de lastimarlo y comienza a comprender.
Descubrir la verdad duele. No porque la verdad haga daño, sino porque obliga a renunciar a las certezas que más hemos amado. Nada duele más que descubrir que uno defendió con pasión aquello que nunca fue verdad.
Sólo entonces entiende por qué tantos prefieren permanecer en la oscuridad.
Y decide regresar.
No para demostrar que tenía razón.
No para humillar.
Regresa porque comprende que la libertad también impone deberes.
Quizá ésa sea también nuestra tarea.
Aceptar que ningún poder renunciará voluntariamente a proyectar las sombras que le permiten conservar su influencia. Pero también aceptar que ninguna sociedad permanece cautiva si sus ciudadanos conservan la voluntad de buscar la verdad.
Las sombras siempre existirán.
La diferencia la marcará nuestra decisión de conformarnos con ellas… o atrevernos a salir de la caverna.
Y, cuando llegue el momento, regresar para tender la mano a quienes todavía creen que las sombras son la realidad.




