26 julio, 2026

26 julio, 2026

Sin pedir permiso

EL FARO/ FRANCISCO DE ASÍS

Por. Francisco de Asís

“Yo quisiera no morirme sin tener algo contigo…”

Carlos dejó morir el último acorde sobre las cuerdas de la guitarra.

El pequeño bar respondió con un aplauso cálido, de esos que no nacen del compromiso sino del gusto. Alguien levantó su copa; otro pidió otra ronda antes de que comenzara la siguiente canción. El humo de los cigarrillos dibujaba remolinos bajo la luz tenue mientras los muchachos que atendían a la clientela se abrían paso entre las mesas con la habilidad de quien conoce de memoria cada rincón del lugar.

Aquello ocurría todas las noches. Carlos era el alma del bar.

No necesitaba anunciarse. Bastaba con que apareciera en el pequeño estrado, afinara la guitarra y dejara escapar las primeras notas para que el murmullo disminuyera poco a poco. Los hombres lo escuchaban con admiración. Las mujeres siempre encontraban en él un motivo para regresar. Algunas aseguraban que tenía la rara virtud de cantar como si cada canción hubiera sido escrita para una sola persona.

Él sonreía cuando terminaba una melodía, aceptaba las peticiones del público y enlazaba un bolero con otro con la naturalidad de quien había nacido entre acordes.

Aquella noche, alguien pidió: “Arráncame la vida”. Carlos sonrió, acomodó la guitarra contra el pecho y comenzó a cantar:

Arráncame la vida de un tirón…

Cuando bajaba del escenario, el descanso apenas le pertenecía. Siempre había una mesa que lo invitaba a brindar, otra que le pedía una pieza más y alguna muchacha que encontraba cualquier pretexto para retenerlo unos minutos. Carlos repartía sonrisas con la misma generosidad con que repartía boleros, pero nunca promesas.

Cuando alguien le preguntaba qué pensaba hacer más adelante, respondía invariablemente:

—Voy a estudiar Medicina.

La respuesta dejaba tranquilos a todos: a sus padres, a sus amigos y hasta a quienes apenas lo conocían. Después sonreía, tomaba la guitarra y seguía tocando. La verdad era mucho más sencilla: quería cantar.

La puerta del bar se abrió.

Entró una joven. Se detuvo apenas un instante para acostumbrarse a la penumbra. Buscó entre las mesas con la mirada.

Era Gabriela.

Había quedado de encontrarse allí con su amiga Luisa. Salía poco, casi siempre porque alguien terminaba convenciéndola. Aquella noche también había cedido.

—La juventud no dura para siempre —le había repetido Luisa—. Aprovecha ahora que eres joven y bonita. Ya tendrás tiempo de quedarte en casa.

Luisa aún no llegaba. Gabriela recorrió el salón con la vista hasta descubrir una mesa vacía frente al pequeño escenario. Caminó hacia ella y, al llegar, levantó la mirada.

Y lo vio.

En ese instante ella se percató de Carlos, y él, de ella. El encuentro fue fulminante. Para ambos, todas las personas del bar desaparecieron; si en ese momento hubieran salido a la calle, seguramente también habrían desaparecido todos los habitantes de la ciudad… y si hubieran seguido caminando, también todos los habitantes del planeta.

Carlos dejó morir el último acorde. Durante unos segundos solo se escuchó el rumor del bar. Él nunca pudo explicar qué ocurrió después; le bastó verla. Sus dedos buscaron otro acorde sobre la guitarra. No estaba en ninguna canción. Nunca volvió a tocarlo de la misma manera.

Entonces comenzó a cantar:

“Entras…

sin pedir permiso.

Con la altanería de tu belleza.

Tus ojos no miran:

incendian.

No buscan.

Encuentran.

Entras…

sin pedir permiso.

Como entra la luz

cuando alguien abre una ventana.

Como entran esas pocas personas

que cambian una vida

sin siquiera saberlo…”

Carlos terminó la canción. Gabriela permanecía inmóvil. No sabía cuánto tiempo había transcurrido.

Sintió que alguien se sentaba frente a ella. Era Luisa.

—¡Perdón! Ya sabes cómo es mi mamá. Cuando iba saliendo me pidió que la acompañara a casa de mi tía. —Sonrió, pero no obtuvo respuesta—. De hecho, venía ensayando qué pretexto iba a inventarte… Pensé que ya te habías ido… ¿Gaby?

Gabriela se había ido…

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