Por. Pedro Alfonso García Rodríguez
Durante los gobiernos de Felipe Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto coincidieron dos señalamientos que condenaban al Estado mexicano y lo calificaban como fallido.
Durante el estallido de la inseguridad en diversos puntos del país, a raíz de la guerra contra el narcotráfico, el término fue un arma del calderonato para amedrentar a sus enemigos políticos, a quienes atribuía la falta de control desde los gobiernos estatales.
Y también una justificación para incrementar la presencia federal en los estados más afectados e influir en su control político. El mote de Estado fallido era una simple justificación, aunque el problema englobaba a todo el país.
Fue en la segunda mitad del gobierno de Enrique Peña Nieto cuando llegó el golpe de realidad, con la desaparición de los 43 estudiantes de la normal de Ayotzinapa, ocurrida en Iguala, Guerrero.
En pueblos y ciudades se volvió un común denominador que en los espacios públicos aparecieran pintas o carteles sobre los 43 con la frase «Fue el Estado». Al final, en la desaparición de los estudiantes normalistas, por acción u omisión, la responsabilidad era exclusiva y totalmente del Estado.
Un funcionario federal que actualmente colabora en el gobierno de Claudia Sheinbaum repetía con frecuencia el señalamiento de los conos y las cubetas con que se delimitan los estacionamientos en los espacios urbanos como una clara muestra de Estado fallido; es, probablemente, uno de los reduccionismos más evidentes que se hayan hecho para ejemplificarlo.
Al final, el punto de partida para considerar fallido a un Estado es su propia ausencia…
El feminicidio e infanticidio de Dafne Zapata es una clara muestra de un Estado ausente, más que fallido, que nos falló a todos los mexicanos y tamaulipecos. Y, sobre todo, a Dafne.
Falló ante la poca o nula regulación de su parte —por impunidad o no— de una academia militarizada que operaba sin el aval de las fuerzas armadas ni de ninguna autoridad de los tres niveles de gobierno.
En un municipio estratégico por albergar infraestructura esencial del sector energético, de una empresa paraestatal a la que recurre con frecuencia el discurso político de cualquier candidato de cualquier fuerza política.
Falló de inicio al no atender con la inmediatez requerida el llamado de una madre destrozada por la muerte de su hija, y ante la poca o nula consistencia de las declaraciones del dueño de la academia, frías y contradictorias.
Y falló ante todas las evidencias y denuncias de exalumnos sobre los abusos cometidos durante su formación militar. Sin el aval de ninguna institución castrense.
A la vista de todos, ante el conocimiento de todos.
Falló ante la omisión de un principio fundamental para lograr la paz en un país tan golpeado por la violencia: la atención a las víctimas.
Y falló desde el aparato de justicia: tras una elección controvertida, quienes aseguraban que lo transformarían en beneficio de todos se encuentran sumidos en actividades y activismos que rayan en la frivolidad.
Además del servilismo que mantienen con grupos de poder o mercantiles por su financiamiento a la «operación acordeón».
Y le falla también a los millones de niñas y mujeres mexicanas que padecen a diario violencia de género, en la era de la primera mujer presidenta en toda su historia.
Un gobierno que pareciera condenado al naufragio, al menos en la esperanza de aterrizar la justicia social en todo el país.
Y, hasta el momento, la única constante es la ausencia del Estado, pese al aparato de Bienestar que ostenta desde el gobierno de AMLO, y su vulnerabilidad constante cuando deja de servir a la élite morenista como activo electoral.
Si sectores primordiales para cualquier mexicano, como el de salud y el de educación, ya operaban prácticamente desmoronados, la pospandemia terminó por sepultarlos sin una verdadera estrategia para su rescate.
El discurso obradorista de amnistía no contemplaba en ningún momento la complicidad y el contubernio en actividades ilícitas. Y aunque la embestida estadounidense sí vulnera la soberanía nacional, las evidencias muestran que, al parecer, no hay forma de defender a los requeridos.
Tampoco ayuda la impunidad sostenida desde Palacio Nacional y en los estados para condenar la corrupción del pasado, de la que al final terminaron siendo cómplices.
El ejemplo del cono y la cubeta como muestra de un Estado ausente puede explicarse desde otras situaciones cotidianas para cualquier mexicano. Y tamaulipeco.
Como la ausencia de medicamentos para atender a los derechohabientes, o las condiciones precarias de la infraestructura de salud, controlada aún por la Federación pese al fracaso de todos los modelos de salud implementados desde el obradorismo.
Le falla a las comunidades de personas desplazadas, a los familiares de personas desaparecidas, a las víctimas del delito cuyas carpetas se apilan en los escritorios de las dependencias de seguridad y justicia.
El mote de fallido pierde sentido si la aplicación de la fuerza se da más para el control de la población que para garantizar su seguridad. Y si la inseguridad se mantiene de manera deliberada, al final es una omisión.
La ausencia del Estado se da también en su falta de acceso. Si la mayoría de la población no lo tiene garantizado, eso se refleja en la vida cotidiana.
Desde la deficiente infraestructura urbana hasta la falla de los servicios públicos, la falta de regulación y también la sobrerregulación. Del beneficio a los sectores más acaudalados a la alienación de la pobreza.
Como sucedió en los gobiernos con mayor incremento en los niveles de inseguridad en Tamaulipas, por la «whitexicanización» de la política tamaulipeca y el abandono institucional. Al mismo nivel del aumento desenfrenado de la militarización, las omisiones de la autoridad propiciaron el desastre en materia de seguridad pública.
Un ejemplo de su presencia se da con el aparato de bienestar social por su utilidad política, y es una clara muestra de cómo la intención sí puede garantizar el bien común.
Y desde el pregonado humanismo, la premisa debería ser el bien común.
Al final, sin su garantía, aun con el control de la fuerza, la paz es una simple aspiración.
@pedroalfonso88




