10 agosto, 2026

10 agosto, 2026

Que Morena no olvide la historia del PRI

EN VISTO/ DORA DE LA CRUZ

Por. Dora de la Cruz

La decisión de la Comisión Nacional de Honestidad y Justicia de Morena, de suspender temporalmente los derechos partidistas de dos diputadas que incurrieron en comentarios discriminatorios, incluso agresivos, contra las personas adultas mayores, tiene un mensaje que va más allá de una sanción; es un “estirón de orejas”, para esa militancia, funcionarios que hoy en el poder creen que estar en el cargo, ya los hace intocables, agrediendo a ciudadanos.

Es también un llamado a entender que quienes llegan al servicio público bajo las siglas de un partido, no pueden desligarse de lo que representan. Mucho menos pueden utilizar esa representación para hacer críticas, que descalifiquen o discriminen a un sector de la sociedad, especialmente ese que es considerado el voto duro de Morena.

Las diputadas, Nayeli Salvatori y Grace Palomares se divertían mucho  en su podcasts llamado DesCasadas, haciendo comentarios despectivos de los adultos mayores, que no vale la pena volver a repetir aquí. La medida que les fue aplicada, también  tiene muchos destinatarios en la militancia de Morena, especialmente para quienes  están en cargos de elección popular, para que no renieguen de la ciudadanía, por quienes llegaron al poder, y que incluso, les puede costar su puesto, de incurrir en esas escenas de hacer comentarios discriminatorios  contra algún grupo de la sociedad.

Suspender  temporalmente los derechos partidistas, es literal un regaño, porque seguirán siendo legisladoras y cobrando su sueldo, sin embargo, en este caso  no podrán reelegirse en la Cámara; estas “sanciones” deberán servir para sacudir al partido, hacer trabajo de formar auténtica militancia, comprometida con la ideología de la Presidenta Claudia Sheinbaum: “con el pueblo todo, sin el pueblo, nada”.

Ciertamente en Morena, a su composición llegaron figuras políticas de todos los partidos políticos, desde su concepción y luego, se incrustaron como funcionarios en sus gobiernos; su militancia aún no se ha consolidado, no hay convicción visible en variados cuadros que solo han mostrado apetitos políticos, proyectos personales, que  no es lo mismo a traer la camiseta bien puesta.

Ese es precisamente uno de los retos que tiene por delante el partido en el poder: evitar repetir la triste historia del Partido Revolucionario Institucional, que terminó con generaciones de políticos señalados por corrupción y, con el tiempo, rompiendo el compromiso social que alguna vez tuvo con el pueblo.

La estructura sólida de Morena, ciertamente, está en las colonias. No está en las oficinas gubernamentales, ni tampoco en los cargos de elección popular. Está en quienes han construido el partido desde abajo, en quienes han recorrido calles, comunidades y colonias, y en quienes han mantenido el vínculo con la gente más allá de los tiempos electorales.

Por eso, el siguiente paso para Morena no debería ser solamente ganar elecciones, sino definir con quién quiere seguir ganándolas. El partido requiere una revisión profunda de sus cuadros y de los perfiles que pretende llevar a los espacios de decisión. Una especie de cirugía política que permita separar la representación partidista de los intereses personales, familiares o de grupo.

Morena seguirá ganando elecciones; esa no parece ser la interrogante hoy. La pregunta es con quién y para qué.

Porque ganar un cargo no significa necesariamente representar al pueblo. El voto abre la puerta, pero el ejercicio del cargo demuestra si existe compromiso con quienes hicieron posible llegar hasta ahí.

Morena necesita generar nuevos liderazgos, con compromisos sociales y dejar atrás esos legados de quienes pasaron de un partido a otro, enviciados en el poder por el poder mismo, sin detenerse en los postulados, planes y programas que envuelven la oferta del Movimiento, en sus convicciones.

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