El camino de México a la democracia fue complicado, tedioso, en momentos prácticamente una misión imposible. Cuando el PAN llegó al poder apoyado por el PRI, una de sus primeras acciones en el gobierno fue zafarse de sus “padrinos” y acabar con los últimos vestigios del parque jurásico.
Pero la misma realidad que asfixió al priismo jurásico acabó por desmoronar cualquier esperanza de un retorno del panismo al poder, y de la mano de sus mismos aliados no aliados (o algo parecido a “enemigos íntimos”).
Vicente Fox, proveniente de las filas del empresariado mexicano, contaba con las suficientes credenciales para sostener cualquier tipo de relación, y aun con los excesos de su familia y de los financiadores de su campaña, su único dolor de cabeza fue el mismo de su sucesor, y del sucesor de su sucesor: nada más ni nada menos que Andrés Manuel López Obrador.
Pero aun así, la fuerza que ya concentraba AMLO y el dominio de un territorio tan complejo como lo es la Ciudad de México no le impidieron contender cuerpo a cuerpo con el aparato priista puesto a disposición del PAN, pese a sus reservas, para después apoyar el regreso del tricolor al poder.
Y después la culminación de sus desgracias políticas.
Durante la última etapa del foxismo y la primera del calderonato, la figura de los gobernadores fue equiparada a la de príncipes, y sus dominios, a la de principados.
Una alusión histórica a la Prusia y la Italia del siglo XIX, que tras periodos de agitación política culminaron su consolidación como Estado-nación, y un caldo de cultivo predilecto para la innovación política e incluso el surgimiento de un concepto tan socorrido por la academia como “realpolitik”.
Y en mayor o menor medida, intensidad e incluso violencia, el sometimiento de los “príncipes” y sus “principados” al poder, con la gloria de sus beneficios o la desgracia de su confrontación, además del uso de su fuerza abrumadora.
En el México de su era democrática, el desmoronamiento del partido hegemónico no se dio en la misma proporción en los estados y sobrevivieron bastiones del priismo que terminaron por doblegar en conjunto a los poderes panistas. Coahuila, Edomex, Veracruz, Yucatán, Campeche, Quintana Roo, Oaxaca, Chiapas, Puebla, Nuevo León, Tamaulipas, San Luis Potosí, entre otros tantos más, contribuyeron a someter al poder federal para lograr los propósitos tricolores, hasta la llegada del calderonato.
El poder sostenido en los estados sin pertenencia al federal tarde o temprano colapsaría, y la guerra en contra de la delincuencia organizada mostró el lado más débil de los príncipes y sus principados. Y también el más oscuro.
Rodaron cabezas (literalmente), surgieron carpetazos en masa, inició una cacería sistemática de quienes ostentaron todo el poder en sus dominios, con abusos y colusión con la delincuencia, pero al final sucumbieron al Estado y cedieron. El esplendor terminó en desgracias apiladas en montones.
Además de los cientos de miles de muertes y desapariciones sistemáticas a lo largo de todo el país. Sin contar los “daños colaterales” que tantas heridas dejaron entre la población.
Y al final sería AMLO quien capitalizaría el desánimo social provocado por los excesos de los príncipes en sus principados y los excesos del mismo Estado por diezmarlos, reducirlos a lo que son y deberían ser considerados desde un inicio: funcionarios públicos.
Si fue un golpe demoledor para el priismo la alternancia en bastiones clave, lo fue de la misma manera para un panismo desdibujado por sus constantes errores y fisuras internas.
La llegada de la 4T además logró capitalizar ese descontento y aglomerar el de quienes ya no gozaban de su tajada del presupuesto para contribuir a su causa, y funcionó, bajo el mismo modelo que provocó el colapso del país.
La creación de nuevos bastiones, sustentados desde Palacio Nacional, permitió que en municipios como Matamoros, Madero, después Victoria, Nuevo Laredo, la Zona Conurbada y prácticamente todo el estado se pintara de los colores morenistas, aunque la composición de sus cuadros en los poderes regionales carecía de cualquier cercanía a los principios del partido que los llevó al poder.
Pero nada es para siempre y las circunstancias cambian. Llegó Claudia Sheinbaum al poder y, aun si AMLO conserva la misma popularidad que lo llevó al poder en 2018, las reglas cambiaron, y lo anteriormente hecho volvió a su punto de partida.
Y los poderes regionales aumentaron su fuerza con el panorama padecido en la entrega-recepción de Cabeza de Vaca y del doctor Américo Villarreal.
Además de la cooptación que figuras obradoristas como el senador Adán Augusto López mantuvieron (y mantienen) en municipios como Reynosa.
Ese empoderamiento, por ejemplo, permitió que Maki permaneciera seis años en el poder y lo heredara por otros seis a su hijo, Carlos Peña.
Y la facilidad de confrontar a dos gobernadores sin consecuencias políticas.
Y que ahora sus aspiraciones sean auspiciadas por una de las figuras políticas ajenas al obradorismo más enemistadas con la presidenta: el gobernador de San Luis Potosí.
El trayecto entre el panismo y ahora Morena les ha permitido a los grupos de poder locales mantener autonomía por su necesidad en el momento de la operación política. Aun si muchos de sus recursos están relacionados con actividades ilícitas.
Tal como se han incrementado las presiones del gobierno estadounidense y de la misma Fiscalía General de la República.
A un sexenio de distancia, y al igual que sucedió en el país, los “príncipes” y sus “principados” no soportaron dos sexenios y comenzó su desgracia. Con los gobernadores priistas fue bajo el contexto del narcotráfico y la corrupción. En los poderes locales, los mismos y el tráfico de huachicol.
En un contexto de actos, actividades, festejos y festividades realizados bajo un evidente intento de confrontación al poder en turno.
Estatal y federal…
@pedroalfonso88




