Por Rigoberto Hernández Guevara
Establezco mi puesto de letras, como en otro tiempo he instalado mi puesto de antojitos. Por ordenes mías pongo en orden algunas ideas que desordenan otras. Tengo la tarea que nadie revisa. Mi barricada soporta todavía unas cuantas pedradas, el riesgo ahora es no saber cuántas.
Pensando así voy al salón de clases de una escuela sin sensura. La universidad de la calle. Supongo que saldré al recreo. Eso veo por la ventana grande de una biblioteca sin libros, de lectores sin dudas, de amorosos mensajes que me forman en la única fila.
Me dedico desde que recuerdo a caminar por las calles de Victoria. Cada paso que doy es un viaje a otro mundo. Atrás queda el recuerdo pegostioso y el olvido inmenso y grotesco de todo lo que aún me persigue.
Conectado al suelo conozco las huellas de los más viejos por su contundencia o su levedad. Calculo los años y el esfuerzo, las ganas y la condición social de cada uno de ellos. Sé por qué están esas piedras ahí y porque no las quitan. Conozco al que las puso.
Las calles me dan los recursos para seguir viviendo. Encuentro objetos, sonidos, espacios exclusivos de otros que veo de lejos, pero a la vez hay espacios pequeños y sin explorar que son de todos. Desde luego está el cielo que no alcanzo a ver en su totalidad con los ojos, está un puño de tierra y la tuerca de una hormiga.
Vivo para ello. Aparte para comer realizo trabajos que ciertas personas necesitan: soy yesero, hago chistes en un microbus, escribo lo que después otros leen y hago un reporte de que sucede en la ciudad producto de la movilidad de la gente.
Conectado al suelo conozco las huellas de los más viejos y por su contundencia o su levedad calculo los años y el esfuerzo, las ganas y la condición social de cada uno de ellos. Sé por qué están esas piedras ahí y porque no las quitan. Conozco a quien las puso.
Como una bola de heno el tiempo es una bolsa que rueda con el viento por la calle, ¿a donde irá con su incertidumbre, con el aire metido en los huesos
Todo, o casi todo lo que me rodea es ciencia. El hombre construye sobre el mundo, sobre las calles hace otra. La ciudad que se desliza bajo mis pies tiene un aire de no sé qué, que no termino de saber. Voy en el día en una motocicleta eléctrica. No veo la silueta del tiempo alejándose como el viento según mi vuelo.
Cuando oscurece, ese don de la naturaleza apaga mis ojos, luego un montón de estrellas artificiales los enciende. El parpadeo es un semáforo en un alto sin calles y voy celebrando sin prisa el transcurso de una noche sin luna, con su discurso de ausencia.
Con mi morral al hombro, con mis datos grabados en el cerebro y las cicatrices arqueológicas en el cuerpo, celebro el mes de septiembre, el día jueves muy temprano. Voy como el día hacia la tarde dormida en la montaña. Puedo descansar un rato en una plaza proletaria, dormir la mona cansado de nada.
Los árboles, abanicos inmensos, despachadores de aves, consumen el humo de mis narices y respiro el campo de batalla que ocupa mi nauraleza para continuar con vida. He sido el universo y la hormiga, la procedencia y el destino, el secreto a voces, las veces y las ocasiones perdidas, el libro dicho, y esta vez escribo.
Sobre la mesa donde se instala un diálogo digo una palabra. La palabra va y pega en un texto, el texto es leído por otra persona en voz alta, la persona que la escucha contesta, no sé lo que dije, lo he olvidado todo, se borró el cassette del sueño que tuve.
Tengo qué despertar pero no quiero, aunque en el fondo quiero. Tengo la seguridad de ya haber vivido esto de lo que un día estuve en contra, pero no traigo la misma ropa.
Soy mi extranjero sin documentos, me revelo a ese sujeto, veo el bote de nuevo, el viejo puesto que despacha el señor que me vio golpear con él accidentalmente a la señora. Quiero correr de nuevo pero no puedo. Ni despertar he podido ahora que quiero, mientras la calle se resbala de los exclusivos zapatos equivocados.
HASTA PRONTO




