En el proceso comicial anida la subcultura de la impugnación, por la falta de confianza y/o la pérdida de credibilidad hacia el Instituto Nacional Electoral (INE), los diez partidos políticos y los candidatos a diputados federales.
Ya se ha vuelto común escuchar en voz de los mismos jerarcas ideológicos que sus oponentes recurren a viejas prácticas para tratar de conculcar la voluntad ciudadana y así ganar la justa del próximo siete de junio.
Tan reiterado ha sido este vicio —el de la objeción—, que hasta en los procesos internos (de los membretes antagónicos al tricolor) hubo reclamos por el insano proceder de las cúpulas para imponer candidatos.
Aquí en Tamaulipas, el grueso del electorado aún no ha tenido trato directo con los abanderados que aspiran ocupar las curules en el Palacio Legislativo de San Lázaro —incluso a muchos de ellos ni siquiera los conocen—, pero ya existen denuncias públicas en el sentido de que se ha puesto en operación un cúmulo de mañas, trampas y métodos malsanos para ensuciar el proceso.
Vicio añejo
El fenómeno de la impugnación tiene historia.
Y por cierto está indisolublemente ligado al poder.
Baste recordar que durante décadas fueron las movilizaciones y demandas en contra del fraude electoral priista lo que propició que se adelantara la formación de órganos ciudadanos independientes (para organizar los procesos) y se reformara, una y otra vez, la legislación electoral, hasta ser creado el Código Federal de Procedimientos Electorales (Cofipe), que por cierto ya fue sustituido por una nueva ley.
Ahora bien, pese a las promesas de dar certidumbre a la ciudadanía con la imparcialidad de las autoridades electorales y el respeto al voto, aún persisten dudas entre el electorado.
Y más porque el señor de Los Pinos sigue metiendo mano en el proceso electoral a través de sus incondicionales que impuso en los organismos encargados de conducir y validar la justa: INE y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (también conocido como trife).
De ahí, entonces, que sea común oír todo tipo de declaraciones entre los adversarios políticos, hasta el grado de presumir que una vez más sería burlada la voluntad popular a través de las prácticas tradicionales.
¿Usted lo cree?
Amenaza de colapso
Aunque Enrique Peña Nieto se ha negado a reconocer que la economía nacional vive la peor crisis de su historia y que la reparación del daño no habrá de darse durante su régimen presidencial, hay analistas que sí saben del tema y a través de estudios objetivos sin ningún tinte partidista ni ideológico, se han encargarlo de advertirle que hable con la verdad.
Que no trate de tapar el sol con un dedo. Sobre todo cuando aduce que los cerca de 125 millones de mexicanos estamos en etapa de franca recuperación.
Incluso, hay quienes adelantan que si este año no se revierte la tendencia negativa, México caería en un colapso económico, por lo que tendrían que tomarse otras medidas para tratar de mantener el barco a flote, como serían a) una drástica devaluación de nuestra moneda, b) la venta de más empresas (todavía) propiedad del Estado y/o c) un nuevo y mayor endeudamiento externo.
De otra forma, advierten expertos que trabajan como investigadores en algunas de las instituciones más destacadas del país, la economía nacional continuará en picada y el actual régimen presidencial, como los últimos siete que lo antecedieron –Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo, Miguel de la Madrid Hurtado, Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo Ponce de León, Vicente Fox Quesada y Felipe Calderón Hinojosa—, estaría destinado al fracaso y no podría cumplir ninguno más de sus programas.
Como hasta ahora, cuando el sexenio actual le restan tres años con ocho meses de su gestión constitucional.
Gasto excesivo
La situación económica que padece México, es, ciertamente, en buena parte consecuencia de la crisis mundial, pero igual contribuyen al quebranto 1) el excesivo poder burocrático, 2) la inversión especulativa, 3) el gasto desorbitado de nuestros gobernantes y 4) el pillaje de algunos funcionarios públicos que en las últimas cuatro décadas han devaluado el peso en múltiples ocasiones —directamente o disfrazando el hecho con el deslizamiento de nuestra moneda frente a otras más fuertes, como el dólar y el euro—, convirtiendo el circulante en una divisa poco atractiva para el mercado mundial.
De ahí recobra capital importancia la sentencia del filósofo inglés Locke Acteon, que así reza: “Todo poder corrompe, pero el poder absoluto corrompe absolutamente”.
Y en efecto, aquí en México los programas económicos del Gobierno Federal han fracasado a pesar de tantos planes y estrategias sexenales; y han fracasado porque los servidores públicos han hecho con la riqueza nacional los que se les ha dado su regalada gana; porque han gastado ofensivas cantidades de dinero en los procesos electorales, en los viajes presidenciales, en su promoción mediática y hasta en el sostenimiento de empresas fantasmas o, en el mejor de los casos, improductivas.
Un claro ejemplo de esto es que nos dicen que el petróleo es nuestro, cuando el llamado oro negro solamente ha enriquecido a determinados funcionarios.
Y todo ese saqueo, obvio, lo han cubierto elevando impuestos, contratando deudas (interna y externa), fabricando dinero o de plano provocando inflación y devaluaciones.
Por eso la economía del país ha fracasado sexenio tras sexenio, aun cuando a ese deterioro también contribuya el hecho de que los burócratas tengan mucho poder y en sus manos el manejo presupuestal.
Tan sólo en las últimas ocho administraciones presidenciales –está incluida la actual–, se han producido diversos programas económicos, pero estos no han funcionado quizá por falta de continuidad o tal vez porque no ha existido voluntad para apostarle a un fortalecimiento sostenido y sustentable en la materia.
Culpables
del fenómeno
Luis Echeverría Álvarez fue quien le empezó a dar en la torre al milagro mexicano.
Antes de que el asumiera la jefatura del Poder Ejecutivo federal, nuestro país crecía a un ritmo del siete por ciento anual en promedio. Era la tasa de crecimiento más alta a nivel mundial. Ni Japón ni Corea ni nadie la tenían. Pero uno de sus principales errores fue el populismo. Querer resolver todos los problemas de un plumazo, por decreto y gastando cantidades fabulosas de dinero.
Otro de sus yerros fue creer que a través del gobierno, a través del control de la vida nacional, podrían resolverse los problemas. Y a lo único que nos condujo fue a la crisis sexenal adornada con escándalos de corrupción.
José López Portillo fue un gran ilusionista, un gran utópico.
Ése señor creyó que con exportaciones de petróleo iba a convertir a México en otra Arabia, pero en cuanto se desplomaron los precios del llamado oro negro el mentado “Perro llorón” (qepd) contrató una terrible deuda externa.
Es decir, le aumentó 40 mil millones de dólares, en seis años, a la entonces existente, dizque para aprovechar los auges del petróleo, pero se cayeron los precios y abajo se vino todo el teatro.
Entonces, su sexenio fue de pura fantasía.
Recordemos una de sus frases célebres, cuando dijo: “voy a defender el peso como perro”, terminando perdiendo hasta los colmillos, ya que provocó tres devaluaciones; en 1982 la fuga de capitales, la estatización de los bancos y la moratoria de la deuda externa, entre otros desmanes.
Miguel de la Madrid Hurtado tuvo un sexenio gris. Pecó de omisión. El señor nunca funcionó ni para bien ni para mal. Él, como Presidente Constitucional de México, no se movía. Dejaba que todo se fuera deteriorando.
Con De la Madrid México alcanzó la inflación más alta de su historia; el monto de deuda externa también más grave desde la existencia de nuestro país, y una de las recesiones más fuertes de la nación contemporánea.
Entonces, el pecado de Miguel de la Madrid podría circunscribirse simple y llanamente a la omisión en torno a los acontecimientos financieros del momento.
Carlos Salinas de Gortari fue otro gran ilusionista, parecido a José López Portillo.
Así me lo comento mi amigo Erick Guerrero Rosas durante una charla –en corto le comento que es él, Erick, uno de los analistas financieros más influyentes de México–, pues se podría decir que el mentado JoLoPo era demagogo de izquierda, mientras Salinas se mostró como demagogo de la derecha.
Salinas confió demasiado en el capital especulativo, la manipulación del mercado cambiario; en meterle mano negra y en mantenerlo barato artificialmente.
Y bueno, en cuanto se fugaron los capitales especulativos, se vino abajo toda la aparente bonanza.
Ernesto Zedillo Ponce de León inició su régimen heredando crisis económica. Pero tampoco hizo nada correcto para sortearla.
Quizá él siga echándole la culpa a la crisis financiera del sureste asiático, pero no fue así, porque si esa crisis nos hubiera pegado tres años atrás, nadie pudiera siquiera haberse imaginado lo que pudiera haber ocurrido.
Y quizás la crisis de ese momento habría sido de mayor magnitud.
Vicente Fox Quesada, por su parte, exhibió sumisión ante los excesos desorbitados de su segunda cónyuge, Martha María Sahagún Jiménez, quien gastó a manos llenas y permitió que su hijos –que no son hijos de Vicente–, se enriquecieran escandalosamente al amparo del Gobierno Federal.
Y por esa misma razón nada pudo hacer para controlar a sus colaboradores más cercanos que hacían cuanto les viniera en gana en materia económica-financiera, a grado tal de que la política en este rubro la dejó en manos de quienes le juraron lealtad y disciplina, pero su fracaso nos sigue pegando fuerte.
Con Felipe Calderón Hinojoza las cosas sí cambiaron, para mal, pues aparte de que su gobierno fue golpeado por la crisis económica global, no fue capaza de resarcir el daño en lo doméstico, aun cuando nos cobró impuestos más elevados.
Bajo el régimen de Enrique Peña Nieto, la mentada reforma fiscal ha deñado al grueso de los contribuyentes –aunque también a quienes aún no cotizan y evaden al fisco–, tanto como la caída en los precios del crudo, ya que el presupuesto del 2015 estuvo fincado en falsas ilusiones de un boom petrolero.
A ello obedece la recesión económica actual y, desde luego, la amenaza de una drástica devaluación.
En fin, esta es la triste situación que padece México en materia económica.
Y eso quiere decir que estamos al borde del colapso.
Subordinación
México, no obstante haber diversificado sus relaciones con las naciones del orbe a lo largo de su historia, sigue moviéndose en la órbita estadounidense.
Su condición de país subordinado propicia que los ‘americanos’ insistan en apropiarse de nuestros recursos naturales –léase el petróleo y gas–, merced a su voracidad, a la vez que incrementan su influencia sobre diversas áreas de la economía nacional.
No se puede negar que el mexicano es un pueblo dependiente de los vecinos del norte en tecnología, inversión y comercio.
De igual manera estamos subordinados en lo que respecta a las importaciones de nuestros productos primarios.
Esto demuestra que la balanza comercial es a favor, en mucho, de los gringos.
Y lo peor del caso es que ya exhibieron la tentación de querer intervenir en asuntos de política interna y exterior, con el pretexto de la defensa de sus intereses –sobre todo en lo que se refiere a la seguridad de sus compatriotas y de su territorio mismo–, arrogándose así la facultad de ser árbitros de la ‘democracia y la libertad’ en cualquier parte del mundo, o de patrullar con sus fuerzas armadas las zonas fronterizas más peligrosas de acá de este lado del río Bravo.
Es algo que no toleramos los mexicanos, pese a las evidentes diferencias que existen entre las fuerzas políticas que se mueven al interior del país.
Con todo y los tropiezos que tenemos y las evidentes carencias que impiden un justo desarrollo a nivel nacional –al mismo momento en que se perciben en riesgo la soberanía, la paz y la libertad–, las diferencias internas se atenúan y se antepone el interés superior de México.
Tampoco se puede soslayar el hecho de que en casa tenemos fuerzas retrógradas que trabajan denodadamente para entregar la plaza a intereses externos.
Afortunadamente son una minoría de apátridas que no han podido contaminar a la gran mayoría de los mexicanos.
Legado juarista
El 15 de julio de 1867, al entrar a la Ciudad de México tras la derrota y el fusilamiento de Fernando Maximiliano José María de Habsburgo (el segundo emperador que hubo en el país), Benito Juárez García emitió un manifiesto que consigna una de sus frases más célebres.
Refiere: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.
Acudo al suceso, porque la semana próxima se cumplirán 209 años de su natalicio y por saber que todavía existe injerencia del imperialismo yanqui en asuntos de otros países que no son competencia suya.
Soberanía burlada
El legado del también llamado Benemérito de las Américas, sin embargo, no es atendido cabalmente por países (como los Estados Unidos), con relación al nuestro, cuando menos.
Y es que en el contexto de la globalización y dada la cercanía de México con la Unión Americana, el respeto a nuestra soberanía pasa a ser un asunto sólo de derecho, porque en el hecho bien sabemos que los gringos no respetan a México como nación libre –aunque aquí persiste la legítima aspiración de sobresalir y dejar de ser otra nación del tercer mundo–, porque en la práctica ésta es burlada una y otra vez por el imperialismo yanqui, so pretexto de las múltiples y variadas relaciones establecidas de manera necesaria con sus vecinos dizque más cercanos y lejanos –según el punto de vista por el que se vea–, en aras de la conveniencia mutua.
Ahora es el clima de violencia e inseguridad lo que despierta el apetito intervencionista del Tío Sam.
También existen una serie de mecanismos e instituciones que se han consolidado en la era de la globalización y están al servicio de las naciones ricas: Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), por ejemplo.
Ambos organismos siguen marcándole al Gobierno Federal la pauta a seguir y son el brazo diplomático de la fuerza imperial.
La otra cara es la intervención abierta.
E-m@il:
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