En la recta final de su segunda administración, el presidente Obama está trazando las líneas de un nuevo estilo diplomático y hasta una nueva doctrina en las relaciones exteriores de los Estados Unidos, que podrían modificar sustancialmente prejuicios heredados de la Guerra Fría y conductas imperiales en los conflictos internacionales que se han generado desde entonces.
El restablecimiento de relaciones entre ese gobierno y Cuba y las negociaciones nucleares con Irán, forman parte de la “política del diálogo” que pretende la gestación de un paradigma menos agresivo y más equitativo hacia diversas naciones, consideradas hasta ahora como adversarias de los Estados Unidos, conduciendo así a la reducción de la intensa polarización que se vive en diversas regiones.
Las declaraciones recientes de dicho gobierno en el sentido que “no cree que Venezuela sea una amenaza para Estados Unidos, y que éstos no son tampoco una amenaza para el gobierno venezolano”, van en el mismo sentido. La respuesta del presidente Maduro facilita el camino, al expresar “estar listo para comenzar una nueva era de relaciones con el gobierno norteamericano, que tendrían que estar basadas en el respeto y la no intervención”.
A pesar de que ese diseño encontrará innumerables obstáculos internos para prosperar, no es menos cierto que las decisiones de Washington propenderán a definir, tanto la relación de fuerzas internas de cara a las próximas elecciones, como una nueva política exterior descargada de anacronismos, estereotipos y de la preminencia de la acción militar, orientada a la búsqueda de novedosas soluciones estratégicas.
En el caso de Irán, el lobby israelí ha anunciado que entorpecerá este acercamiento a través de los republicanos. A pesar de ello, al presidente le quedan todavía veinte meses en el cargo, durante los que podría avanzar sustantivamente si mantiene con firmeza sus decisiones. Puede contar para ello, con el apoyo de la Unión Europea y de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, con lo que dicha política podría fortalecerse y extenderse en un nuevo diálogo multilateral, capaz de recomponer el diálogo en el Oriente-Medio e incluso fortalecer su posición frente a Rusia y China.
En el caso de Cuba los demócratas no contarán con la mayoría de los activistas cubanos —encabezados ahora por Marc Rubio— en las elecciones de 2016, pero podrían incrementar sus clientelas entre las comunidades hispánicas si dan continuidad efectiva a las decisiones migratorias que las favorecen y si establecen como una prioridad política la atención a los problemas de los países latinoamericanos y un trato más igualitario con ellos.
No obstante los obstáculos que enfrentan las negociaciones emprendidas, es claro que podrían concretarse en un plazo largo y que abren una ventana de oportunidad a nivel global, para que naciones desarrolladas, emergentes y en desarrollo, converjan en una agenda común, capaz de destensar las relaciones políticas y replantear los términos inequitativos de las relaciones internacionales entre economías asimétricas.
Sorprende por ejemplo, el conformismo con que nuestra clase dirigente asume la inamovilidad del Tratado de Libre Comercio, del ASPAN y de otros arreglos convenidos con Norteamérica, a los que atribuye bondades inexistentes, cuando todas las evidencias señalan que la catástrofe mexicana tiene su origen inmediato en esos acuerdos que han causado graves daños en todos los reglones de la vida nacional y han agravado nuestra supeditación económica y estratégica.
No existe ningún otro pacto en el mundo, que disfrazado de tratado comercial, haya tenido tan hondas consecuencias económicas, políticas, sociales, migratorias y militares sobre uno de los signatarios. Es indiscutible la debilidad y el dogmatismo neoliberal con los que la parte mexicana permitió la exclusión de asuntos fundamentales, como el respeto a los derechos humanos, el trabajo, los salarios, el medio ambiente, la infraestructura fronteriza y la libre circulación de las personas, de la mano con el libre tránsito de bienes y servicios.
El TLCAN se deriva estrechamente del Consenso de Washington. Si de esa capital parte una política de innovación, es obvio que debía acometer con determinación nuestra relación bilateral. Sería absurdo que el gobierno norteamericano resolviera problemas complejos con sus antiguos adversarios y no saneara las relaciones con sus vecinos.




