En julio de 2010, horas después de ser electo gobernador de Tamaulipas, en pleno duelo, desconfiado, escéptico y con la obligación de ejercer el poder en medio del caos que dejó el asesinato de su hermano Rodolfo y la violencia galopante por todos los rincones del estado, Egidio Torre pedía entonces una oportunidad a los tamaulipecos: «Dénme un voto de confianza», nos dijo entonces en aquella primera entrevista que permitió a muchos conocer al hombre aficionado a la lectura, al buen cine, a la música de los Beatles.
Por necesidad política y por las circunstancias había tenido que dejar la frialdad de los números y de la planeación, para ocuparse de algo que no estaba en sus planes: Gobernar un Estado complejo en su momento más difícil.
Tamaulipas estaba herido, había enojo y confusión. El canibalismo político y el rostro siniestro del poder presidencial atizó discordias y alentó odios porque así convenía a sus intereses, todo esto sumado a la escalada de violencia que empezó meses antes de su arribo al poder y que ha ido menguando pero todavía no llega a su fin.
Movido sólo por su intuición, Egidio tuvo que emprender la tarea de reparar los daños y de mover la estructura del Estado con un equipo que a su entender podía sacar adelante el trabajo. Así transitó los primeros meses. Confiando en quien no debía confiar, asumiendo los errores y buscando todos los días restaurar la confianza de una sociedad sin esperanza. Buscando el cobijo del gobierno federal, entonces en manos del PAN, se sumó a la cruzada nacional contra la delincuencia iniciada por Felipe Calderón. En Tamaulipas no había nadie en quien confiar. Todos los mandos policiacos estaban contaminados por la corrupción y la delincuencia. Sin embargo, se dio cuenta de la hipocresía calderonista cuando desde Los Pinos quisieron sacarlo del poder a partir del escándalo de las narcofosas de San Fernando.
En el 2012 enfrentó el reto electoral con un saldo negativo: se perdió en Tamaulipas la elección presidencial, además de seis diputaciones y dos senadurías.
A partir de ese resultado se hizo creer que la Federación guardaba resabios con el gobierno de Egidio y los episodios adversos hasta el 2015 se siguen contando.
Hoy, a 5 años de distancia, Tamaulipas ya no es el mismo de entonces. Hay inseguridad, pero ya se puede salir a la calle y transitar por las carreteras, sobre todo los poderosos grupos delincuenciales de entonces, han sido pulverizados y son liquidados poco a poco.
Falta empleo y las inversiones no llegan como se quisiera, la economía, a paso muy lento, pero camina. Los grupos políticos poco a poco se han ido adaptando a las nuevas formas de hacer política. El priismo está resentido, pero han sido las reyertas entre grupos locales las que han motivado el enojo. Egidio ya no está nervioso ni es escéptico como en aquellos días negros y de desencanto.
En la mesa del salón naranja de casa de gobierno, donde bebe jugo y devora el machacado con huevo, Egidio escucha y habla relajado.
En su mirada asoma tranquilidad y en sus palabras proyecta seguridad. Hoy confiesa y admite que se cometieron errores, «porque no conocía al Estado».
Electoralmente siente que esta vez, hay mejores condiciones para que el PRI, su partido, tenga mejores resultados que hace tres años. «Es una elección muy competida. Hasta en el distrito VI, donde el PRI anda mejor, puede haber sorpresas», dice.
El aprendizaje, en todos los sentidos, ha sido extraordinario, asegura. Cinco años después Egidio conoce como pocos al Estado, a los actores políticos. A los personajes de los 43 municipios los llama por su nombre. Todos los problemas, grandes y pequeños los ha registrado en su memoria. Sorprende su sentido del humor. Domina los temas de la agenda nacional y se habla de tú con los hombres del poder nacional y con sus homólogos gobernadores.
De esta elección, le preocupa, por ejemplo, sacar buenos resultados, «para apoyar al presidente Peña Nieto que hoy necesita toda la ayuda de nosotros», agrega.
En este ejercicio de platicar con los medios, Egidio busca conocer la opinión que se tiene de su gobierno y de los eventos que ocurren en el Estado, pero abre las puertas para asomarnos a la transformación que ha tenido en su persona.
Egidio, a diferencia de otros ex gobernadores, que en la víspera de dejar el poder buscaban plataformas y alianzas para ascender en la política, aspira a tener la conciencia en paz y de haber hecho la tarea bien en Tamaulipas. Por lo que se ve, no busca seguir en la política, ni en la administración pública.
Llegó a gobernar Tamaulipas en medio de una tragedia familiar dolorosa. Le ha tocado gobernar el Estado en medio de las condiciones más críticas, jamás registradas por lo menos en los últimos 100 años.
Los hombres del poder, son juzgados por sus actos y sus acciones. Egidio lo sabe y como se le ve, se está preparando ya para recibir el juicio de la historia.
Si a partir de ahora vamos a ver a este Egidio incluyente, que tiende lazos y alianzas de comunicación con la gente y con todos los actores del Estado, su despedida a la vuelta del próximo año, seguramente será como lo sueñan todos los hombres que se preparan para dejar el poder: Tersa y sin sobresaltos.




