15 enero, 2026

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Galeano: identidad y filiación

Bitácora republicana

“Abril es el mes más cruel”, decía el poeta. Ahora se ha llevado a dos testigos incómodos de los fundamentalismos políticos y económicos del siglo XX que, desde la palabra y el sueño, gozaron de una indiscutible influencia moral gracias a su compromiso por alcanzar una sociedad más justa y darle voz a los oprimidos.

Eduardo Galeano y Günter Grass fueron hombres de izquierda militante, que denunciaron vejaciones históricas y marginaciones inaceptables. Grass nunca cesó de confrontar las políticas armamentistas de los países desarrollados, aunque no tuvieran enemigos; Galeano, por su parte, rescató el rostro de las víctimas de la desigualdad ancestral de América Latina.

Con la partida de Galeano, el mundo del periodismo en lengua española pierde a uno de sus exponentes más escuchados. Alejado a conciencia de la imparcialidad, buscó la verdad en los hechos y las palabras de la gente, criticó a los poderes establecidos y se inclinó siempre a favor de las “voces silenciadas” para despertar su esperanza. Sostenía que, en guaraní, palabra y alma se dicen de igual manera.

Reivindicar la historia latinoamericana desde la objetividad de los hechos distinguió su quehacer cotidiano, registrar los acontecimientos políticos y culturales que proporcionaran al mundo una visión de conjunto sobre la identidad de la Patria Grande, desde una mirada crítica y penetrante, fue una de sus obsesiones; desentrañar el universo contrastado de la “Terra nostra”.

Nunca soslayó la heterogeneidad de nuestro carácter pluriétnico y multicultural. En Memoria de Fuego insistió en la necesidad de reconocer nuestra heredada condición colonial: de conflicto, despojo y resistencia, como una base común, sin olvidar los rasgos identitarios nacionales surgidos del proceso de formación de los Estados. Analizó las genuinas diferencias y las solidaridades compartidas que contribuyen a distanciarnos de un modelo de globalización homogeneizadora promotora de la “uniformidad en nombre de la diversidad”. El implacable dogma neoliberal nos ha robado las palabras y ha colocado sobre nuestros antiguos dioses la idolatría del mercado.

Su filiación fue la América Latina profunda, con sus “venas abiertas”. Llegó a ser didáctico en su prédica sobre la integración cabal de nuestras naciones, la creación de una ciudadanía común y la formulación de una política exterior coordinada que defienda nuestros intereses. La biodiversidad y los recursos naturales que hacen de ésta una región estratégica, pero también sobreexplotada, se encuentra en el eje de las vías para la liberación.

Su permanente búsqueda de nuestras raíces lo llevó a los campos de la poesía, el dibujo, el periodismo, así como al significado del fútbol como factor identitario. Tenía presente aquella frase que los conosureños decían a los mesoamericanos: “vosotros descendéis de las pirámides, nosotros de los barcos”.

Su obra constituyó un parteaguas ideológico formador de la utopía de la izquierda latinoamericana, que ha sido fuente para el despertar de las conciencias y alimento para la indignación de varias generaciones. Combinó en el tiempo los arrebatos de la juventud con una madurez serena. Reconoció que en sus primeros escritos no poseía los suficientes conocimientos de economía ni de política. Tenía claro, sin embargo, que se había colocado a las mercancías por encima de las personas, confundido la calidad de la vida con la cantidad de las cosas y negado todo valor a lo que no tiene precio.

Ha dicho Stella Calloni que Las palabras andantes es un trabajo embarazado de magias, concebido para lo que se dice llegue a ocurrir. “Poca gracia tiene escribir lo que se vive. El desafío está en vivir lo que se escribe”.

Galeano nos brindó cimientos ideológicos que debiesen compartir las diversas variantes de la izquierda contemporánea de Latinoamérica. Aquella que se esfuerza en alcanzar la igualdad de oportunidades y la satisfacción de las necesidades elementales de todos como condición ineludible para la salud de las naciones. Más allá de las críticas, nos mostró —de acuerdo con la práctica uruguaya— que si bien la izquierda es una concepción del mundo, admite una diversidad de posiciones políticas en constante movimiento que promueven conjuntamente el cambio de la realidad social. La causa común es la derrota del capitalismo salvaje y el rechazo a cualquier forma de intervencionismo colonial o sometimiento cultural.

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