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1.- Desde el amanecer del mundo todo se mueve por los codiciosos buscadores de poder. Elevarse y trepar a la cumbre es una ambición tan universal, que casi no tiene sentido evaluar la moralidad de semejante destino. Hoy se cree en la ambición del poder, como en otros tiempos se creía en la salvación de las almas.
2.- La necesidad compulsiva de estar “en la cúspide”, los intentos torturados por enmascarar incluso las derrotas y los pequeños fracasos, presentándolos con el carmín de la victoria, son efectos de esa concepción triunfalista que exalta la vida con un rudo combate, en el cual el trabajo esforzado y la férrea voluntad de ganar lo explican todo.
3.-Desde esta perspectiva, toda la vida es un juego por conquistar el poder, los movimientos del juego son infinitos y complejos, pero por lo general implican la manipulación de personas y situaciones en beneficio propio. Los hombres buscan el poder, sabiendo que se puede utilizar para obtener dinero, sexo, seguridad y fama. Ninguna de estas metas constituye por sí sola el poder; pero con el poder se puede conseguir todas.
4.- Para algunas personas el poder significa respeto y amor, y lo buscan porque quieren sentirse respetadas y amadas. Las tentaciones que se encuentran en la montaña del poder son embriagadoras: cuando más se asciende, más fácil resulta adivinar lo que es mejor para los ciudadanos, sentirse responsable de ellos. Poder sobre la gente. ¡Qué embriaguez!. Es mejor que la droga, mejor que el alcohol, y no sólo mejor que el sexo, sino más fascinante y de mejor éxtasis.
5.- En consecuencia, resulta fácil comprender porqué los individuos necesitan poder, ya que sin él son simples engranajes de una máquina insensata. Sin poder, lo mismo pueden ser árboles que rocas, ostras o cualquier otra cosa; objetos incluso estimables a la vista de los hombres, pero sólo eso.
6.- Sin poder se carece de la capacidad para modificar el mundo, de controlar las propias vidas. Ante nosotros se abre el abismo sin fondo de vivir una vida controlada por otros; la humillación de la sumisión. El poder, como ya se ha dicho, es el más grande afrodisiaco de este mundo, y la ambición de poseerlo es un mal incurable que acompaña a hombres y mujeres toda la vida.
7.- Un sector de la clase pública no ha evolucionado hacia el rumbo de los nuevos tiempos, y persiste en esta censurable actitud de protestar los resultados electorales. Cuando los perdedores tengan la clase y la elegancia para reconocer sus derrotas y felicitar a los vencedores, nuestra política se habrá aproximado a las viejas y prestigiadas democracias del primer mundo.
8.- Se aproxima ya la fecha en que se celebrarán las elecciones para elegir a alcaldes y diputados locales, y habrá vencedores por méritos, por suerte y hasta por casualidad, y vencidos en toda línea que se negarán a reconocer su derrota. Los políticos que no hayan aprendido a perder, están perdidos. Y están perdidos porque los ciudadanos ya no creen en las protestas y escándalos de quienes no supieron convencerlos para otorgarles su voto y su confianza.
9.- Sería muy conveniente que políticos como Gustavo Cárdenas, Marco Antonio Bernal, Alejandro Guevara y el senador Cabeza de Vaca, aprendieran a perder y aceptaran con seriedad y elegancia sus derrotas.




