La melancolía tapiza estos días entre la lluvia y los dientes de leche del frío.
Envuelve a la ciudad una euforia efímera entre la mesa de regalos, las ventas nocturnas y los colores significativos de los pies de diciembre.
Una fotografía revela esa melancolía que baña a las gentes en los engañosos bullicios de la ciudad,
La última fotografía pienso que sólo Dios la toma en un click inesperado donde los bastidores de luz contribuyen a calcarla como silueta repetida. Hace un par de días, Aníbal Martínez, joven fotógrafo, dejó de existir. Una ausencia en estos días en que la melancolía se entremezcla con la desesperanza, a veces confundidas con estados depresivos porque el color de la existencia es opaco, velado por las cosas y el pequeño universo de problemas que nos rodean a todos.
Aníbal Martínez, que su adolescencia pasó por nuestro taller cuando lo teníamos en casa, era un joven inquieto que aprendió a ser irónico, que se enseñó a jugar con el lenguaje verbal y pictórico. “Échenme las luces y métele color…», aludiendo a la frase repetida por unos de los hermanos Zurita que también eran mis alumnos. La frase era un cotorreo sobre la mía. “Échenle las luces y métanle color…”, y que los muchachos y muchachas que acudían al taller por las tardes era motivo de festejo.
Aníbal Martínez nunca ocultó sus inquietudes, sus deseos de tragarse a la vida, de devorar las imágenes, al grado que se convirtió en una obsesión temprana. La fotografía fue ese puente entre sus inquietudes y la existencia. Existencia temprana y vigorosa en el periodismo gráfico.
Se armó de cámaras como hormiga de carga. Se convirtió en un buen fotógrafo de prensa. Siempre a la carrera, siempre sin detenerse como si lo siguiera la sombra de sus deseos y sueños.
Ayer que me enteré de su trágica muerte, no podía explicarme el cómo y el porqué de una vida tan joven cayera sesgada por la muerte. Dios fotografía por nosotros pecadores. Tal vez Dios tenga la última imagen revelada por su sabiduría divina, por la justicia. Hemos visto la última imagen, pero no sabemos dónde la reveló Dios. Porque un joven así no debió morir. Sólo Dios lo sabe.




