Salimos de un asombro y entramos a otro. Extraordinaria la tecnología que supera en mucho a las diosas griegas y egipcias. Mientras las antiguas deidades las masajeaban dos negros y dos negras, mientras recibían por sus efebos los perfumes más sofisticados.
En los egipcios grandes abanicos de pluma de ganso y pavorreal no dejan de oscilar ante el cuerpo inmortal de estas diosas de color de cobre que reposaban en sofás de piel, rodeadas de plantas exóticas y saboreando la fruta más lejana a los desiertos. Mientras el faraón se echaba sus frías y le pegaba a la coca bien fría también.
Los efebos hacían los suyo sobaqueando a la reina y otros de tanates abiertos les daban en la campanita. Los griegos, más modernos, desde sus alcobas que asomaban al mar, con el viento que les levantaba las tanguitas árabes a las griegas, que ya habían inventado el pollo a la griega, se agarraban a los andamios de sus mayates para sentir el aroma afrodisiaco del Olimpo.
Ahora, nuestros chicos y chicas y las madonas retosonas se someten a la más amplia cirugía nuclear. Y son convertidas en princesas, odaliscas, cachondas, eufóricas con el cuchillo lasser que les calca su piel, arremangando todo lo que sirve hasta dejarlas esponjadas, listas para el tercer aire.
Así nos encontramos con verdaderos adefesios distorsionados por el tiempo y convertidos de la noche a la mañana en bellezas por un día.
Sí, por un día, porque al siguiente se les caen las chiches y los cachetes. Los ojos vuelven a sus patas de gallo o gallina y las nalguitas que se veían retosonas como que decían adiós, de pronto se convierten en mochilas de niños de primaria.
Pocos y pocas se atreven a recibir la vejez con dignidad. Prefieren que les requinten la piel y les levanten el busto, colocándoles esponjas, algodones y hasta naranjas agrias como injerto de belleza.
En fin, caras vemos, cirujanos no sabemos. Oh, eterna vanidad es la belleza humana. Of course, un negocio redondo.




