Y es que a veces ponemos gorro, nos cargamos, nos dejamos caer, fastidiamos hasta poner gorro. Decir que estamos hasta el gorro, es decir, que estamos hasta la coronilla. En otras palabras decimos que «estamos hasta el gorro», para otros «hasta la madre», las palabras conjuntan un todo, la testa.
La cabeza sin duda el ardid de la sabiduría de las medidas del hombre. Por cabeza es una medida tan antigua como el hombre mismo. Los griegos la convirtieron como medida de todas las cosas. Para algunos, 7 cabezas y media, para otros 9 cabezas. La estacionario de las medidas se ha convertido en las formas aplicadas a todas las cosas. Cuerpo y medida a la medida.
El gorro es la cúspide en la testa. Estar hasta el gorro es estar hasta la chingada. Hasta el vacío, hacia lo intangible.
El gorro que pone los cobradores. El gorro de los niños, el gorro del jefe, el gorro de los que seducen a las mujeres, el gorro del acoso sexual, el gorro de estar cada rato chingando. El gorro de estambre, de piel, de mil maneras. La gorra tiene aleros para el sol y la lluvia, el gorro envuelve, cobija del frío.
Gorros que los que viene a tocar a la puerta para cualquier cosa. Gorro los que se dedican a repartir propaganda casa por casa, ventana por ventana. Ya me tiene hasta el gorro con sus pinches pegotes en las puertas y ventanas. Gorro que ponen en la propaganda en el parabrisas. Gorro, gorro y gorro los que reparten la propaganda de empeños y préstamos. Gorro de los que piden caridad en la calle Hidalgo y después se paran sin dificultad sonriendo y contando la lana a su casa.
El gorro se antoja en diciembre, el gorro contra el frío. Ya empiezan a poner gorro los comercios, las ofertas del Buen Fin. El gorro es total para un país de pobres que ya está hasta el gorro de promesas.
El gorro, el vistoso gorro de la vida. Pero a la gorra no hay quien le corra, dice el adagio, pero los que ponen gorro que vayan mucho a chiflar a su mauser.




