En la casa de al lado escucho que un hombre dice: “Toma chocolate, paga lo que debes. Ponle así a la cartulina”. Su voz animosa irrumpe esta mañana de niebla, frío y lluvia en Xalapa. El reloj marca casi las 11 de la mañana. Desde mi cuarto escucho un murmullo de voces que crece al pasar las manecillas del reloj. “Allá vienen. ¡Apúrate!”, comenta el vecino. En un instante, el sonido se convierte en un sonido claro. Mujeres y hombres adultos, viejos y jóvenes gritan y marchan. Los vecinos se unen a la manifestación. Ellas y ellos, todos, gritan que quieren a la Universidad Veracruzana (UV). La mayoría grita: “Renuncia Javier Duarte”.
Los manifestantes, organizados por facultades y carreras, avanzan a paso firme por la calle Manuel Gutiérrez Zamora. Esta es la segunda protesta de la comunidad universitaria. A la primera -el 26 de febrero- convocó un grupo de universitarios que se autodenominó “En defensa de la UV”. La de hoy es organizada por la rectoría. Por eso, la primera figura en el contingente es la rectora Sara Ladrón de Guevara. Es la primera vez que la autoridad educativa rompe los modales políticos y llama a la protesta pública frente al palacio de gobierno, para exigir el pago de 2 mil millones de pesos que le corresponden a la escuela.
Los estudiantes, docentes, trabajadores, egresados, jubilados de la UV y los ciudadanos llegan por grupos a la plaza Lerdo, también renombrada Regina Martínez en honor a la periodista veracruzana asesinada. Los más viejos evitan la niebla. Los jóvenes y adultos ocupan la plancha de la plaza. Los contingentes siguen llegando por Enríquez, Lucio, Leandro Valle y Manuel Ávila Camacho. Al frente, a un costado de la catedral, el templete se llena. A pesar de que no han arribado todos, el maestro de ceremonias anuncia el inicio del acto.
El equipo de sonido es insuficiente para la magnitud de la asistencia a la protesta. La primera en hablar es la consejera alumna de la Facultad de Arquitectura, Samantha Rodríguez Camacho. A nombre de los estudiantes pide al gobierno deposite los 2 mil millones de pesos, retire la iniciativa para reformar la Ley de Pensiones y modifique la propuesta de otorgar anualmente el 3 por ciento del presupuesto estatal a la UV a 5 por ciento. Cada una de las exigencias es celebrada con aplausos y gritos. “Sin universidad no existe ciudadanía”. Cierra su discurso con el lema universitario. Al unísono la plaza repite : Lis de Veracruz. Arte, Ciencia y Luz.
La niebla se amontona sobre la plaza. La directora de la Facultad de Ciencias Administrativas y Sociales (FCAS), Martha Patricia Domínguez Chenge, toma el micrófono. “Nuestra defensa es por la educación pública, el más grande bastión que se tiene para mejorar las condiciones de vida. En este día hacemos frente a la agresión financiera de la que estamos siendo objeto. Atentar contra la universidad pública no sólo debe leerse como resultados de una insensibilidad política”.El mensaje provoca a los asistentes. “Por la universidad todo. Contra nuestra universidad nadie”, enfatiza la académica y termina su participación.
El turno es para la rectora Sara Ladrón de Guevara. Con el discurso en la mano izquierda y la derecha empuñada comienza a leer, a saludar a las universidades que apoyan la lucha. De pronto, el mensaje toma forma de mantra. “Nos deben”, dice con firmeza la rectora y empieza a nombrar todos los atropellos que ha cometido la clase política veracruzana y mexicana.
“Nos deben el derecho a soñar.
Nos deben la esperanza de un mejor futuro.
Nos deben la confianza en las instituciones.
Nos deben una juventud sin miedos.
Nos deben a los desaparecidos.
Nos deben la paz de los violentados y la de sus familias.
Nos deben recursos que son obligaciones, porque no son de ellos, fueron otorgados por el pueblo.
Nos deben nuestros sueños de un mejor Veracruz, de un mejor México.”
Aunque la rectora no es una oradora excepcional, la arenga enciende el ánimo de los manifestantes. Desde los techos los fotógrafos retratan a los más de 10 mil asistentes desparramados en el corazón del centro. El ambiente se unifica. La lluvia cae y ahuyenta la niebla. Sin duda, aquí empieza la presión más fuerte contra Javier Duarte, pese a que los oradores, por miedo o respeto, no pronunciaron su nombre.
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