El columnista no es afecto a tratar asuntos personales, sin embargo en esta ocasión y como está relacionado con el oficio, debo hacerlo. Tratase del Premio Nacional otorgado por el Club de Periodistas de México A.C. a quien esto escribe, por trayectoria de más de cuarenta años y Género de Opinión en Prensa Regional, según consta en la medalla respectiva y el diploma avalado por el Honorable Jurado Calificador y firmado por Mario Méndez Acosta, Presidente Ejecutivo, Celeste Sáenz de Miera, Secretaria General y Patrono Presidenta de la fundación Antonio Sáenz de Miera, así como por Mouris Salloum George, Director General y Coordinador del Certamen Nacional e Internacional de Periodismo.
La entrega de dicho reconocimiento se realizó el miércoles anterior en el patio central del edificio que alberga al Club de Periodistas (conocido como “Templo de la Libertad”) en la calle de Filomeno Mata número 8 en el centro de la capital del país, lugar donde, sobra decirlo, se dieron cita los comunicadores de los medios más renombrados considerando que el evento es quizá el de mayor tradición y seriedad y se alarga por 65 años desde que fue instituido por Antonio Sáenz de Miera. En este año se recibieron 8 mil 602 propuestas y los premiados apenas rebasamos las tres docenas, la mayoría de los medios de la ciudad de México aunque también fueron reconocidos compañeros de Rusia, Colombia, Cuba y Panamá.
Fue una ceremonia entre iguales, fraterno y con alto sentido de respeto presidido por un mural efímero con los nombres de los cientos de compañeros asesinados o desaparecidos de 1983 a la fecha.
Dicese que esto fue motivo para que los más encumbrados funcionarios federales cancelaran su asistencia a última hora. Pero viera que ni falta hicieron porque nos la pasamos mejor sin el formalismo a que obliga “la institucionalidá” sin perder por supuesto, el glamur que rodea los acontecimientos de este tipo. Se trató más o menos de un desfile por la alfombra roja de la información donde el apapacho y la fraternidad hacia los premiados puso a prueba la tolerancia y el buen humor equivalente al renacimiento en el oficio.
De ese tamaño es el alimento espiritual recibido. Quién sabe qué vendrá después pero quien esto escribe bien podría bajar la cortina y sobrevivir del recuerdo y las imágenes congeladas de esos momentos únicos e inolvidables a los que escasísimos periodistas tienen acceso. Es como si el destino o la suerte quizá, hicieran realidad un sueño largamente acariciado. No es presunción pero de que es propio de privilegiados eso-que-ni-que. Honor aparte que se haya mencionado esta columna, a EXPRESO y conceptos del jurado calificador que cosa extraña, alentaron la vanidad del premiado (séase yo), que feliz de la vida se dejaba querer con la misma satisfacción del reportero que gana la nota principal y por ende la acreditación que le convierte en el héroe de la jornada. Este es un premio nacional respetado y otorgado a un periodista por otros periodistas lo cual lo hace doblemente digno al margen de diferencias y envidias que a ese nivel no tiene cabida.
VOCACIÓN Y APOSTOLADO
En mi novela “Erase un periodista” recuerdo a mi primer jefe de redacción, un hombre sombrío cuyas iniciales palabras fueron: “No olvides jamás tu categoría de periodista, acostúmbrate porque este oficio tiene mucho de apostolado, somos como el eslabón que hace falta para entender lo humano que podemos ser en una sociedad regida por la barbarie y controlada por la enajenación”. Y digo en
dicha obra: “ahora al final de la tarde estoy convencido de que sí valió la pena ser periodista”.
Eventos como el que nos ocupa justifican la decisión de que nuestra existencia transcurriera por el apasionante mundo de la información, sea dejarlo todo por obedecer el mandato de la vocación y el convencimiento de que el periodismo puede ser fundamental en la construcción de una sociedad en verdad democrática.
Durante su discurso de bienvenida Celeste Sáenz señaló que los periodistas “armados de vocación, pluma, ordenador y cámara actuamos como corresponsales de guerra no acreditados en guerras emergentes, provocadas por corporaciones y empresas delictivas que depredan a la población y a sus recursos estratégicos y cuando el periodista es la nota debido a la violencia es un fracaso oficial y abona un caldo de cultivo, que de no ser por la solidaridad gremial, ni siquiera pasaría de ser eso y nada más…una nota”.
SUCEDE QUE
Al día siguiente, frente a un sabroso café pregunté a Mario Méndez Acosta, líder de la agrupación el ¿por qué de mi premiación?, dijo: “no te puedo responder, nosotros solo obedecemos órdenes del jurado calificador cuyos integrantes llevan un seguimiento durante el año. A la dirigencia nos toca organizar la ceremonia y el convivio (que entre paréntesis estuvo de lujo), elaborar y entregar los diplomas y medallas, hacer las invitaciones respectivas, consentir a los premiados y aventarnos los discursos.
Este año te tocó…solo disfrútalo porque es tuyo, bien merecido y nadie puede evitar que se agregue a tu historia personal y profesional”…disculpen la modestia pero fueron palabras textuales.
Y hasta la próxima.




