Transcurría aproximadamente el año de 1996. Época de secundaria, salón 2-A para ser exactos. Clase de español. Pasábamos por la entonces tortuosa tarea de aprender un poema para ser recitado frente a todo el grupo, encargo que solo unos cuantos tenían la capacidad y la valentía de hacer correctamente.
Desde “Manos feas” de Rabindranath Tagore no me he aprendido un poema de memoria y en aquella época no era la excepción. Así sucedió para varios de mis amigos y compañeros.
El orden para recitar era alfabéticamente. Tocó el turno a Rolando González, quien convirtió “Nubes” de Caifanes en una poesía, dándole el tono preciso para que el hecho de que se trataba de una canción icónica del rock mexicano pasara desapercibido. Seguí yo (Guevara); evidentemente, como la gran mayoría no había aprendido un poema y decidí salir al paso de esta situación con otra melodía tornada verso. “El niño y la boda” de Los Tigres del Norte, fue la elegida.
No pude ni terminar la primera estrofa, cuando la maestra Coco Ipiña me interrumpió para decirme que eso no era un poema sino una canción “de cantina”, que pasara a mi lugar. En un afán de “no irme solo” hice ver a la maestra, en tono de broma, que también mi antecesor había hecho lo mismo pero que ella no se había dado cuenta. Al final, si la memoria no me falla, el hecho no pasó a mayores (con excepción de que esa “rajada” todavía me es recordada) e incluso a Rolando, a mi y a Rafa Laddaga (con su inolvidable poema corto “oigo pasos en el techo… es todo) nos fue mejor que aquellos que ni siquiera intentaron hacerlo.
A 20 años de aquel episodio, reflexiono que muchos adultos actúan y seguirán actuando de esa forma. Es decir, ante el error propio, lo mejor es echarle la culpa al de antes. “Yo lo estoy haciendo mal, pero el de antes estaba peor”.
La diferencia radica en que en la anécdota de adolescentes el único afectado iba a ser yo. Pero cuando esta actitud trasciende al ámbito público, el perjuicio se produce a un número indeterminado de ciudadanos. Las instituciones avanzan a paso de tortuga. Los beneficios simplemente no aterrizan.
Como estrategia electoral, el señalamiento del error del predecesor es casi infalible; como estrategia de gobierno llega a ser desesperante.
A ojo de buen cubero
¿Se habrá imaginado Mark Zuckerberg que el Whatsapp, tecnología que compró hace unos años, genera tantas viscicitudes de diversa índole, incluso política?
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