Con la lluvia vienen los antojos. Ganas de echarse un café libre, con canela o piloncillo, según anden los niveles de azúcar, pero cada quien como sea su glucosa gana.
Yo sí me voy sobres porque el bolillo tostadón me cae con madre con café negro. Por muchos años imperó en la buena mañana o tardeada el Café Kasero, que era el más cariñoso. La raza emancipada le pegaba al Café Margarita, un café local que parecía de maguacata. Este Café Margarita lo anunciaba en la radio XEBJ, Asunción Carrizales, «La Alondra Tamaulipeca». Y cantaba así:
«Margarita es mi café, turura. Tiene aroma de los dos solo Margarita da sabor».
El cafeteo tarderil es de lo más agradable con esta lluvia, pero los amigos y amigas que solían invitarnos un café ya se elevaron al cielo y otros ya pintan demasiadas canas, y otros están para el arrastre económico.
Pero todavía tenemos amigos de café que piensan y siguen soñando. El café es el elixir del pensamiento. Me gusta el café hasta las cachas, y cuando viajo pregunto dónde está el mejor café. En México el Café Habana y el Antiguo París.
El café mejor en Tamaulipas es el café Degas de Tampico, con el sabor costeñito.
Pero hay cafés magníficos en Reynosa y Matamoros. Un buen café es a labios, entrelabios de poesía. Porque el café de amor, de querencia se lee en los ojos de las mujeres.




