Uno pasa por lo que fue el barrio del «Pitayal» y sabe que poco queda de él. Claro, queda la nostalgia de los días aquellos, que al parecer poco importan a las nuevas construcciones que cubren la geografía del barrio, a las cadenas Oxxo o a quienes abrieron ahí negocios o almacenes principalmente por la calle 21. Y además, por qué debería importarles si ahora es una zona de progreso.
Pero la ruta importante de aquel barrio fue la calle 20 que viniendo de muy lejos, era el mismo camino que llegaba de «Santa Engracia «y sus puntos intermedios, pasando por el ejido «La libertad» de donde eran sus principales usuarios. Te podías ir a pata o en bici. O en tren, de mosca.
El barrio que comprendía una tira larga de manzanas de sur a norte desde la calle Coahuila hasta el centro, prácticamente, por las calles 19, 20 y 21, fue por muchos años el paso obligatorio de jornaleros, vendedores de leña, naranjas y calabazas, en carretones tirados por bueyes. De esto no hace mucho todavía, hasta los años setentas.
Fue casi obligatorio que se le bautizara como el «pitayal» por la gran cantidad de cactus de pitayas que circulaban los terrenos y el mismo margen del camino. Fue un barrio bravo. Tal vez influenciado por el escenario que podía presentar la gran cantidad de giros mixtos, como se les llamaba a las cantinas donde se permitía que trabajaran mujeres.
O tal vez porque era un barrio pobre y en aquel entonces los barrios pobres de la ciudad como las colonias Nacozari, la Obrera, la Sosa, la Mainero, entre otras, eran barrios bravos. Hasta podía ser natural que ahí fundaran un establo donde se entrenara box, que alguien da ahí trajera las llaves de la plaza de toros para ver de a gratis las funciones de box.
Por lo mismo también hubo leyendas de criminales que causaron expectación en la nota roja capitalina. Roberto Turrubiates Torres alias «El mariguano», quien luego de apuñalar a un estudiante de la escuela secudaria para trabajadores se dio a la fuga y fue la presión estudiantil que hizo que lo buscaran y lo trajeran en avión desde los Estados Unidos. Aquella fue nota destacada para la pequeña ciudad.
En un terreno baldío del 19 Olivia Ramírez tenía su cueva de palos un hombre. Su actitud recordaba a los personajes de San Petersburgo en tiempo de Dostoyevski. Vivía solo y decían que estaba loco. Ahora sé que sólo estaba solo. Le decían «Patachín» y a cada paso escupía el suelo.
Eran comunes las sirenas de las patrullas de los «cuicos» circular bien recio por esas calles. El correrío de mujeres metiendo a sus hombres, amparando a esos nobles clientes. Por lo mismo los pleitos y agarrones de cabellos entre mujeres eran cuestión de que oscureciera.
Entre los vecindarios vivían ellas, y cualquier niño que se asomara a esa edad podía verles los calzones con cierta holgura, con relativa facilidad, sin que se enojaran.
Voy en una bici. Es de color azul y tiene llantas delgadas. Una llanta va baja, parece que se ponchó en la grava de la calle Alejandro Prieto, ahorita que venía de bajada. Cuento esta historia, veo la tienda de doña Amelia Benavides en el 19 Olivia Ramírez, la panadería «Fuentes», en la voz de su cantante «Chero»Fuentes, por el 19 Anaya, cerca del estadio, y si doy vuelta está el casino «Rancho bonito», donde matan gratis. Bajo rápido y antes de llegar a Cristo Rey, está la tienda de Doña Pura. No voy muy lejos, apenas tengo diez años. Y ya terminé este viaje.
HASTA PRONTO.




