Perdón por ser pobres. Perdón porque te tengo a dieta, porque sé que no has comido y no sé por qué presiento que tú quisieras ser como otras señoras que ya comieron pero también almorzaron y compraron chocolates y se levantaron tarde y andan en carro. Perdón por traerte a pata por la calle a rastras circulando.
Perdón por tenerte pobre con la soga en el cuello. Siempre con la lumbre en los aparejos, en la cuerda floja silbando en la loma, con un pie en el agua sin agua, en una cubeta imaginaria. Sin boleto de entrada, en el grito, sin saliva, sin una piedra, armada y desarmada, perdón por tenerte entre los dientes.
Perdón pero también gracias por la lluvia que llueve para todos ese homenaje del agua y del viento.
Perdón por tenerte cerca como una planta en el otoño casi en la puerta como en otro planeta, en la solera de mi brazo que te abraza, porque te traigo caminando. Perdón porque te traje. Porque aún te traigo de la mano. Perdón si viéndote los ojos de repente todavía te amo ciudad que eres. Puerto que eres océano, laguna, estero de un patio donde juegan los niños. Gracias por el sol desde tus ojos bonitos.
Perdón por los pasillos que no hice para que pasaras las noches oscuras, perdón porque te quedaste bajo un foco de 40 watts con una manzana sola junto a la mesa como en una trampa. Perdón por los castillos, por las fichas blancas, por los naipes, por las primeras palabras que no olvido, por las lecturas sin luna. Perdón por los tendederos en la lluvia atrás de las persianas de noviembre.
Perdón por mí perro faldero que recorre las cortinas del pasillo, que esconde los zapatos, perdón por las croquetas en el suelo, por el piso parejo de estar solos. Por las maquetas del silencio como una radio de onda corta, auspiciada por un jabón para lavar la ropa.
Perdón por la ciudad donde vivimos, por la orilla de la piel en la piedra de una calle profunda y oscura. Con la voz muda de fantasmas pobres que ya no asustan, que recorren el mundo y se confunden entre la gente. La gente que existe y no existe, la gente que amanece y la que no amanece.
En cada segundo que no estuve, cuando mi respiración no te ha respirado, mundo, te debo la fuerza que estuvo dormida, te debo el tiempo, lo que ahora sé y que debo decirte. Perdónanos el ser pobres, el tener comezón en la garganta, la piel seca, la hinchazón, la bocota, la carcajada, la esquina rota, la palabrota.
Perdón por ser pobres todo el tiempo sin tregua. Pero te agradezco el saldo en el celular en las redes triviales entre las tribus fantásticas, fragmentos lúcidos o estrafalarios. Demasiado saludos y abrazos para ser gratis. Demasiados sueños cumplidos para que se hagan ciertos una vez dichos. Demasiado ciertos.
Perdón porque somos pobres y así salimos a la calle. Ahí hay quien se fija y con cuidado se hacen a un lado cuando pasamos. En cambio yo te veo elegante. Marchas erguida al frente de este contingente compuesto por los dos y todo lo que hemos sido en todos estos años. Eso no me lo perdones.
El haber hecho de los dos este gran barco que naufraga y que gracias a que naufraga no se hunde y que gracias a que no se hunde sobrevive- aunque no hayas comido – eso tampoco me lo perdones, aunque me esté muriendo
o me haga el payaso.
Perdón por ser tu hijo, tu calle, tu bache, tu niño de brazos, tu bueno para nada, tu parque zoológico, tu agente de tránsito, tú borracho, tus enzimas, tu pájaro, tus Correcaminos, el murciélago diurno, tú hijo del sol y de la luna, tu esquina, tu cancha callejera, tu éxito y tu fracaso, tu piedra, tu poeta pobre y millonario.
HASTA PRONTO.




