13 enero, 2026

13 enero, 2026

Tampico: 200 años después

CATALEJOS / MIGUEL DOMÍNGUEZ FLORES

La fundación del Tampico actual que hoy celebrará el bicentenario de su fundación obedeció sobre todo a un proyecto comercial: instalar en la margen norte del Pánuco una aduana.
Los pobladores de Altamira competían por la carga marítima con el lado veracruzano donde todavía se asienta Pueblo Viejo, y donde alguna vez -casi tres siglos antes- se había fundado la Villa de San Luis de Tampico, junto a un poblado indígena del que se habría tomado el topónimo tenek que, ahora sabemos, significa Lugar de Perros.
A los altamirenses se les concedió la autorización para poblar el paraje tamaulipeco del Pánuco y poco después se les cumplió su objetivo principal: contar con una aduana que por su situación geográfica, reemplazó rápidamente a la del norte de Veracruz.
A partir de entonces se signó el irrenunciable carácter comercial, portuario e industrial del sur de Tamaulipas.
Varios siglos antes, estos rincones del país habían sido azolados por los piratas que mantenían bajo asedio toda la costa del Golfo de México.
Y varias décadas después, el descubrimiento de importantes yacimientos petroleros desataron la fiebre del oro negro que puso a otra vez a Tampico en el mapa internacional.
El boom terminó por convertir a la ciudad en una urbe cosmopolita de la que aún hoy quedan reminiscencias en sus costumbres, su gastronomía, y hasta en la forma de hablar de sus habitantes.
Pero el auge petrolero también exacerbó desigualdades que, a decir verdad no han terminado por superarse en ninguna parte del país.
Eso sí, ante los abusos de los magnates industriales extranjeros surgió como respuesta un sólido movimiento obrero del que Tampico también es pionero nacional, con históricos estallidos huelguistas y la irrupción de un sentimiento nacionalista que fue combustible para que años después ocurriera la expropiación petrolera.
Al paso de las décadas, el puerto se nutrió de oleadas migratorias que trajeron consigo palabras, ideas, sabores, al fin otras formas de ver el mundo.
Como el exilio español encabezado por figuras como Cecilia Sanz de Ridaura o Esteban Garriga Pla.
O mucho antes, los cientos de migrantes europeos, asiáticos y libaneses que adoptaron al puerto como su nuevo hogar.
Conmemoraciones como la de este Bicentenario lejos deberían estar de la tentación de idealizar el pasado y el presente de una ciudad.
Tampico, como cualquier comunidad, tiene sus pasajes oscuros, momentos aciagos y rasgos que deberían invitar a la reflexión.
Acaso el trecho más traumático de su historia reciente haya ocurrido hace algunos años cuando una ola de violencia obligó a miles de personas a huir de la ciudad, y a muchos otros los convirtió en víctimas directas o colaterales de una guerra sin precedentes.
Esas heridas no han sanado y nadie debería intentar ignorarlas. Que sirvan mejor como una excusa para ejercitar la memoria colectiva de una ciudad que, a pesar de todo, ha aprendido a sobreponerse a las dificultades, causadas lo mismo por la naturaleza que por las malas decisiones o las omisiones de sus gobernantes.
Que sirvan para entender cómo aquel proyecto comercial fundado hace 200 años llegó a ser esta ciudad de la que -por la razón que cada quien elija- nos sentimos orgullosos los que crecimos en sus calles, cobijados por su sol, sus ríos y sus lagunas.

POR MIGUEL DOMÍNGUEZ FLORES

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