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Expreso-La Razón
Entre México y Estados Unidos el negocio de los cárteles opera como una cadena de valor completa, produce, compra insumos, mueve mercancía, cobra rentas. impone reglas y transforma violencia en flujo de caja, reducirlo solo a droga distorsiona el problema central y oculta la lógica económica que lo sostiene.
Detrás de esa estructura se despliega una economía criminal apoyada en múltiples actividades que se retroalimentan, y en un sistema de distribución y lavado que en territorio estadounidense persigue un objetivo claro, que el dinero deje de oler a delito y circule como capital legítimo dentro del mercado formal.
El quiebre real ocurre en la frontera entendida como infraestructura, puentes, carreteras, aduanas, patios fiscales, empresas de transporte y un volumen de comercio legal, capaz de ocultar lo ilegal como ruido estadístico permanente.
Así lo ha reconocido la autoridad estadounidense al informar al Congreso que cerca del noventa por ciento de los aseguramientos de fentanilo se realizan en puertos de entrada, y que suelen ir ocultos en carga legítima o en vehículos de pasajeros, un dato que redefine la lógica del cruce.
Ese reconocimiento explica la preferencia criminal por la garita, el cruce es más caro pero ofrece regularidad menor incertidumbre y mayor eficiencia operativa, cualidades clave para un negocio que depende de constancia y repetición más que de golpes espectaculares.
La sustancia que más ha reconfigurado el tablero es el fentanilo porque su rentabilidad depende menos del volumen y más de la potencia, una red puede mover menos kilos y generar mayores márgenes con menor exposición logística y menor riesgo de pérdida total.
Ese giro desplazó el centro del negocio hacia esquemas de alta rotación, cargamentos pequeños repetidos, reclutamiento de conductores con perfil ordinario, uso de autos particulares y escondites mínimos, una ingeniería pensada para no llamar la atención.
Lejos quedaron las caravanas enormes y los cargamentos únicos, el modelo dominante es un goteo industrial constante que reduce pérdidas, diluye riesgos y mantiene flujo continuo, aun frente a decomisos parciales o capturas aisladas.
En territorio mexicano la producción ya no se limita a sembrar o cosechar, en drogas sintéticas el núcleo está en la adquisición de precursores químicos y en la capacidad de ensamblaje clandestino a gran escala con procesos estandarizados.
La DEA ha documentado que organizaciones con base en México recurren cada vez más a sistemas financieros paralelos y a esquemas de banca subterránea, con base en China, para mover valor y resolver pagos de insumos sin tocar la banca tradicional.
Ese señalamiento resulta clave porque une dos ámbitos antes analizados por separado, el laboratorio y la contabilidad, el químico y el financiero, mostrando que el negocio es tan administrativo como violento.
Los ingresos criminales se sostienen en un portafolio amplio que incluye tráfico de drogas extorsión, secuestro, trata de personas, tráfico de migrantes, robo y contrabando de combustibles, tráfico de armas y lavado de dinero como eje integrador.
Cada actividad cumple una función específica, algunas generan efectivo inmediato otras aseguran control territorial, otras compran lealtades, y el lavado convierte el botín en patrimonio resistente al tiempo y a los cambios políticos.
Entre todas ellas la extorsión destaca por su estabilidad, no depende del mercado estadounidense ni del precio de una sustancia sino del miedo y del control permanente sobre comunidades y sectores productivos completos.
En zonas bajo dominio criminal la cuota funciona como impuesto privado, se cobra a comercios, transporte, construcción, bares, mercados y negocios medianos que buscan operar sin incendios ni amenazas constantes.
Además la extorsión cumple un papel de inteligencia, quien paga queda registrado quien no paga queda marcado, y con ello se traza un mapa de poder económico local útil para otras actividades delictivas.
Como complemento el secuestro y la trata aportan ingresos y disciplina, generan rescates, explotación laboral o sexual, y refuerzan el control social mediante el terror selectivo y ejemplarizante.
Cuando estas prácticas se cruzan con la migración el negocio se multiplica, se cobra por mover, por liberar y por no golpear, creando una cadena de pagos forzados que se extiende a ambos lados de la frontera.
Ese esquema explica por qué el tráfico de migrantes evolucionó hacia una industria criminal con reglas, tarifas, castigos y jerarquías, muy lejos de improvisaciones aisladas.
El traslado de personas también produce capital político en regiones fronterizas, desordena ciudades, presiona autoridades y abre márgenes para corrupción administrativa y complicidad institucional.
Quienes controlan las rutas fijan puntos de cruce, casas de seguridad, guías transporte y tarifas por persona y por tramo, asegurando exclusividad territorial y eliminando competencia.
En ese contexto la violencia no es un accidente sino un mecanismo de cumplimiento contractual que garantiza pagos y disciplina interna dentro del mercado criminal.
El robo de combustible dejó de ser solo toma clandestina para convertirse en contrabando sofisticado con facturación logística y redes empresariales que aprovechan vacíos regulatorios.
Autoridades estadounidenses han descrito redes que generan cientos de millones de dólares al combinar tráfico de fentanilo, robo de combustible y contrabando de crudo robado desde México.
Cuando un comunicado oficial habla de cientos de millones confirma que el combustible es ya un segundo pulmón financiero del crimen organizado y una vía paralela de lavado.
El tráfico de armas funciona como soporte operativo, sin armas no hay control territorial y sin control no hay cobro de piso ni protección de rutas ni disciplina interna.
Por esa razón el flujo inverso desde Estados Unidos resulta estratégico aunque no sea la principal fuente de ingresos directos para las organizaciones.
En este engranaje Tamaulipas aparece como pieza articuladora, no solo por ubicación sino por función como corredor frontera zona de cobro y punto de decisión logística.
Ahí el valor no está solo en pasar mercancía sino en administrar tránsito, controlar patios de tráileres, vigilar carreteras, imponer cuotas y garantizar acceso a puentes de alto volumen comercial.
La plaza se mide menos por territorio físico que por aduanas informales y capacidad de cobrar sin ser desplazado por rivales o por la autoridad.
El cruce hacia Estados Unidos se realiza por varias vías aunque el patrón dominante para fentanilo y metanfetamina es el puerto de entrada.
Optar por la garita permite entregas constantes y reduce incertidumbre logística frente a rutas clandestinas más volátiles y costosas.
CBP ha reiterado que la mayor parte del fentanilo incautado se detecta en puertos de entrada oculto en vehículos de pasajeros o carga legítima.
Ese entorno favorece la subcontratación de conductores y el uso de cargas pequeñas de alto valor fácilmente reemplazables.
Una vez superada la frontera el negocio entra en su fase decisiva, la recepción y distribución mayorista dentro de Estados Unidos.
Ahí se separan funciones para proteger a los niveles altos, el conductor no es almacenista, ni mayorista, ni menudista, y rara vez conoce toda la cadena.
Esa división reduce riesgos y da forma a un modelo de franquicia criminal adaptable a distintos mercados y ciudades.
La recepción ocurre en casas de seguridad, bodegas o puntos de entrega rápidos donde se verifica peso pureza y se reempaca antes de redistribuir.
Fragmentar la mercancía es técnica de supervivencia, si cae un cargamento no se pierde toda la inversión ni se rompe el flujo.
En drogas sintéticas se añade la conversión a formatos de mercado como pastillas falsas con marcas reconocibles para el consumidor.
Los grandes distribuidores operan como logística comercial con camiones vehículos privados, paquetería y rutas interestatales bien definidas.
En ese tramo se construye el verdadero flujo de caja y se multiplican los márgenes conforme la droga se acerca al consumidor final.
Aunque la venta genera efectivo el objetivo nunca es conservarlo así por mucho tiempo, el efectivo es riesgo no patrimonio.
FinCEN documentó que en 2024 se identificaron mil doscientos cuarenta y seis reportes vinculados a fentanilo por alrededor de mil cuatrocientos millones de dólares.
Ese registro confirma que el dinero ilícito toca el sistema financiero regulado aunque solo una fracción sea visible para la autoridad.
El lavado se ejecuta en capas, recolección, inserción, dispersión y consolidación en activos, bienes raíces, comercio o inversión.
Redes chinas de lavado permiten compensar valores sin mover físicamente el dinero a través de la frontera, sustituyendo el viejo maletín por contabilidad.
La fiscalización estadounidense combina reportes, investigaciones financieras, y sanciones administrativas que elevan el costo de operar pero no eliminan el mercado.
En 2025 la DEA reportó más de mil doscientos arrestos contra redes ligadas a organizaciones mexicanas, golpes amplios no definitivos.
Las cifras reflejan impactos a estructuras completas pero no la desaparición del negocio que se adapta y se recompone.
El dinero busca tres fines, continuidad operativa, patrimonio duradero e influencia social o política.
Normalizar el capital ilícito es el verdadero destino del negocio criminal transnacional.
Cuando el dinero se vuelve indistinguible el cártel desaparece a la vista pública aunque conserve poder real.
México aporta producción y control territorial, Estados Unidos mercado y sistema financiero, ambos lados sostienen el circuito pero el negocio no termina con la venta de droga termina cuando el dinero ya no puede distinguirse del resto del dinero.




