30 enero, 2026

30 enero, 2026

¿Supervivencia o felicidad?

RAZONES / MARTHA IRENE HERRERA

Resulta una ironía biológica: nuestro cerebro no fue diseñado para hacernos felices, sino para mantenernos vivos. Su prioridad nunca fue el bienestar, sino la supervivencia.
En términos evolutivos, era mucho más rentable para nuestros ancestros recordar dónde se escondía un depredador que dónde crecía la flor más bella de la pradera. Ese sesgo, útil en otro tiempo, sigue operando silenciosamente en nosotros.
Por eso hoy un solo comentario ácido en redes sociales o una crítica en el trabajo puede arruinarnos la jornada completa, mientras los diez elogios previos se diluyen en el olvido como si nunca hubieran existido.
Esta inclinación natural hacia lo negativo nos lleva a preguntarnos si estamos condenados a la queja o si se trata de un aprendizaje adquirido con los años.
La ciencia sugiere un punto intermedio: nacemos con una predisposición genética hacia cierto rango de satisfacción, pero es el entorno el que termina de modelar nuestra manera de interpretar la realidad.
No es casual la frase que afirma que las palabras convencen, pero el ejemplo arrastra. Si crecimos en ambientes donde la sospecha, el reclamo o el pesimismo eran moneda corriente, es probable que hayamos aprendido a mirar la vida con desconfianza.
En ese aprendizaje también solemos confundir conceptos, sobre todo cuando hablamos de personalidad. Con frecuencia se dice que quien “estalla” ante la mínima provocación tiene un carácter fuerte.
Nada más alejado de la verdad. Reaccionar con agresividad o perder el control no es una señal de fortaleza, sino de fragilidad interna: un bajo umbral de frustración y una escasa capacidad para regular los propios impulsos.
La verdadera fortaleza de carácter no se mide por el volumen de los gritos, sino por la capacidad de sostener la templanza cuando el entorno se vuelve incómodo o caótico.
Quien se enoja con facilidad se vuelve rehén de su reactividad; mientras que la persona emocionalmente fuerte desarrolla una especie de musculatura interna que le permite procesar la incomodidad sin convertirla en conflicto.
Para contrarrestar esa tendencia automática hacia lo negativo, la psicología positiva propone una herramienta sencilla pero poderosa: el savoring, o saboreo.
Si el cerebro se aferra al dolor por instinto, nosotros debemos aprender a aferrarnos al placer por decisión. Saborear implica prolongar conscientemente las experiencias positivas para que no pasen de largo sin dejar huella.
Este ejercicio ocurre en tres tiempos: la anticipación de algo bueno por venir; el disfrute pleno del presente; y la rememoración, que permite traer al hoy un recuerdo valioso capaz de reactivar la sensación de bienestar.
Reentrenar la atención es, quizá, uno de los actos de rebeldía más profundos que podemos ejercer contra nuestra propia biología. No se trata de negar los problemas ni de fingir optimismo, sino de decidir que lo negativo no será lo único que defina nuestra experiencia.
La felicidad deja entonces de ser un destino lejano y se convierte en una habilidad cotidiana: la valentía de saborear lo que ya somos y lo que ya tenemos.

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