15 febrero, 2026

15 febrero, 2026

El dilema de Prometeo

El mundo de nunca jamás/ Pedro Alfonso García Rodríguez

Uno de los grandes pilares de cualquier civilización es su capacidad de dominio o asimilación del caos. A lo largo de la historia, la capacidad humana por lograr la estabilidad ante las inclemencias de la naturaleza y de la condición humana forjaron, de inicio, comunidades que después evolucionaron a lo que actualmente conocemos como sociedad.

En las civilizaciones antiguas, principalmente las politeístas, su representación se daba mediante deidades que les enseñaron cómo sobrevivir y así erigir grandes ciudades e imperios.
Prometeo, Quetzalcóatl, Odín, Enki y Osiris son algunos de los ejemplos de quienes los llevaron de una condición primitiva a un orden cultural.

Y es, de cierta forma, la respuesta a la gran interrogante de toda la humanidad: ¿de dónde venimos? En estos tiempos turbulentos pareciera que se añade una que va cobrando mayor importancia: ¿hacia dónde vamos?

El colapso de los modelos de gobierno en prácticamente todo el mundo, o las constantes alteraciones que se dan en gran parte de los países, se debe principalmente a la incertidumbre que despierta el evidente cambio de modelo.

El salto gigantesco que en cuestión de dos décadas hemos dado como humanidad es asombroso. Los avances del presente se dan con una rapidez que en otros tiempos hubieran demorado todo un siglo (como el XX), o que habrían alterado el orden del mundo de prácticamente toda nuestra historia.

Las redes sociales, el streaming y el paso gigante hacia la inteligencia artificial han transformado por completo la forma en la que nos hemos desarrollado como civilización, probablemente desde dos etapas fundamentales en la historia de la humanidad: el surgimiento de la escritura y la invención de la imprenta.

Incluso los medios analógicos como la televisión, la radio y la telefonía no lograron el nivel de propagación que tuvo durante gran parte de la historia la escritura, por cuestión de accesibilidad.
Y es esta era, en la que la mayoría de los modelos de inteligencia artificial utilizan la escritura como forma principal de comunicación para recibir instrucciones, la que está reconfigurando por completo la noción que teníamos al respecto.

Si internet y el streaming depuraron la burocracia humana a la que se veían obligados Estados y mercados a recurrir para resolver de manera masiva las necesidades humanas, la inteligencia artificial reduce prácticamente al nivel individual muchas tareas (incluso digitales) que requerían de capital humano.

El inicio de la década, por cierto, fue catastrófico y dejó marcadas a generaciones completas. Una pandemia que nos dejó en casa por más de un año en prácticamente todo el mundo, con el latente riesgo de desaparecer como humanidad.

La necesidad de lograr una cura al virus de Covid-19 fue, por cierto, una de las grandes proezas que tuvimos en lo general como civilización para lograr nuestra supervivencia.

El tiempo corría y aumentaba nuestra vulnerabilidad ante la catástrofe mundial. El aislamiento como sociedades nos quebró, además, por la urgencia de saber cuántas personas habrían muerto en todo el mundo en un solo día.

Y como principal consecuencia en el aspecto social, la pérdida de todos los espacios públicos que por siglos de luchas sociales en gran parte de los países se habían logrado.
Agregado a las crisis económicas y, evidentemente, las sociales que surgieron en países como Estados Unidos, la radicalización de los extremos políticos nos ha llevado a una nueva era de turbulencia política.

Mientras tanto, en el sector privado, desde Silicon Valley y la comunidad científica mundial, el uso de la inteligencia artificial resultaría innegable al considerar la rapidez con la que se pudo evitar nuestra extinción mediante la creación de una vacuna. Y después, de una amplia lista de vacunas.

La catástrofe económica que representó para cualquier economía respaldada en actividades de convivencia directa entre personas fue el área de oportunidad para la economía digital, que acaparó los espacios y se generalizó en gran parte de las sociedades.

Y la mutación del uso de efectivo o de valores físicos como respaldo dio paso al aumento del valor de los activos digitales.
Además, por la certeza que dan a las inversiones la evolución tecnológica.
Sumado al caos en el mundo de la pospandemia, falta por resolver su detonante de fondo: la explotación desenfrenada de los recursos naturales, que ha provocado además el cambio climático como otra de las grandes amenazas a nuestra supervivencia.

Y ese es probablemente otro de los grandes cambios que enfrentan el viejo y el nuevo modelo, y que a la vez les genera una interdependencia.

Las naciones en la era póstuma a la Revolución Industrial alimentaron los imperialismos en un proceso de transformación humana impulsado por la necesidad de la explotación de recursos como el hierro y el carbón.

Al igual que en el periodo de entreguerras, la pugna fue por el control de los recursos petroleros, y en plena Segunda Revolución Industrial se dio la transición del carbón a los hidrocarburos.
Durante todo un siglo, el mundo mantuvo periodos de paz sin conflictos bélicos de gran escala (aunque sí cruentos y devastadores), hasta que el desarrollo de naciones emergentes detonó sus industrias con estragos en el medio ambiente.

El desarrollo del mundo digital en transición del físico ha generado resistencia en un sector, pero otro se mantiene como un aliado indirecto con intereses frecuentemente en conflicto. La relación entre Donald Trump y Elon Musk es el ejemplo más claro.

Donald Trump, Elon Musk y Silicon Valley representan otra de las regiones del planeta con un poderío sin precedentes, cuya presencia se mantiene bajo el anonimato de los algoritmos (y de la propia inteligencia artificial).

El reciente conflicto entre Estados Unidos y Dinamarca por la soberanía de Groenlandia, casualidad o no, tiene como precedente la búsqueda desde Silicon Valley por la tierra prometida para construir una civilización cimentada por la IA y, regresando a la alusión de Prometeo, como la Atenas o Alejandría del conocimiento y la superioridad humana.

Elon Musk, en una relación con Donald Trump similar a la de Darth Vader y Palpatine en Star Wars —apoyado y a la vez no—, tiene miras que van más allá: la conquista lunar para continuar y mejorar la infraestructura de la inteligencia artificial.

Por parte del sudafricano y hombre más rico del planeta, la colonización del espacio exterior busca salvar a la humanidad, garantizar su supervivencia y prevenir cualquier amenaza exterior, tras los avances científicos que cada vez arrojan resultados positivos sobre la probabilidad de que exista vida en otras partes de la galaxia (y del universo).

Pero, al igual que en cada etapa de revolución industrial y de evolución humana, siempre importa en gran medida quiénes son sus protagonistas, por el modelo económico aún vigente en el que la realidad dominante es la de quienes poseen el capital y los medios de producción.

Y el progreso a lo largo de la humanidad, en su cambio de etapas, es acompañado de movimientos autoritarios que intentan permanecer en el poder aun si ya son aplastados por otros más dominantes, pero que al final mantienen el mismo objetivo: el dominio.

El dilema de Prometeo es, al final, la búsqueda exhaustiva de una solución al caos y mantener a la civilización lejana de la catástrofe, como en la reciente década nos puso la pandemia de Covid-19 entre la espada y la pared.

Un modelo agotado y acotado que necesita el apoyo de los nuevos nichos de progreso como Musk, Silicon Valley, Taiwán y China. Mantener bajo control a las naciones del mundo que pueden dar el gran salto, restarles protagonismo y someterlos a un sistema que aún permanece vigente.
Mientras la carrera de la inteligencia artificial, de la mano con la espacial, evoluciona y desarrolla otras partes del planeta a pasos agigantados.

Mientras Silicon Valley aspira a su tierra prometida, Elon Musk ya la tiene en Texas. Donald Trump intenta, con medidas pragmáticas y fuera de lo común, sostener el liderazgo de Estados Unidos como país, aun si el mismo país está condenado o destinado a evolucionar hacia ese escalafón pregonado en la última parte del siglo XX sobre el fin del Estado-nación.

Con el latente riesgo de que en los años venideros se presente ante nuestros ojos una pandemia más mortífera, la superioridad de la IA sobre la humanidad, o una amenaza proveniente desde el espacio (no necesariamente extraterrestre) que nos extermine.

O un conflicto bélico de consecuencias nucleares que deje al planeta prácticamente inhabitable.
Además de todos los problemas que en la actualidad como humanidad enfrentamos: el cambio climático, la sobreexplotación de los recursos naturales, las crisis humanitarias, entre muchos más.
O, en un aspecto optimista, que la misma carrera espacial, la IA o el regreso del consenso entre los países del mundo nos alejen del caos.
Todo esto mientras los cimientos del mundo como lo conocíamos se desmoronan con rapidez, mientras los nuevos se erigen ante nuestros ojos y nos han generado niveles de incredulidad totalmente superados por cualquier historia de ciencia ficción que hayamos consumido.

Y cómo el metaverso evoluciona al multiverso, el verdadero aterrizaje y dominio que le arrebatará el mundo digital al físico, tal como absorbió sin complicación alguna al analógico.

De aquí al ruedo, la realidad siempre será una constante sorpresa que se presenta ante nuestros ojos. Y en un futuro no muy lejano, a todos nuestros sentidos.

@pedroalfonso88
pedroalfonso88@gmail.com

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