Durante años la democracia mexicana descansó en una idea básica; la política era competencia entre adversarios, no una guerra entre enemigos, una diferencia que parecía menor pero que en realidad era la estructura del sistema, porque permitía discutir, disentir, alternar en el poder y volver a competir sin romper las reglas básicas de convivencia. Hoy esa frontera comienza a desdibujarse; el adversario político se convierte con facilidad en sospechoso, traidor o amenaza, y la conversación pública empieza a girar más alrededor del desprecio que del argumento.
La polarización no aparece de un día para otro; se alimenta de frustraciones sociales, de desigualdades persistentes, de inseguridad prolongada y de una sensación extendida de abandono institucional; cuando esa mezcla se instala la política deja de ser deliberación y se transforma en identidad, pertenecer a un bando pesa más que discutir ideas, la emoción sustituye al razonamiento y la descalificación reemplaza al debate.
Las cifras muestran señales de ese desgaste; estudios de Latinobarómetro indican que menos de la mitad de los mexicanos afirma que la democracia es siempre preferible frente a cualquier otra forma de gobierno, mientras una proporción creciente considera aceptable un liderazgo fuerte si logra resolver problemas económicos o de seguridad. De acuerdo con INEGI la confianza ciudadana en partidos políticos y congresos se mantiene entre las más bajas del sistema institucional; el dato no es menor, revela una sociedad donde la legitimidad democrática comienza a medirse más por resultados inmediatos que por principios institucionales.
En ese ambiente el lenguaje político se endurece; el desacuerdo se vuelve sospecha, el matiz desaparece y la vida pública empieza a dividirse entre bandos irreconciliables y es así como poco a poco el adversario deja de ser rival democrático y se convierte en enemigo moral; esa transformación puede parecer retórica, pero termina teniendo efectos reales sobre la convivencia política y sobre la posibilidad misma de construir acuerdos.
Hace décadas el filósofo Karl Popper formuló una advertencia conocida como “la paradoja de la tolerancia”; una sociedad abierta puede debilitarse si tolera sin límites a quienes buscan destruir la convivencia plural y no se trata de censurar ideas distintas ni de limitar la crítica; se trata de preservar una condición mínima para la democracia, reconocer la legitimidad del otro incluso cuando pensamos radicalmente diferente.
México enfrenta hoy ese desafío cultural; las instituciones continúan funcionando, las elecciones siguen siendo competitivas y la pluralidad política existe, sin embargo la convivencia democrática se vuelve más frágil cuando el desacuerdo se interpreta como traición o cuando la política se transforma en una disputa permanente por la legitimidad del adversario.
Tal vez el problema no está únicamente en los gobiernos o en los partidos; también está en la manera en que la sociedad participa en la conversación pública en la que cada vez que normalizamos el insulto, cada vez que celebramos la humillación del contrario o repetimos discursos que reducen la política a buenos contra malos contribuimos, muchas veces sin advertirlo, a ese desgaste silencioso.
La democracia no se sostiene solo con elecciones; también depende de la capacidad de convivir con quien piensa distinto, de aceptar el desacuerdo sin convertirlo en confrontación permanente. Cuando el adversario se transforma en enemigo el país deja de debatir ideas y empieza a dividirse en bandos que ya no dialogan; por eso el desafío no es solo de gobiernos o partidos, también es de la ciudadanía, porque si olvidamos que la pluralidad es parte natural de la democracia lo que termina debilitándose no es el adversario, sino la posibilidad misma de convivir como país.




