9 marzo, 2026

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Lo que somos

EL FARO/FRANCISCO DE ASÍS
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Desde los primeros tiempos de la humanidad, cuando los seres humanos observaron la muerte de un compañero o el misterio de los sueños, surgió una pregunta inevitable: ¿qué es lo que realmente somos?
Para las personas el alma nunca ha sido solo una idea filosófica. La sentimos como algo profundamente nuestro, casi sagrado: la esencia que guarda nuestra conciencia, nuestro carácter, nuestros afectos y nuestra brújula moral.

Los sueños fueron uno de los primeros enigmas que despertaron esa inquietud. Mientras el cuerpo dormía inmóvil, la persona parecía caminar por lugares lejanos o encontrarse con quienes ya habían muerto. El cuerpo permanecía allí, pero algo parecía viajar. Aquello llevó a pensar que dentro del ser humano existía una dimensión capaz de separarse momentáneamente del cuerpo.

Las antiguas civilizaciones intentaron explicar ese misterio. Los egipcios creían que el ser humano estaba formado por varias dimensiones del alma: el Ba, la personalidad; el Ka, la fuerza vital; y el Akh, el ser luminoso que alcanzaba la eternidad. También hablaban del Ren, el nombre que permitía seguir existiendo mientras fuera recordado, y del Ab, el corazón como centro moral del individuo.

Los filósofos griegos llevaron la reflexión más lejos. Para Sócrates el alma era la verdadera esencia del ser humano y debía cultivarse mediante la virtud. Platón la consideró una realidad espiritual e inmortal. Aristóteles la entendió como el principio vital que anima a los seres vivos.

Más tarde, pensadores como René Descartes hablaron del alma como una sustancia inmaterial separada del cuerpo, mientras que David Hume sostuvo que el “yo” no era más que un conjunto cambiante de percepciones.

Hoy la ciencia rara vez usa la palabra alma. Prefiere hablar de mente o conciencia. Sin embargo, la neurociencia ha descubierto algo fascinante: el cerebro posee una extraordinaria capacidad de cambio conocida como plasticidad cerebral. Las experiencias y las emociones modifican nuestras conexiones neuronales. En cierto sentido, lo que vivimos va moldeando quiénes somos.

Desde esta perspectiva, el alma podría entenderse como nuestra esencia: conciencia, carácter, afectos y valores, con una capacidad de adaptación que nos permite aprender qué es lo correcto.
Pero ninguna filosofía pasa de ser retórica si no puede observarse en la realidad.

Mi abuelo pasó sus últimos años envuelto en la niebla del Alzheimer. La memoria se le escapaba lentamente. Llamaba a mi abuela a todas horas para que lo atendiera. Muchos lo consideraban una necedad. Con el tiempo entendí que probablemente era solo la necesidad de sentirla cerca.
Mi abuela lo cuidaba con una paciencia infinita. Lo aseaba, le daba de comer en la boca y soportaba con serenidad sus cambios de humor.

Un día, yo era todavía un niño de unos ocho años, ella le estaba dando de comer. De pronto mi abuelo levantó la mirada y la observó con esos ojos vidriosos de quien ya no sabe dónde está. Su memoria buscaba una respuesta que no podía encontrar.
Finalmente preguntó:
—Oiga, ¿quién es usted?
Mi abuela guardó silencio.
Entonces él añadió:
—¿Por qué será que la quiero tanto?
En ese instante se hizo evidente algo extraordinario.
La memoria había desaparecido.
El razonamiento ya no podía reconstruir quién era la mujer que estaba frente a él.
Pero el amor permanecía.

Algo en lo más profundo de su ser —su alma— seguía reconociendo a la mujer con la que había compartido toda una vida.
Cuando mi abuelo murió, muchos comentaron que por fin mi abuela podría descansar de la carga de cuidarlo. Sin embargo ocurrió algo inesperado.
Mi abuela padecía Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC) causada por años de respirar humo de leña. Aun así había seguido adelante durante años.

Tras la muerte de mi abuelo comenzó a empeorar rápidamente. Un neumólogo observó sus radiografías y dijo algo que mis tías nunca olvidaron:
—No entiendo cómo está viva.
Veinte días después de la muerte de mi abuelo, mi abuela también murió.
Era una mujer profundamente religiosa. Creía con serenidad en la vida después de la muerte, y mis tías decían que parecía querer seguirlo al más allá.

Con los años he pensado muchas veces en esta historia.
Tal vez lo que mantuvo viva a mi abuela durante tanto tiempo no fue solo la fuerza de su cuerpo, sino su alma: ese dínamo interior que la impulsaba a cuidar al compañero de toda una vida.
En mi abuelo ocurrió algo similar. Cuando la enfermedad borró sus recuerdos, algo en lo más profundo de su ser permaneció intacto.

Quizá por eso el alma no sea memoria ni pensamiento.
Tal vez sea la fuente donde habitan nuestros afectos más profundos, nuestra conciencia moral y el sentido que da dirección a nuestra vida.
Porque incluso cuando la memoria se pierde en la niebla de la enfermedad, el alma todavía puede decir:
—No sé quién es usted…pero siento que la quiero tanto.

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