Por. Dora de la Cruz
No podemos tapar el sol con un dedo. Las marchas del 8M son el reflejo del tamaño de la violencia que enfrentan mujeres y niñas; un problema global que se repite en distintos países. Por eso es indispensable fortalecer las políticas públicas, etiquetar recursos suficientes y garantizar que las mujeres agredidas tengan acceso real a la justicia.
Las autoridades deben asumir con toda la seriedad esta responsabilidad, mejorar las acciones institucionales y hacer efectiva la política de cero tolerancia a la violencia contra las mujeres, para que deje de ser un discurso y se convierta en una realidad.
No podemos acostumbrarnos a contar feminicidios, desapariciones, agresiones sexuales ni cualquier otra forma de violencia contra las mujeres. No es normal, ni debe volverse parte de la rutina mediática. Este problema social no puede seguir tratándose con indiferencia, a medias o en forma simulada. Se requiere la acción firme de la autoridad, pero también el compromiso de la sociedad. Porque detrás de esta violencia persiste una cultura machista que debe enfrentarse y transformarse con trabajo paralelo: desde las instituciones, pero también desde la vida cotidiana doméstica.
La ola de las marchas sigue tomando fuerza en México. Las mujeres salen a las calles porque la violencia persiste y la impunidad continúa siendo una constante. Se marcha para exigir justicia, para visibilizar un problema que durante años fue minimizado. Esta ola violeta busca justamente eso: que el país voltee a mirar la dimensión del problema y que se actúe con políticas públicas reales, con recursos y decisiones que frenen la violencia.
El tema de erradicar, prevenir y sancionar todas las formas de violencia de género, se debe dirigir hacia la sociedad en su conjunto. No basta con señalar el problema desde o hacia las instituciones; es necesario colocar en la agenda pública, de manera permanente, acciones y mensajes que fortalezcan la igualdad. Esto implica trabajar en las escuelas, en los espacios laborales y en todos los ámbitos, como en el hogar.
La violencia de género no se eliminará únicamente con leyes y discursos; requiere una transformación cultural profunda, en la que autoridades y sociedad caminen en la misma dirección. Solo así será posible romper los patrones de violencia y avanzar hacia un país donde la igualdad deje de ser una aspiración y se convierta en una realidad cotidiana. Es momento de acelerar el paso. Quizá muchas mujeres, que hoy marcharon, no lleguen a ver plenamente los resultados de esta lucha histórica, pero sí lo harán sus hijas, sus nietas, las futuras generaciones que heredarán un camino más justo.
Hoy el compromiso debe ser que cada agresión contra una mujer reciba castigo. Es la única manera de enviar un mensaje a la sociedad: si agredes a una mujer, habrá consecuencias. Solo así se podrá comenzar a construir entornos seguros para todas.
La voz de la mujer importa, este 8 de marzo y todos los días.




