Por Rigoberto Hernández Guevara
En el tianguis de la colonia Manuel A Ravicé o de la Modelo, como guste usted, uno recorre las islas: pequeños grupos de personas que conversan en las aceras de la calle larga que sube a la colonia Ravicé de cd Victoria. Compran y venden.
Aquí en el tianguis todos somos iguales señor, señora. Los desodorantes son de a 35 pesos parejo para todos, bueno, por ser usted a 20. No me diga usted eso, le doy 10 y no digo quién me los vendió. Son nuevos, me dice. Sí, pero están rotos. Cómpremelos, usted ya huele medio feo, póngale ahí que no es cierto.
Le recomiendo unos tacos de carne asada o de cabeza que están una vez que usted haya pasado por la escuela primaria del barrio. A las once ya no hace sombra, así que váyase temprano, los tamales también se acaban antes, si trae hambre de allá para acá, cuando venga cuesta abajo rodando. Aunque no traje traje, le vendo estos tenis Nike eran de mi carnal pero no le gustaron. Los compró en el otro lado. Nombre usted cruza el San Marcos y se da su taco.
Cuando se sube hasta el copete, allá donde da vuelta la gente para volver, dan ganas de quedarse a vivir o dormido debajo de un mezquite que tiene como cien años. Uno hasta se siente chavo o morro, chavorruco digamos.
En las fruterias pequeñas que se asoman como niños a los zaguanes venden fresas baratas, y mango manila, huevo a 54 varos el cartón, naranjas de a 20 pesos la bolsa de plástico, la nuez inicia su temporada y hay bolsas de 100 para la memoria del viejo, el viento es gratis con el sol impunemente al acecho del respetable.
Caminando este barrio se escucha la voz de amor del amoroso Jaime Sabines, la crónica al chile pelón del barrio del cronista finado Armando Ramírez y el tres por ocho, se oye el pasado acelerado en Rafael Ramírez Heredia de un ex boxeador que aún suspira por echar guantadas en el establo improvisado bajo un árbol. Puro boxeo de sombra, con sus netas y unos que otros botellazos de vez en cuando.
Acá encontré una vez a la «Chana» Guerrero, luego de somerear el estadio, al músico del ballenato de la moderna, a Juan te llamas, a Laurita la maestra de la escuela, gente como yo no más viendo dijo una señora que vende barato y yo le creo, me aprendí los precios.
Sobre la acera hay niños jugando en un celular, ya nadie juega al changai, al pocito matón, ni a la rayuela, ni de retache estás, ni al trompo con guijo de ceda, ni a los 200 capiruchos, ni saltan la cuerda, ni al tú la traes y no me la pegas. Sólo hay vagos recuerdos en una vieja foto de escuela.
Los predicadores aceptan el reto y bajo el sol tremendo nos recuerdan que existe un creador. Sí. Ahí afuera de donde vende carnitas y chicharrón de cachete está el señor. Sobre un caso hirviendo se reúne la gente ya con chingos de hambre o nada más para ver cómo se cuese la carne.
A la hora pico el cuerpo es un revoltijo de sensaciones, hace calor y en estos días de Marzo amanece fresco, te quitas el suéter y compras una playera, tres «tienes» por 20 pesos, un sartén grueso para el fogón, un vaso de sandía que una chava vende a diez pesos.
Al rededor de una plaza dos personas conversan muy tranquilas mientras comen un tamal veracruzano de a 35 varos, yo los doy a 30, anuncia una señora que se asoma por la calle larga, luego del río San Marcos, cómprelo, ya me queda el último, ya es hora de irnos a Chihuahua a un baile.
A las tres de la tarde me he quedado pensando en lo que sería de mi estómago sin los tacos de barbacoa, los hechos en vapor de 5 por 45, pero ya estoy alucinando, ya nada, sólo paso por Subodega, me compro un refresco y unos chetos, y ahí nos vemos.
HASTA PRONTO




