No es que se les extrañe, mucho menos que su voz pudiera servir como guía para la vida pública del estado, pero dice mucho de Tamaulipas el hecho de que no haya un solo ex gobernador vivo que pueda -por ejemplo- asistir como invitado a un informe de gobierno.
Nada nuevo. Hace tiempo que no cobra vida aquel viejo ritual en el que los ex mandatarios acudían a la primer fila para aplaudir al líder político en turno.
Con el habitual morbo de por medio, buscaban mandar una señal de civilidad.
Pero lo que aqueja a Tamaulipas es algo mucho más grave que un asunto de meros modales.
Más bien se trata del síntoma -uno más- de la complejidad política que entraña nuestro estado.
Ya se ha dicho tantas veces que pareciera estar normalizado, pero quizás con el paso de los años la academia se ocupe de dimensionar el caso tan particular de esta entidad en la que al menos tres de sus últimos cuatro ex gobernadores, enfrentan o han enfrentado graves consecuencias penales.
Y los que se han mantenido libres de antecedentes con la justicia, padecen diferentes niveles de descrédito que los mantiene -por su propio bien- alejados de la escena pública.
Es el caso de Manuel Cavazos Lerma, destacada figura del imperio priísta, referente en el ámbito económico de los cachorros neoliberales, y habilidoso operador político.
Era, hasta que se tropezó con su lengua y con su desafortunada misoginia, el más respetado de los ex gobernadores vivos.
El caso de su sucesor, Tomás Yarrington, quizás sea el más grave.
Después de haber rozado la cúspide de la plenitud tricolor, se convirtió en la imagen viva de la descomposición política de las entidades feudales.
Acusado de múltiples delitos graves, relacionados algunos de ellos con el inicio de la crisis de violencia que vivió el estado, hoy pasa sus días en el penal del Altiplano.
Un caso muy similar al de Eugenio Hernández Flores, cuya popularidad le ha alcanzado, por ejemplo, para ser un candidato competitivo al Senado en un proceso electoral después de pasar seis años en prisión, acusado de cargos similares a los de su antecesor.
Pese a ello, por su situación jurídica y política (a salvo gracias a un amparo cuestionado, convertido en referente de un muy hostil Partido Verde) busca a toda costa evadir los reflectores.
De entre los ex gobernadores priístas, Egidio Torre Cantú es quien menos problemas enfrentaría para hacer vida pública.
Sin embargo, acaso presionado por los cuestionamientos de su compañeros de partido que lo acusan de haber entregado el estado al PAN, ha decidido autoexiliarse en Nuevo León.
Finalmente está el caso de Francisco García Cabeza de Vaca, por mucho, el más activo de los ex gobernadores.
Pese a los gravísimos problemas que enfrenta con la justicia mexicana, que ya ha solicitado su extradición de los Estados Unidos, invierte tiempo y recursos económicos en una constante operación para torpedear al proyecto político de la 4T.
La ausencia de ex gobernadores retrata un entramado político marcado por la judicialización del poder, la disputa permanente y la fragilidad de las élites.
El resquebrajamiento del viejo sistema monolítico, pasando por la crisis de violencia, el asesinato de Rodolfo Torre Cantú y tantos otros signos de conflicto que han marcado al estado, nos han traído hasta aquí. Esto también es Tamaulipas.




