“Vámonos a casa, hijo”, fue la amorosa y contundente expresión con la que la madre buscadora Ceci Flores le habló a los restos de su hijo, desaparecido hace siete años. Con audacia y coraje fundó el colectivo Madres Buscadoras de Sonora y, a pesar de amenazas de muerte e intimidaciones del crimen organizado, no ha cejado en su labor. A lo largo de estos años han encontrado a más de 5,000 personas, casi la mitad de ellas con vida.
Lo anterior empuja a cualquiera a reflexionar: ¿y el gobierno?, ¿dónde está el gobierno? Porque cuando los ciudadanos hacen el trabajo que le corresponde al Estado, algo está profundamente mal. Y la máxima autoridad obligada a rendir cuentas es la presidenta. Entonces, al hacer un recuento de las necesidades del país, no veo presidenta.
No veo presidenta que atienda la desesperación de las madres buscadoras, ellas buscan a sus familiares con sus propios recursos.
No veo presidenta que las acciones contra la delincuencia organizada vayan más allá de golpes mediáticos; se detiene a líderes, pero las organizaciones siguen operando no se apresan a funcionarios gubernamentales ni de las fuerzas especiales o fuerzas armadas que apoyen a las organizaciones delincuenciales.
No veo presidenta que resuelva el desastre del sistema de salud, donde de acuerdo con el INEGI 44. 5 millones de mexicanos dejaron de tener atención médica.
No veo presidenta que asuma responsabilidades cuando ocurren tragedias. Ahí está el derrame de hidrocarburos en las costas de Veracruz y Tabasco, que ha afectado cientos de kilómetros de litoral y decenas de comunidades. En México el daño ocurre rápido; la responsabilidad nunca llega.
No veo presidenta que encabece una transformación educativa real, que prepare a los jóvenes para competir y trabajar en el mundo real, no en el discurso.
No veo presidenta que enfrente la corrupción a fondo, porque la corrupción más peligrosa no está en la calle, sino en el poder, donde el crimen y la autoridad han aprendido no sólo a convivir, sino a protegerse.
No veo presidenta que fortalezca las instituciones democráticas; veo reformas que debilitan los contrapesos, concentran el poder y fortalecen a su partido, en un proyecto que parece más interesado en perpetuarse que en gobernar.
No veo presidenta que gobierne para todos; sigo viendo un país dividido entre pueblo y adversarios, entre leales y enemigos.
No veo presidenta que entienda que, sin inversión, sin certeza jurídica y sin confianza no hay crecimiento, y sin crecimiento no hay empleos ni bienestar. El año pasado sólo se generaron 7200 empleos formales.
No veo presidenta que tome decisiones propias; sigo viendo el tutelaje del poder anterior tomando decisiones en el presente empujando para centralizar el poder y asegurar su permanencia en él.
ste año el discurso oficial habla mucho de la mujer en el poder, de abrir espacios y de que llegó el tiempo de las mujeres. Y es cierto: México necesita más mujeres en la vida pública. Pero no cualquier mujer. Necesita mujeres con carácter, con preparación, con independencia y con valor para decir la verdad. Hace unos días, en San Luis Potosí, la diputada española Cayetana Álvarez de Toledo dijo una frase que debería ser regla en la política: “Prefiero destacar por lo que tengo en la cabeza y no entre las piernas”. Eso es la meritocracia. Eso es la igualdad verdadera. No llegar al poder por lealtad, por cuota o por obediencia, sino por capacidad.
Y en ese mismo discurso dijo algo todavía más fuerte: México no está siendo tomado sólo por la fuerza del crimen organizado, sino también por la complacencia de quienes deberían combatirlo. Y advirtió que el crimen organizado no sólo mata y extorsiona, también corrompe la democracia y recluta a los jóvenes cuando el Estado abandona su responsabilidad. Pero también dejó una idea que es, al mismo tiempo, advertencia y esperanza: el crimen organizado sí puede ser derrotado. Para lograrlo sólo se necesitan dos cosas: políticos valientes y jóvenes rebeldes.
Y lo más grave no es lo que yo vea o no vea. Lo más grave es lo que viven todos los días millones de mexicanos: la madre que busca a su hijo, el enfermo que no encuentra medicinas, el joven que no encuentra trabajo, el ciudadano que tiene miedo, las comunidades afectadas por el derrame de crudo y el empresario que no quiere invertir.
Un país no se mide por los discursos de la mañana, sino por lo que su gente sufre, trabaja y vive, de día y de noche.
Y en la realidad del México de hoy, no veo presidenta.
Veo a una mujer en la presidencia, pero no veo a la presidenta de México.
Gobernar no es hablar todos los días. Gobernar es cambiar la realidad todos los días.
Porque la igualdad sin mérito produce obedientes, no líderes.
Y México no necesita obedientes en el poder. Necesita líderes que se atrevan a cambiar la realidad.
Y también necesita jóvenes que se atrevan a rebelarse contra la realidad que hoy les quieren imponer.




