México no enfrenta un problema de esfuerzo ni de participación laboral. Enfrenta un problema de productividad. Y esa distinción es central para entender por qué el crecimiento económico no se traduce de manera consistente en bienestar.
La productividad —la capacidad de generar valor por unidad de trabajo— es el verdadero determinante del ingreso en cualquier economía. No depende únicamente del trabajo que se realiza, sino también del contexto en el que se realiza: el tipo de empresa, el nivel tecnológico, la especialización del capital humano y la inserción en las cadenas de valor.
En México, esos factores operan de manera desigual y, en su conjunto, limitan el valor que puede generarse. La estructura productiva del país está marcada por una dualidad persistente. Por un lado, existe un sector moderno, vinculado a la manufactura de exportación, con niveles de productividad relativamente altos y una integración a los mercados internacionales.
Por otro lado, una base mucho más amplia de actividades de baja escala —comercio minorista, servicios básicos, micronegocios— donde se concentra la mayor parte del empleo. Esta dualidad no es un fenómeno nuevo, pero sí es el elemento que marca el límite del desarrollo económico.
El problema no es la existencia de sectores dinámicos, sino su incapacidad para absorber a la mayoría de la fuerza laboral. El grueso de la población ocupada se inserta en actividades en las que el valor agregado es bajo, los márgenes son reducidos y la posibilidad de acumulación es limitada.
En ese contexto, el ingreso no puede crecer de manera sostenida. Desde una perspectiva económica, esto implica que el país ha logrado resolver parcialmente el problema de la ocupación, pero no el de la productividad. La economía mexicana es capaz de generar espacios de trabajo, pero no de generar suficiente valor en ellos. Desde una perspectiva política, las implicaciones son más profundas.
Una economía con baja productividad estructural enfrenta restricciones en múltiples dimensiones: limita la expansión de la clase media, reduce la movilidad social y genera una mayor dependencia de mecanismos de redistribución para sostener el ingreso de amplios sectores de la población.
En ausencia de crecimiento sostenido del valor generado, el margen de maniobra de la política pública se desplaza de la creación de riqueza a su distribución. Esto reconfigura la naturaleza del debate público.
Cuando la productividad es baja, el crecimiento económico pierde la capacidad de convertirse en una experiencia tangible para la mayoría. En ese contexto, la legitimidad de los modelos de desarrollo no se construye únicamente sobre los resultados económicos, sino también sobre la capacidad del Estado para compensar las limitaciones estructurales del mercado.
El riesgo es que se consolide un equilibrio en el que la economía crezca por debajo de su potencial productivo, mientras la política se ve obligada a intervenir de manera constante para sostener niveles mínimos de bienestar.
Esto no es sostenible a largo plazo. El aumento reciente del salario mínimo y las reformas laborales han tenido efectos positivos en el ingreso de ciertos segmentos. Sin embargo, sin incrementos en la productividad, estos avances enfrentan límites claros. El salario puede mejorar en el margen, pero su sostenibilidad depende del valor que la economía es capaz de generar.
El punto crítico es que la productividad no puede incrementarse por decreto. Requiere transformaciones más profundas: fortalecimiento de las empresas, inversión en tecnología, mejora de la calidad del capital humano, integración en cadenas productivas más complejas y un entorno institucional que facilite el crecimiento. Esto implica una agenda de desarrollo que trasciende el corto plazo.
Implica reconocer que el principal desafío del país no es únicamente cuánto crece la economía, sino cómo se produce ese crecimiento y quién participa en él. Mientras la mayoría de la población permanezca inserta en actividades de baja productividad, el crecimiento seguirá siendo insuficiente para elevar de manera generalizada los niveles de ingreso. México no es una economía estancada.
Es una economía que opera por debajo de su capacidad para generar valor. Y esa es la diferencia entre un país que crece… y un país que logra desarrollarse.




