Por Rigoberto Hernández Guevara
De aquel tipo de candidatos ya no hay y si ve uno por allí, de esos caros, denúncielo a la Profeco. Un candidato visto en retrospectiva, y algunos todavía, cambian de un día para otro. Se vuelven del color que se les pida. En México ya conocimos a muchos y somos expertos en poner nombre al noble arte del chapulineo.
La lista de circunstancias, perfiles y personajes es infinita. Increíble pero cierto : es difícil reconocer que eran escasos los políticos honestos. Aún cuando los hubo. Había los que habían robado nomas tantito.
Hubo candidatos que me consta no sabían leer ni escribir pero eran ricos y lo mostraron. Seres a quienes toda la élite política veía con buenos ojos, especie de caciques que un día eran regidores y otro alcaldes sino es que gobernadores. Y la historia se repartía en familia.
Para llegar bastaba tener un compadre que lo eligiera. Y en los meandros más aburridos de abajo contaba que tuvieras un amigo del primo de la sobrina del candidato que todo mundo sabía ganaría, para colarse a un cargo, » aunque no me paguen, nomas ponme donde hay» y salían increíblemente millonarios como por arte de magia y todos sabían era en la transa pero nadie decía nada. Era como la canción de la Sonora Santanera » lo saben… lo saben» .
Un tiempo había tantos candidatos en municipios, que se corría el riesgo de que la cantidad rebasara al número de votantes. Y ocurría por extraña razón que dos o tres candidatos obtenían más votos que habitantes se veían en un municipio de 3 mil votantes comprobados por el INEGI y el listado nominal. Al fin de cuentas todos felices y muy sonrientes levantando la mano votaban por que no se reabrieran las urnas.
Había derecho de pataleo y se defendía el voto hasta negociar una regiduría, una tesosoreria. Había veces que una familia tenía integrantes en ambos bandos de la boleta y era ganar ganar. Por cien años los picudos del pueblo se apellidaban igual. O dos familias en disputa lograban la alternancia y así pues ya estaba más difícil. Repartían entre ellos los cargos, las obras, el carro completo y se auditaban entre ellos. Y les componían un corrido.
Cuando llegaba un Presidente de la República los caciques locales arrojaban la casa por la ventana con lo cual el presidente confirmaba la prosperidad que gobernaba, en un discurso que los susodichos enmarcaban para constancia de las siguientes generaciones. Eran buenos tiempos para lideres eternos y otros de colonia y hasta los niños alcanzaban una paleta si la casa estaba impregnada del color único de preferencia.
Y claro el Presidente, coincidencia extraterrestre, llegaba para darle el espaldarazo, destapar las coronitas que Fidel Velazquez negaba destapar, y de ahí salía el gallo. Acto seguido se cargaba la bufalada y la danza de los billetes.
Eran tiempos de un único partido, hegemónico, machista, con sus chalanes a quienes consolaban con una pluri en donde repetía sucesivamente. La oposición era un enemigo tan cómodo que invisibilizaba al enemigo que solía sorprender desde adentro. Aprendieron que al enemigo hay que mantenerlo cerca.
La gente, el público, la porra de sol ya se la sabía. Los tiempos electorales eran temporada de líderes de manzana que aveces se transeaban entre ellas, se peleaban, pero nunca se hacían daño.
Esta elección pondrá bajo fuego a los nuevos candidatos, algunos conocidos, otros no tanto. Cada uno con su estilo y su discurso. Si logra avistar a una de esas rara avis del pasado, con su traje a la medida, su eterna sonrisa, finísima persona, seguro de sí mismo, ya podría distinguirlo. Si ve a uno por ahí, no lo compre, denúncielo a la Profeco. Por caro.
HASTA PRONTO




