Lo conocí hace algunos meses. O mejor dicho, lo volví a ver en la Plaza de Armas. Con noventa años vividos a cabalidad, conservaba la misma imagen de hombre trabajador, limpio y ordenado.
Estaba sentado en una banca con unos amigos, tan humildes como él. Se reunían un par de veces por semana para platicar de la vida, contarse chistes, comentar algún problema doméstico y cómo lo habían resuelto. Después descubriría que el más hábil para eso era don Ernesto. Casi siempre tenía una solución.
Me reconoció y se levantó para saludarme.
—¡Francisco!
—¡Don Ernesto! —respondí sorprendido al verlo.
—Venga para acá. Déjeme presentarle a unos amigos.
Me condujo hasta la banca. Uno a uno fue presentándose y, al final, don Ernesto me presentó ante ellos.
—Miren, es don Francisco. Un buen amigo con quien he compartido hermosos recuerdos de Tampico. Y me ayudó a organizar mis finanzas…
Los amigos soltaron la carcajada e hicieron algunos chascarrillos sobre las finanzas de don Ernesto.
Estaba jubilado, pero su pensión era la mínima que da el sistema. Había trabajado más de cuarenta años en empresas formales, pero al tramitar su jubilación casi la mitad de sus semanas cotizadas aparecieron misteriosamente extraviadas.
Un abogado le aseguró que podía recuperarlas. Durante meses le entregó dinero y esperó resultados que nunca llegaron. Finalmente desistió y exigió la devolución de lo pagado. Tampoco la obtuvo.
—No se rían —objetó don Ernesto. Francisco me ayudó a hacer un presupuesto —volteó a verme para asegurarse de usar la palabra correcta—. Y con eso vivo bien. Diles, Francisco, diles.
Un poco turbado respondí:
—Pues sí. Hace algún tiempo hicimos una lista de las cosas que necesitaba pagar cada mes y eliminamos algunos gastos que no eran indispensables.
Vivía en un pequeño cuarto. El día que nos sentamos a revisar sus cuentas le habían cortado la energía eléctrica por falta de pago. Me ofrecí a cubrirla, pero se negó rotundamente.
—Es mi responsabilidad —dijo.
—No se equivoquen —aclaró don Ernesto—. Dejé para mí una caguama los sábados y un mezcal al mes.
La precisión provocó una respuesta de aprobación entre sus amigos.
—Bueno, tuve que sacrificar el café con leche. Ahora lo tomo negro.
—Con razón ya no te cortan la luz —dijo uno de ellos.
Todos rieron.
—Oye, pero el día del juego te tomaste tres mezcales.
—No todos los días gana México en un Mundial. ¡Y menos en la inauguración! ¿O qué querían? ¿Que me los tomara en el próximo Mundial?
Las carcajadas volvieron a estallar.
—Lo hubiera visto, Francisco —intervino otro—. Nos fuimos a ver el partido a la Plaza de Armas y, cuando terminó, lo festejó más que el Vasco Aguirre.
La plática continuó entre bromas, recuerdos y anécdotas. No me dejaron ir hasta que todos decidieron que la reunión había terminado.
Le ofrecí llevarlo a su casa, pero me explicó que había quedado de conversar sobre un asunto con uno de sus compañeros y que todavía tenía algunas cosas que hacer.
Los vi alejarse despacio, pero con un paso que reflejaba determinación. Mientras cruzaba la plaza pensé en el mito griego de Sísifo, quien fue condenado por los dioses a empujar una pesada roca hasta la cima de una montaña, solo para verla rodar de nuevo hasta el fondo por toda la eternidad.
En su vida no había cabida para la escasez, ni para el fraude del abogado, ni para las “semanas perdidas” del IMSS, ni para la vejez, ni siquiera para el café sin leche.
Por eso, al verlo alejarse con sus noventa años a cuestas, ocupado en vivir porque todavía ‘tiene cosas que hacer’, no hay otra forma de mirarlo que con absoluta admiración; con ese respeto casi religioso por quien no se rinde.




