21 junio, 2026

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El día que el balón venció al Estado

LEGITIMIDAD Y PODER/ALBERTO RIVERA

Porfirio Díaz Mori, el hombre que rigió los destinos de México durante más de tres décadas, pasó a la historia como el gran facilitador del capital extranjero. Durante su régimen, los ferrocarriles pasaron a manos inglesas y estadounidenses, el petróleo se entregó a corporaciones foráneas y las tierras más fértiles del país se concesionaron a empresarios que jamás hablaron español. Se argumentaba, en aquel lejano siglo XIX, que el progreso exigía sacrificios y que la inversión extranjera era el único motor capaz de modernizar a una nación sumida en el atraso.

Sin embargo, incluso en la cúspide de su poder autoritario, la dictadura porfirista mantuvo una premisa inquebrantable: el Estado mexicano cobraba, regulaba y fijaba las condiciones. Había entreguismo, sí, pero conforme a las leyes de la República.
Un siglo después, una corporación privada con sede en Zúrich ha demostrado tener más peso político y mayor capacidad de coacción que todos los imperios coloniales modernos. El Congreso de la Unión aprobó un marco legal extraordinario para la celebración de la Copa del Mundo: una exención total de impuestos que protege las ganancias multimillonarias de la FIFA y sus filiales comerciales en territorio nacional. Lo que el viejo dictador oaxaqueño jamás se atrevió a conceder por mero orgullo soberano, la política contemporánea lo entregó con una sonrisa en el rostro y un balón bajo el brazo.

El argumento oficial detrás de este «regalo tributario» es el de siempre: la derrama económica, el turismo y la proyección internacional de la marca país. Se nos dice que albergar el torneo más importante del planeta coloca a México en la vitrina mundial. Lo que no se menciona con la misma fuerza es el costo real de esa vitrina. Mientras el pequeño comerciante de la esquina, el profesionista independiente y el asalariado promedio sostienen el gasto público con tasas impositivas que asfixian su economía, el holding del fútbol operará bajo las dinámicas de un paraíso fiscal temporal diseñado a su medida.

La Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) no es una organización benéfica, aunque su estatus legal a veces intente disfrazarlo. Es una máquina perfecta para hacer dinero que ha perfeccionado el arte de privatizar las ganancias y socializar las pérdidas. Para la edición de la Copa del Mundo, el esquema de negocios es tan brillante como leonino: México pone la infraestructura urbana, financia los operativos de seguridad pública, desgasta sus servicios y absorbe los costos logísticos; la FIFA, en cambio, se lleva limpia de polvo y paja la taquilla, los derechos de transmisión y los patrocinios globales.

Este fenómeno representa un choque directo con la narrativa de soberanía y nacionalismo que tanto se predica desde las tribunas públicas. Resulta profundamente irónico que, en una época en la que se pregona la defensa de los recursos públicos y el fin de los privilegios corporativos, se extienda un tapete rojo de inmunidad fiscal al negocio más lucrativo del entretenimiento global. En las negociaciones, la asimetría fue evidente. Ante el temor de perder sedes ante el músculo financiero de Estados Unidos y Canadá, el gobierno mexicano aceptó las llamadas «garantías gubernamentales» exigidas por la FIFA, un eufemismo técnico para describir la capitulación de la soberanía hacendaria.

La justificación de que el beneficio solo aplica a agentes directamente vinculados a la organización no cambia el fondo del asunto. Al contrario, confirma que la ley en México puede volverse flexible si el solicitante cuenta con suficiente poder de convocatoria popular. El fútbol es, sin duda, una pasión nacional indomable, el espectáculo que detiene el tiempo y unifica identidades. Pero la pasión no debería ser moneda de cambio para la renuncia fiscal.

Al final de la jornada, los estadios se llenarán, las pantallas brillarán y el grito de gol retumbará en los cielos. La fiesta será espectacular, de eso no hay duda. Sin embargo, cuando las luces de la clausura se apaguen y las delegaciones extranjeras regresen a Europa con las alforjas llenas, los ciudadanos locales se quedarán barriendo la basura de los estadios, pagando las deudas de la organización y reflexionando sobre una amarga realidad. Don Porfirio solía lamentar la excesiva cercanía del país con los Estados Unidos. Hoy, el peligro de la soberanía nacional no viste uniforme militar ni exige anexiones territoriales; viste de corto, usa corbata de diseñador y cobra en francos suizos.

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