12 julio, 2026

12 julio, 2026

Un mexicano nacido en Alemania

EL FARO/FRANCISCO DE ASÍS

Fui a dar un paseo a la Plaza de Armas. Esta era una de las cosas que imaginaba para mi jubilación: vivir sin reloj, sin prisa, simplemente viendo pasar la vida. Quería descubrir qué era aquello que, durante tantos años, me había hecho correr con tanta urgencia. Ahora, en cambio, lo hacía cuando quería.

Aquella mañana fui a cumplir, una vez más, con ese viejo propósito.
Pedí permiso para compartir la banca con el hombre que ya estaba sentado.
—Claro, hombre. No faltaba más.
Sostenía un libro bastante maltratado. En la portada todavía podía leerse el título: La rebelión de los colgados, de B. Traven.
—¿Le gusta Traven? —pregunté.
Levantó la vista y sonrió.
—Es la quinta vez que lo leo. Y siempre encuentro algo nuevo.
—¿Qué encontró ahora?
Cerró el libro con cuidado.
—Que algunas cosas cambian muy poco.
Guardó silencio.

—Yo soy tsotsil. Del mismo pueblo del que habla Traven. Los caciques siguen allí. Ahora, la delincuencia también. Pero lo que más daño nos hace es la ignorancia.
No añadió nada más. Sus manos toscas y callosas apretaron el libro, como queriendo evitar que se escapara.
Había pronunciado aquella última frase con la serenidad de quien no estaba dando una opinión, sino el resultado de una vida.
Para cambiar el rumbo de la conversación le pregunté:
—¿Sabía que Traven nació en Alemania?
Frunció el ceño.
—¿Qué dice?
Sonreí.
—Perdone. Creo que debo empezar por presentarme. Me llamo Francisco.
Él estrechó mi mano.

—Jesús.
—Mucho gusto, Jesús.
Seguía esperando una explicación.
—Sí nació en Alemania, aunque nadie sabe con absoluta certeza quién fue. Cambió varias veces de nombre. Participó en movimientos revolucionarios, fue perseguido, condenado a muerte y terminó huyendo de Europa.
Jesús no apartaba la vista de mí tratando de adivinar si lo que decía era cierto.
—¿Y cómo acabó escribiendo sobre Chiapas?
—Primero llegó a Tampico. Trabajó donde pudo: en los campos de algodón, en una panadería, en la industria petrolera. Después conoció Chiapas y allí encontró algo que ya no volvió a abandonar.
—¿Qué encontró?
—A su gente.
Jesús soltó una sonrisa. Y después de un suave suspiro murmuro:
—Ya me parecía raro que fuera el único tsotsil blanco.
Los dos reímos.
La conversación había dejado de ser entre dos desconocidos.
—¿Y usted? —pregunté
—. ¿Cuánto tiempo ha vivido en Tampico?
—Ya tengo algunos años.
—¿Y cómo le va?, ¿A qué se dedica?
—Ahí la llevo. Trabajo de albañil. Cuando sale algún encargo, también hago carpintería.
Lo dijo sin amargura, como quien simplemente describe la vida.
—¿Allá en Chiapas hacía eso?
Movió la cabeza.
—No.
Permaneció unos segundos mirando hacia la plaza.
—Yo era maestro.
La frase quedó suspendida entre nosotros.

No pregunté nada. Fue él quien continuó.
—En mi pueblo ya no podía mantener a la familia. Así que me vine para acá. Tengo un hermano y él me recibió acá.
Hizo una pausa.
—Extraño mucho mi tierra.
Miró nuevamente el libro que descansaba sobre sus piernas.
—Quisiera regresar.
—¿Y por qué no vuelve?
Sonrió con tristeza.
—Porque sería un retroceso.
Me habló entonces de sus dos hijos.
Estudiaban en Tampico. Quería que ambos llegaran a la universidad.
—Aquí todavía tienen esa oportunidad.
No hablaba de dinero.
Hablaba del porvenir.

Comprendí entonces el verdadero sentido de aquella frase que había pronunciado al principio: “la ignorancia es lo que más daño nos hace”.
No era una idea.
Era la convicción de un maestro que había cambiado el pizarrón por la cuchara de albañil para que sus hijos no tuvieran que hacerlo algún día.
Le comenté que uno de mis cuentos favoritos de Traven era «Canastitas en serie».
Le resumí la historia del artesano indígena que rechazaba fabricar miles de canastas iguales porque cada una llevaba un pedazo de su alma.
Permítame, déjeme buscar un párrafo que me gusta mucho. Hurgué en el teléfono y encontré lo que buscaba:
“Tengo que hacer esas canastitas a mi manera, con canciones y trocitos de mi propia alma. Si me veo obligado a hacerlas por millares, no podré tener un pedazo del alma en cada una, ni podré poner en ellas mis canciones. Resultarían todas iguales, y eso acabaría por devorarme el corazón pedazo por pedazo »
Permaneció callado.
Después dijo:
—Sólo alguien que hubiera entendido a nuestra gente podía escribir algo así.
Asentí.
Guardó el libro en una pequeña mochila.
—Increíble que Traven fuera alemán. Comenté.
Jesús sonrió.
—exicano…
Hizo una pausa.
—¡Tsotsil!
Acarició la portada del libro.
—Nos dejó tanto…
Lo vi alejarse entre la gente que cruzaba la Plaza de Armas.
Pensé en aquel hombre que había nacido en Alemania y terminó dejando su alma en Chiapas.
Y pensé en Jesús, que había nacido en Chiapas y había tenido que dejar su tierra para que sus hijos pudieran construir un futuro.
Traven consideraba que la patria no siempre es el lugar donde uno nace.
A veces es el lugar donde uno decide sembrar la esperanza de una vida digna y libre.

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