Durante días, la ficha de búsqueda de Zayda Merari Moya Pesina circuló en cada grupo de WhatsApp y cada muro de Facebook en Ciudad Victoria.
La joven, empleada de una distribuidora de flores y colaboradora activa de la Pastoral Vocacional de la Diócesis, tenía una red, familiares y amigos dispuesta a movilizarse.
Pero detrás de esa difusión masiva volvió a mostrarse el reflejo de una ciudad que ya sabe, por experiencia repetida, lo que puede significar una desaparición.
Victoria ha vivido este guion antes. Cada nueva ficha de búsqueda reabre en la memoria colectiva otros casos que en su momento también movilizaron a la sociedad capitalina y que no siempre tuvieron un final como el de Zayda Merari.
El hallazgo con vida, la noche del 14 de julio, se vivió casi como una excepción a la regla. Un alivio real, pero también un recordatorio incómodo de que la regla era otra.
El operativo que la localizó, integrado por unidades antisecuestro, la fiscalía especializada en desaparición forzada y la Guardia Estatal, confirma que las autoridades tienen la capacidad para resolver este tipo de casos.
Pero que su historia haya terminado bien no cierra el tema, en todo caso invita a redoblar esfuerzos para que haya más resultados positivos en estos operativos.
Cada búsqueda colectiva es también un examen público de qué tan preparadas están las autoridades para encontrar, a tiempo, a quienes faltan.
Por lo pronto, la Fiscalía mantiene abierta la carpeta de investigación, y más allá del expediente individual, el caso vuelve a poner sobre la mesa una herida latente.
La obligación es reconstruir la confianza de una sociedad que aprendió, a fuerza de ausencias, que una desaparición nunca puede tomarse como un hecho menor.




