La matanza de periodistas en el semanario satírico francés “Charlie Hebdo”, desató la ira mundial y a raíz de ese atentado atribuido a militantes islámicos, hubo una multitudinaria marcha en Paris en la que participaron líderes políticos de Alemania, Italia, Israel, Turquía y Gran Bretaña y se criticó fuertemente que Estados Unidos no enviara un representante de alto nivel a esa protesta contra el terrorismo. Pero el presidente francés encabezó a la multitud doliente.
Realmente es lamentable que fuerzas violentas hayan segado la vida de 17 personas por el hecho de haber satirizado a un emblema religioso que representa la deidad de millones de personas en todo el mundo. Nada hay que justifique el sacrificio de personas que ejercen su libertad de pensamiento que difiere de creencias fundamentalistas. 17 vidas sacrificadas cimbran, a no dudarlo, la conciencia humana.
Pero esto mueve a una inevitable reflexión. Aquí, en México, 43 jóvenes estudiantes fueron, según versión oficial, asesinados sanguinariamente por grupos de corte igualmente terrorista que, según las mismas precisiones gubernamentales, fueron baleados y después incinerados para posteriormente sus restos fueran arrojados a una corriente fluvial. Antes, seis personas habrían sido muertas a tiros por grupos combinados de policías y narcotraficantes. Hablamos, en ese sentido, de casi cincuenta víctimas. La muerte de esos jóvenes también fue injustificada en el marco de que defendían sus principios y que fue autoría de grupos armados reñidos con comportamientos que les eran inconvenientes.
Ciertamente, el hecho ocurrido en el estado de Guerrero generó protestas a nivel mundial y el presidente Barack Obama se dijo indignado, al igual que segmentos sociales de muchos países aunque sin involucrar directa y personalmente a otros jefes de estado. La masacre en Guerrero, en términos de aflicción, pudiera ser de mayor calado que lo sucedido en Paris, sin desconocer, insistimos, en que el duelo no se mide por la cantidad de víctimas sino por lo inhumano de las acciones depredadoras. Cabe entonces preguntar, ¿por qué no vinieron a nuestro país los dirigentes políticos de todas esas naciones que participaron en la marcha de la capital gala? ¿Será porque jóvenes de ascendencia indígena no son dignos de muestras de solidaridad de esa magnitud? ¿Será que detrás de esas demostraciones supuestamente solidarias se esconden motivos políticos que tratan de demeritar a una corriente religiosa incómoda a los grupos mundiales de poder para su gradual desplazamiento? Aquí, ni siquiera el presidente de la república, los gobernadores, los alcaldes y los legisladores se unieron personalmente a las protestas contra los atentados de Iguala visto que igualmente fueron perpetrados por fuerzas oscuras que vulneran gravemente los derechos humanos, sumen en la desesperanza a decenas de familias y ponen en la tabla de desestabilización al conglomerado social. Constriñe el espíritu lo acaecido en la ciudad luz donde 17 vidas inocentes cayeron ante las balas asesinas. Pero en tanto, la desaparición de casi medio centenar de jóvenes normalistas mexicanos parece estarse enviando al baúl del olvido pues ya ni en los noticieros se menciona. ¿Por qué no vinieron, con la misma indignación a exigir justicia los jefes de estado que se rasgaron las vestiduras en Paris?.




