Noticia de todos los días son los accidentes automovilísticos. Los carreteros, en las zonas urbanas, en todo lugar. Pero los choques en cruceros son de no acabar. El peligro acecha en cada esquina y en cada bocacalle. No es suficiente con pelar los ojos, se necesita la buenaventura, la suerte, la oración antes de salir de casa porque los choques y chocantes están a la orden del día y de la noche. Descuido al manejar, distracciones con los celulares, o sencillamente ir mirujeando o echando ojos indebidos.
La secuela de choques urbanos tiene una respuesta. Por varios años la inseguridad creó un desdén y una falta de respeto a los señalamientos de tránsito.
Los años sin contar con agentes viales creó en los automovilistas una ley de la selva al conducir. Cero respeto a los señalamientos, guiar autos como Dios les dio a entender, abandono de los reglamentos elementales.
La ausencia de una vigilancia vial propició el desenfreno. El mundo chicharronero, este que dice que nomás mis chicharrones truenan. La no obediencia, el manejo por donde se le pegue la gana.
Esa ausencia de vigilancia por razones del vacío creado por la inseguridad también prohijo el abandono de las normas elementales de tránsito.
Pasar altos, manejar con altas velocidades, falta de respeto hacia el peatón, música escandalosa, mentadas de madre, dotaciones de smog por doquier.
Ahora cosechamos toda esa algarabía libertina de manejar como Pedro por su casa, como Celestina, de la casa a la cocina. Los topes, obstáculos se hicieron necesarios en un universo salvaje. Hoy nos cuesta trabajo encontrar el orden porque todo mundo maneja como se les hincharan las verijas, como si se soltaran los güevos. Y agregue el calor, las chimeneas del calor de los motores que nos calientan y nos causan locuras y tonterías al guiar un auto. Automóviles, micros, motocicletas son parte de las siete plagas de la ciudad.




